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durado cuanto era valor verdadero. E n el Prado está el Cardenal desconocido. ¿Francisco Alidosi, según algunos? ¿Bernardo Dovizio Bibiena, según otros? ¿Scarramuccia Trivulzio, según Augusto L Mayer... No se sabe. Pero el pintor es Rafael. Eso sí se sabe. Los siglos han puesto una bruma imperforable en torno al modelo, y han hecho utia gran transparencia en torno al maestro de Urbino. ¡Ser una cumbre social y política, secretario de Estado, como A l i dosi; legado de Papa, como Bibien: consejero de Rey, como Trivulzio, y verse borrado por el olvido! D i tiempo, ¿do los escondes y los pones? podríamos preguntar, parafraseando a Jorge Manrique. Tiempo, brazo ejecutor de la muerte, que ha ocultado a este cardenal y ha ocultado también a ese pomposo caballero inglés- -conde de Bristol, según afirmación del catálogo, desmentida por críticos e historiadores- -que en el Prado aparece junto a la figura fina y sobria de Van Dyck. Consolador desquite de la vida. Si todas las cosas pasan, y nosotros cori ellas, por lo menos queda la floración del espíritu, lo inmaterial y elevado. Esta preferencia inextinguible de cuantos transitamos por el mundo, es como una afirmación constante de fidelidad hacia los valores puros. E n las horas de soledad y tinieblas, las sombras melancólicas de estos ilustres desconocidos tendrán acaso un desfile elíseo ante sus propias efigies. N o serán, como sombras, menos que antes. Apenas fueron algo cuando creyeron serlo todo. L o que verdaderamente era, ha quedado erguido, haciendo de los siglos peldaños de cumbre. JOAOUIN A D Á N (Fotos Ruiz Vemaeci. GRECO. RETRATO D E U N MEDICO ra- y VAN DYCIC. E L AUTOR Y U N NOBLE INGLES