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celeste, recibe solamente por u n i dad de su superficie noventa veces menos calor del Sol que nuestro mundo. Y siendo el S o l para nuestro planeta el mantenedor de la vida, sería muy dudosa la h a bitabilidad de Saturno para los hombres de la T i e r r a aunque quizá la densa atmósfera que r o dea al planeta y aun el propio calor central del astro pudieran compensar la deficiencia de la radiación solar. E n contraposición, M e r c u r i o excesivamente próximo a l Sol, recibe de éste una cantidad de luz y de calor que oscila, según su distancia al astro central, e n tre diez veces y media y cuatro y media veces la que recibe la T i e r r a por unidad de superficie; es de suponer que no esté, por consiguiente, en condiciones para servir de alojamiento a seres como los terrestres. D e nuestros vecinos en el espacio nos quedan V e n u s y M a r te. L o s más próximos de los planetas hermanos de nuestro m u n do. Envueltos en el benéfico m a n to de sus atmósferas, sosteniendo en sus superficies el tesoro de sus mares, con días, años y estaciones parecidas a las nuestras; sintiendo correr por sus cauces l a líquida riqueza de sus arroyos y ríos, envueltos en la magia de los sonidos, bien pueden sostener la vida en sus superficies. N i n g u n a razón irrebatible pudiera sustentarse en contra. Quizá el hombre de l a- T i e r r a n o p u diera r e s i s t i r l a extremada frialdad del ambiente de M a r t e o el exceso de calor en Venus. Pero dentro de las condiciones de nuestra constitución orgánica nada se Opone a suponer la existencia de un mundo animal y vegetal muy semejante al que existe sobre la T i e r r a Varían, ciertamente, los rigores de l a temperatura, la densidad de la atmósfera, la fuerza de la. g r a v e d a d que ha dé mantener a sus habitantes sobre la superficie de estos mundos; pero, no podemos dudar de las condiciones de adaptabilidad de la vida, que tan infinitas variedades nos ofrece en nuestro mismo globo. S i entre el pequeño número de mundos cuyas condiciones físicas podemos vislumbrar gracias a su relativa cercanía existen varios que pueden sostener una vida o r gánica semejante a l a que existe sobre la T i e r r a hay que suponer que entre los miles de m i llones de mundos que pueblan el espacio habrá muchos, muchísiMARTE, MUNDO HERMANO D E L NUESTRO, RODEADO D E ATMOSmos, en condiciones de habitaFERA, SOSTENIENDO E N SU SUPERFICIE E L TESORO D E SUS MAbilidad para una httmanidad seRES, C O N DÍAS, AÑOS Y ESTACIONES PARECIDAS A LAS NUESTRAS mejante a la que alienta sobre la SINTIENDO CORRER POR SUS CAUCES LA RIQUEZA D E SUS ARROT i e r r a A u n suponiendo que de YOS; ENVUELTO E N LA MAGIA D E LOS SONIDOS, BIEN PUEDE cada millón de astros sólo uno SOSTENER UNA VIDA M U Y SEMEJANTE A LA QUE FLORECE O tuviese condiciones físicas adeALIENTA SOBRE LA TIERRA cuadas siempre tendríamos m u chos millones de múridos en condiciones de alojar una humanidad semejante a la nuestra. 1 S i dejamos de referirnos exclusivamente a las condiciones precisas para la existencia corporal del hombre y le consideramos bajo su aspecto de ser moral, el problema deja de ser una cuestión astronómica para caer en el dominio dé la Filosofía; pero las pósi; bilidades se presentan en un horizonte mucho más amplio aún. Desde l a antigüedad más remota han sostenido los filósofos la habitabilidad de los astros. H a c e más de dos mil años lo sostenía L u c r e c i o en su De Natura Rerum. Thales, A n a x i m a h d r o Aristarco, E p i c u r o Plutarco y muchos otros sostienen la pluralidad de los mundos habitados. Fontenelle, en su entusiasmo por la defensa de la habitabilidad de los astros, llega a decir que l a vida está en tocias partes, y aunque la L u n a n o fuese más que un Cúmulo dé rocas, antes la haría roer por sus habitantes que privarla de ellos y M e t r o doro asegura que sería tan absurdo creer que no hubiese más que u n solo mímelo en el espacio infinito como que naciese una sola espiga de trigo en un extenso campo Aseguran muchos autores, eclesiásticos que no repugna nuestra Iglesia la creencia de la habitabilidad de los mundos, considerándolo como cuestión fuera- del dogma, y, por lo tanto, de libré discusión, y un sacerdote español, entusiasta defensor de la habitabilidad de los astros, llega a suponer envueltas en estas frases de Nuestro Señor J e- sucristo una posible afirmación de l a p l u ralidad de los mundos habitados: Et alias oves habeo que non stmt ex hoc ovili, (Joan X 16. dome patris mei inansiones mtdíae simt. (Ibit X I V 16. O t r a s ovejas tengo que no son de este aprisco y E n la casa de M i Padre hay muchas mansiones: ¿Estarán esas ovejas de otras mansiones, como la pobre humanidad de nuestro m u n do, manchadas por los vicios y dominadas por las más viles pasiones? ILDEFONSO PAISAJE POR EL DE LA LUNA. EL CADÁVER ESQUELETO DE UN MUNDO, HACE LA PEDRUSCO DE Y SIN AÑOS AIRE NI AGUA, SIN DEL EL PASEA DUDA, MUNHOM- ESPACIO POR QUE DE SU MILLONES VIDA ESTARÍA, CUBIERTO DO BRE LOS ESPLENDORES ARRASTRA NOS LA VEGETAL LAS MARAVILLAS TARA ANIMAL, Y LOS PERO HOY TRISTE EN SU OSAMENTA, INHABITABLE ¿COMO ANIMALES QUE RODEAN VIDA. NUESTRA TIERRA. SE MANIFESTARA EN SUPERFICIE? NADAL
 // Cambio Nodo4-Sevilla