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r s 3 asa T a n t o s duques excelentes, tantos marqueses, y Sondes, y barones como vimos tan potentes, d i muerte, ¿d o ios escondes y los x Ones? I os Museos tienen una cierta tristeza de panteón. Sobre todo los 1 históricos. L a armadura, el montante y la bombarda no son n i L, siquiera hechos. Son utensilios auxiliares del hecho, muertos para siempre en las vitrinas sin una posible reviviscencia. Los Museos artísticos contienen una mayor potencia vital. E l lienzo, el joyel o el m á r m o l son acontecimientos en sí mismos. L o s creó una época de cultura triunfante y representan a su vez l a gloria de su época. Cada día ofrecen a ojos nuevos su maravilla, como en u n alumbramiento original. E n las Pinacotecas, lo único extinguido es el personaje sin nombre ni antecedentes, modelo de algunos cuadros. L o s retratos de damas y caballeros desconocidos pueden ser hasta castigos de Dios. Representan la punición de la soberbia. Damas engoladas, de corpinos joyantes, de peinados pomposos, consteladas todas ellas- -brazos, dedos, frente y garganta- -de gemas y oro. Caballeros con l i bros y plumas, si fueron doctos, o con peto; guantelete y espaldar, si fueron intrépidos. Pectorales, capelos y birretes; gruesos tratados de filosofía, espadas y bastones, sedas y joyas, todos los símbolos de poderío humano, se acumulan en estos cuadros. Pero nadie sabe quiénes son los retratados. S e ñ o r a desconocida... Caballero desconocido. H i e l a la indiferencia del catálogo. Y sin embargo, en su momento, ¡c u á n t o significaron estos retratos! Se buscó para realizarlos el pintor pontifical, imperial o regio; el que trabajaba para los palacios y las basílicas. Toda l a pompa del insigne retratado se acumulaba en el lienzo. Familias poderosas y magníficas, acaso soberanas, desde luego dominantes. E l retrato era l a continuidad de la g a l e r í a de antepasados, el boato social. H a b r í a de marcar un momento de opulencia de la estirpe y del nombre. H a b r í a de ofrecer a los descendientes una efigie ad- T I N T O R E T T O R E T R A T O DE U X A D A M A r i N T O R E T T O K E T R A T O P E U N CAPITÁN mirable de uno de sus antecesores. R e u n í a l a satisfacción presente y la certeza de la perennidad. ¡A h pero cuando la ascética predica lo liviano de esta vida, no habla en balde! Unos años, un soplo, un parpadeo del tiempo, y. l a gloria mundana se abate. L o s palacios se hunden, los tesoros se avenían, las familias se desvanecen. Acaso unos lejanos herederos recibieron estos cuadros y luego los vendieron a unos anticuarios. Acaso fué eíi el sonrojo de tina almoneda donde unos genoveses los tomaron con refunfuños, como malas cartas de crédito. Luego pasaron de mano en mano, de galería en galería, quizá de desván en desván. P o r fin los recoge un M us. eo para exponerlos a la contemplación publicaMiles de miradas, desde este momento, se p o s a r á n en el cuadro. Pero ¡qué m á s da el individuo! Fuera otro y sería lo mismo. T u viera otros ojos, otra boca, distinto talante, y lo mismo i m p o r t a r í a Las miradas admiran cuanto es arte. Y es lo mejor que suele ocur r i r Porque si son unas damitas de hoy quienes se fijan en la dama de a n t a ñ o malo s e r á que no se oigan impertinencias, y lo mismo si son varones actuales quienes opinan sobre el caballero de aire docto o bravio. E s muy posible que, junto al lienzo del insigne desconocido, haya sido puesto otro, en el que aparezca el corcovado, el bufón, el picaro o el borracho, el desperdicio humano. ¡O h sarcástico Velázquez, perpetuador y glorificador de monstruos y pigres de tu. tiempo! S i así sucede, no h a b r á por ello escándalo. L a misma delectación t e n d r á n las miradas cuando caigan sobre el buscón o sobre el procer. A los dos los ha igualado la genialidad del autor. Destino cruento, castigo dantesco. V i c t o r i a de los Savonarolas frenantes. Vimitas vanitahim... Pero no todo es fracaso. Esta quiebra de soberbias l a origi na, precisamente, un triunfo humano. S i estos cuadros están guar- dados y venerados: si hay trazado hacia ellos un sendero para generaciones peregrinantes, es por su contenido de m a e s t r í a sugestionadora. L o s retratados quisieron hacer del artista un siervo de su grandeza, y no lograron sino convertirse en medios de su gloria, en accesorios suyos, por decirlo así. E l tiempo ha hecho una clasificación implacable. Se ha desvanecido cuanto era pompa vana; ha per-
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