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CUENTOS A DE HUMOR X Ni K S I A todos ios días a m i casa. L l a m a ba y pedía que yo le recibiese. Pero yo no le recibía... ¿P o r q u é no daba su nombre? ¿P o r q u é se negaba a decir cuál era. el propósito de su visita? De una tenacidad admirable. N i él pronunciaba su nombre, ni él anticipaba nada, ni él dejaba de intentar la entrevista. Creo que duró un mes este juego en la puerta de mí casa, hasta que di orden de que no se le abriera de ninguna manera. Orden de que se observara antes por l a m i rilla. Si era él, nada. L a puerta no debía abrirse. S i n explicaciones. f L a casa se envolvió en un silencio absoluto ante su timbrazo, aquel día. E l debió advertir que en la puerta se había formado por breves instantes anas estrias de luz. N a d a m á s Volvió a llamar, y el sonido gargarizado del timbre entró en el silencio como una sonda. Y o me lo imaginaba de pie ante mi puerta, decidido, enérgico, dispuesto a todo. L a expresión del miedo por un temblor acordeónico de todo el cuerpo es tina de las m á s grotescas arbitrariedades de la pantomima. Y o no Semblaba, por ejemplo. Sentía m á s bien mi transformación en madera. Llamó por tercera vez. prolongadamente. Y comenzó un tercer silencio, como el desfile de una escolta negra que precediera a un- cuarto p r í n c i p e titilando al sol de la pila eléctrica, que yo esperaba y temía que enhebrara luego el pasillo cíe n casa. Esperé inútilmente. L o a hora, dos horas. ti es lloras. L a esco ta negra s e g u í a desfilando. 1 afectación y de estrépito. Alfiler de corbata, cadena de reloj, sortijas. E n la solapa, la insignia de una marca de automóviles. A s o mando por un bolsillo de la americana, n a fila de lapiceros metálicos y de estilográficas. Tantas cosas brillaban sobre él que parecía estar m á s cerca del torero o del h ú sar que del t r a n s e ú n t e de edición- popular. T e n í a una. cabeza grande, ia frente bombeada y enorme, los ojos ahuevados, de habitante- de Marte. Se sentó en. la butaca que yo le ofrecía, y sin decir m á s sacó uno de sus lápices, abrió la boca y se golpeó una ¡miela con la contera de meta! -E s t a es- -exclamó- -mi muela de oro. -Yo, desgraciadamente, tengo varias. Aquel hombre se rió un poco y d i j o -Yo nací con esa muela de. oro. De niño he sido la admiración de l a ciencia. M e v i sitaban médicos de todo el mundo. Está usted seguro? -M i madre no miente. Y yo no miento tampoco. ¿Q u é explicación se ba dado a este fenómeno? -Ninguna. M i madre creía en un antojo. Poco antes ele colocarme en este mundo, ella leía con mucho interés una. novela de buscadores de oro en el Xiondike. Pero ya comprenderá usted que yo no puedo aceptar ésta versión. Soy ele otro tiempo y tengo otra cultura. L a cultura moderna ciue tene- mos- los hombres del día. Estoy seguro de que nací con esa tímela de oro porque nací destinado a la riqueza. Y o estoy a punto de ser millonario. -i Q u é edad es la de usted? -Veinte anos. Representa usted m á s del doble. -N o olvide usted que nací cotí una muela de oro. A. los cuatro años tenía ya que afeitarme. A ios seis me había enamorado de n a señora que visitaba a m i abuela. Esto me hizo sufrir rancho. Usted no p o d r á saber nunca lo que envejecen estas cosas! Sonrió tristemente y exclamó luego: -Pero no importa. A h o r a hablaremos de A o más agradable. E l hombre que nació con una muela de ero hablaba con una seguridad admirable. Y o no be oído nunca cosas m á s extraordinarias en un tono m á s doméstico. -P u m a usted? -le pregunté, ofreciéndole un cigarrillo. -Y a no. M e hace mucho daño. T e n í a yo cuatro años cuando me vi obligado a abandonar este vicio terrible. L o s médicos me lo prohibieron en absoluto; yo estaba intoxicado por la nicotina. Entonces j u r é no fumar más. y no fumo. M i fuerza de voluntad ha sido siempre extraordinaria. H a b í a sacado unos papeles, escritos a máquina, y me ios presentó. -M i r e usted- -dijo f serenamente- en es tas hojas he redacía i- ció mis proyectos. L a i ií r e a l i z a c i ó n de cual; quiera de. ellos es l a Il fortuna en unos me ses. u s t e d escoge el f que le parece mejor y i I m a n a r í a me lo- dice. i Y o volveré mañana. I- -i B Y n pero sí los I proyectos son de us; i ted y la fe es de usy I ted, ¿c u á l es mi m i i sión en todo esto? í fi -S u misión es ía I de proporcionarme el í dinero que se necesita para emprender el ne. gocio. -Y o no lo tengo. -S i no lo tiene usted, su misión es la de encontrarlo. Usted tiene amigos- que pod r á n ayudarnos. M á s a ú n que sed- sputarán el- honor y la alegría de ayudarnos. Usted no se. preocupe. Y o le dejo a usted ¡a relación detallada de mis proyectos y yo vuelvo mañana. Se levantó de la butaca y, ya d é pie, se acercó a mí y abrió i a boca -Es esta misma. Perfecta. Y o nací sin dientes, como t o d o s Pero esa muela estaba ahí, forrada de. o r o desde el primer momento. N o se ha conocido nunca un caso igual. Y se m a r c h ó encantado. N i la menor alusión desagradable al í c r o él había estado esperando todo ese tiempo, y me a b o r d ó cuando yo intenté salir a ia calle. T e n í a f; ne ser él, aunque era ia primera vez que yo lv veía. -Deseo- -di j o- -hablar con usted. -K i e n Es lo mejor. Definitivamente es io mejor. ¿Q u i é n es usted? -A usted si se ¡o d i r é pero a los demás de su casa esto no les importa nada. Y o soy el hombre- de la muela cié oro. N e c e s i t o que usted me ayude. M i tenacidad le dem o s t r a r á a usted que estov- d. ee tildo a que usted me ayude... A qué? -A que sétimos m i llonarios. -Pase usted. Aquel hombre me inspiró, cíe improviso, u n a g r a n confianza. E r a- dulcemente enérgico. Breve estatura. Parecía tener cincuenSu eh gancia nos. una negano; ote
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