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tenciones, y sonriendo también, aunque no tan reservadamente como el embajador, contesté: -Indudablemente... Entonces... ¿Qlié e 3 lo que podría decirme? -Que en el Japón observé un entusiasmo magnífico, un patriotismo maravilloso y una organización perfecta. ¿Con respecto del problema del Extremo Oriente? Sonriendo, el embajador murmuró -Del Japón nada más. Resignado, cambié también el tono de mis preguntas, y dije: -Bueno. Hablemos de aquí E l embajador, después de suspirar instintivamente, como quien se quita un peso de encima, a ñ a d i ó -Acabo de llegar al pais... -Pero usted conocía ya los Estados Unidos... Estuve en Washington, en la Embajada, como ministro consejero, varios años. -H a y un asunto- -exclamé- -que tiene muchísima importancia. M e refiero al Tratado de comercio con España, que no existe, porque- estamos viviendo en. un modas vivendi desde hace varios años. -Efectivamente- -me dijo el embajador- A s í es. Y respecto del Tratado? -En cuanto tomé posesión me he preocupado de comenzar y activar las conversaciones. Creo que el arreglo comercial con E s p a ñ a tiene en estos momentos una i m portancia capital, y por eso, sin pérdida de t i e m p o acometí esas negociaciones en Washington. ¿Y... Sonrió el embajador y exclamo muy simpáticamente: -Todo lo que le puedo decir es que... ¡las negociaciones van por muy buen camino! -Eso quiere decir que van cómodamente. -Sí. ¿P e r o que irán despacio? N o E s usted optimista? -Todo lo optimista que puede ser un d i plomático fine está negociando un arreglo. -Magnífica respuesta... diplomática -dije, sin poder contenerme. -Y a comprenderá usted- que no puedo explicarle el curso de las conversaciones -añadió el embajador amablemente. ¡Claro! -exclamé yo, convencido. Y después de una pausa breve, p r e g u n t é ¿Entonces... E l embajador, sin perder su maravillosa serenidad, me dijo: -Entonces... quiere decir que... estoy muy satisfecho de la forma amistosa y cordial en que transcurren y que espero han de terminar con un arreglo beneficioso para ambas partes Callé. Comprendí que el embajador ni podía ni debía decirme más. Y me di por satisfecho. Y a es bastante saber de una manera positiva que se está elaborando un arreglo comercial que tan necesario es para España- y que las negociaciones van bien ¿Muchos días por Nueva Y o r k? -pregunté. -No- -me dijo el embajador- A l llegar a Washington recibí muchas manifestaciones de los elementos representativos de la colonia española de Nueva Y o r k pidiéndome la designación del momento en que podría recibir a las comisiones que fueran para saludarme. Entonces yo he creído mi deber evitar las molestias de un viaje hasta W a s h ington a las personas que deseaban hablar conmigo y decidí venir yo, personalmente, a Nueva Y o r k para ponerme en contacto di- recto con la colonia española de esta gran ciudad. Y ¡aquí estoy! Efectivamente. E l cónsul general de E s paña en Nueva ork, D Ernesto Frere, que es un sevillano con mano izquierda preparó una recepción en el local del Con- sulado de España, adonde fueron tres representantes de cada agrupación española de las que componen ios elementos españoles en Nueva Y o r k y allí el embajador pudo salu 1 1 En el Consulado de España en Nueva York se realizó tina recepción, en la que el embajador, Sr. De Cárdenas, saludó a la colonia. Sentados, de izquierda a derecha: Sr. Fernández Arias, corresponsal de A B C; D. Ernesto Feyre, cónsul general de España en Nueva York; el embajador de España en los Estados Unidos, D. Juan F. de Cárdenas; el cónsul adjunto de España en Nueva York, señor De la Higuera, y el vicecónsul de España en Nueva York, Sr. Rives. dar a la colonia, representada por los presidentes, vicepresidentes y secretarios de las Juntas directivas de las Asociaciones nuestras. Estaba casualmente en el puerto el vapor español Cristóbal Colón y se aprovechó la coincidencia para ofrecer al embajador una cena a bordo del buque español, que su capitán, D Eduardo Fano, puso a disposición del cónsul general de España, quien, actuando de maestro de ceremonias organizó la cena con un carácter semioficial de aspecto muy simpático, de manera c no se hirieron- -e susceptibilidades de ningún género, cosa muy frecuente en esta c í a s de agasajos en las colonias españolas del extranjero. E n todos- los actos que se ofrecieron al embajador, el Sr. De Cárdenas supo hablar, brevemente, con una gran habilidad, dejando a todos satisfechos, sin que se escuchara el menor susurro de comentario desfavorable, cosa también muy frecuente en esta clase de agasajos. Y es que, como dije antes, el embajador de E s p a ñ a en los Estados Unidos es un gran diplomático, que posee, ante todo, una gran habilidad, y supo hacerse cargo del ambiente y satisfacer a todos con suavidad y naturalidad exqüisit L a Cámara ele Comercio española de Nueva Y o r k también obsequió- al- embajador- con un almuerzo en el Waldorf- Astoria. E l Sr. Cárdenas regresó a Washington para continuar su intensa labor en pro de los intereses españoles. Fía dejado en Nueva Y o r k un recuerdo agradabilísimo. H e tenido ocasión de hablar con varios elementos opuestos de la colonia española y todos coinciden en una impresión positiva al creer cu este embajador, que actualmente necesita una gran habilidad, ¡quizá esa gran habilidad que el Sr. De Cárdenas posee! para encarar la situación de la defensa de nuestros intereses y al mismo tiempo conquistar la- absoluta simpatía de este pueblo, que puede ser tan beneficioso para E s p a ñ a Y cuando yo, a solas, recordaba mi conversación con el embajador, sonreía pensando H a y que ver estos diplomáticos lo endiablados que son... ¡H e m o s hablado mucho y, por fin... no me ha dicho nada! Después, reflexionando en las palabras del embajador, añadí mentalmente: ¡E s decir... ADELARDO F E R N A N D E Z ARIAS