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L día que cumplí treinta años, entre dos postres de la comida- -arroz con le che y crema de chocolate que mis dos tías confeccionaron en competencia- se suscitó el acostumbrado debate de mi porvenir. L o s invitados se dividieron en dos grupos, uno que capitaneaban mis tías y otro en el que estaba yo solo. Sostenían mis bondadosas parientas que bastante la había corrido y que tenía que sentar la cabeza Defendí la tesis contraria: que no notaba síntomas de cansancio y que si se sienta la cabeza resulta bastante incómoda la posición de todo el cuerpo. Aquel fué el principio de una cruzada. M i s tías me atacaron por todas partes; sobre todo se me censuró acerbamente que mis únicas compañías fueran las de Ferróte y Carlines; aquél un perro de aguas y éste un amigo borrachín, prototipo de ese ser e x t r a ñ o postizo, irregular y desconcertante eme se conoce con el remoquete de bohemio A Jos tres nieses de m i cumpleaños sucumbí a consejos y sermones. M i s tías eran muy ricas y vo su único heredero. E n el curso de sus trabaios catequizadores habían insinuado la posibilidad de reformar su testamento. Ellas querían que aceotase a ojos cerrados la novia que me propusieran. -Porque eres capaz de casarte con una loca, v vuestra casa sería una leonera, y de eso a la tribu de gitanos no hay m á s que un paso. Y venga, y zurra, y dale, y que si patatín, v ue si p a t a t á n -Sí. tías, me casaré con quien me aconsejéis. A mí me da lo mismo! Nonillón y Alodia- -tres millones v dos cuerpos de solteronas, resecos v como en salmuera- -hicieron la pesquisa de la mujer más hacendosa de M a d r i d Y un día me dieron la buena nueva. -Hemos encontrado a la esposa modelo, a a perfecta mujer de su casa. Llevé a Carlines y a Ferróte a l a sentimental escena de la presentación para que me a c o n s e j a r a n- -ú l t i m o recurso de una voluntad en naufragio- Carlines nada pudo oponer: estaba a medios pelos, y su habitual alegría- -era el hombre m á s jovial y dicharachero del mundo- -se heló ante la figura modosa, pulcra, correcta de una jovencita persuadida de la importancia de pasar al estado de esposa, y que con su traje sencillo, cosido por ella, bajos los ojos, íos ademanes tímidos y la voz de tono modesto, es la encarnación viva, el símbolo respetable de esa institución indestructible, base de las sociedades y de los pueblos, institución que todos veneramos: eí hogar. E n cuanto a Ferróte, se limitó a olería largo rato- -señal de que no usaba perfumes- -y después movió el rabo con inequívocas señales de aprobación. Nuestro noviazgo fuá breve; el tiempo indispensable para los preparativos. ¡Q u é mujer te llevas! -me dec an a dúo Ñoníllón y Alodia, asombradas a ú n de haber podido pescar tal perla- E s una hormiguita sabe guisar y toda clase de labores es limpia, arreglada, económica; desde niña ha llevado el peso de su casa. Te fijaste cómo van sus hermanos? Parecen los chorros del oro, con ios trajecitos planchados, tan pulcros, que da gusto verlos. Qué fortuna has tenido! Y o no me fijaba en las excelentes cualidades de mi novia, porque, en el fondo, tantas virtudes domésticas me- padecían sosas y aburridas. M e quejé a Nonillón y A l o d a de que Cándida j a m á s se quedaba a solas conmigo: siempre a un lado y a otro los hermanitos, a los que disimuladamente pellizcaba para que guardasen compostura. -T as. Cándida no me quiere. -i Qué dices, insensato? Cándida sueña con la boda. E s la compañera intachable. -D e veras? -Xo vive m á s que para vuestro futuro rinconcito. Q u é hogar vas a tener! -Pero tías. Cándida no cesa de hacer ganchillo y apenas me mira. M á s nue una hormiguita parece una a r a ñ i t a tejiendo, tejiendo sin cesar. -N u n c a se está mano sobre mano. -E n nuestra situación, y siendo j ó v e- nes... T í a s el amor pide algo, ¡q u é caramba! -C á n d i d a no es una tunanta de las que h a b r á s tratado. ¡C á n d i d a es una mujer de su casa! Durante nuestras relaciones los arrebatos pasionales y el frenesí e r ó t i c o s e manifestaron en los dos del modo siguiente: yo tenía que guardarla las cajas de cerillas, el papel de plata del chocolate, las sortijas de los puros y los pedazos de lacre. -Cuando estemos casados- -me decía C á n dida, mientras vigilaba a sus hermanitos para que no se frotasen tm zapato contra el o t r o- -m e t e r é los corchetes, los a u t o m á ticos y los botones de diversas clases en las cajas de cerillas; el lacre sirve para adornar los pucheros desportillados y convertirlos en centros de mesa; con las sortijas ele los puros c u b r i r é la superficie de los muebles p e q u e ñ o s quedan preciosos. ¿Y el papel de estaño? -É s o es m á s importante. H a y que formar una bola de cinco kilos. D a la buena suerte. M i s tías; al enterarse de esas muestras de ternura, sonreían, satisfechas. -i Y a te lo habíamos d i c h o! ¡E s una alhaja! Un poco hastiado ya de l a vida de soltero, me atraía lo desconocido: la reglamentación de las horas, la paz conyugal, el trabajo constante, las satisfacciones íntimas, la vida de familia. Ignoraba lo que encierra eso que empieza en un felpudo y acaba en el cubo de la basura y consta de recibimiento, gabinete con alcoba, comedor, despacho, sala, baño, dormitorio de la criada, cocina, despensa y fresquera; lo que se denomina pomposamente un hogar Constituí mi. hogar (cuyo menaje y mobiliario adquirió integramente Cándida, sin permitirme incompetentes intromisiones) y en fecha memorable, a eso de las ocho de la noche, después de una larga ceremonia a base de ramo de azahar, merluza a la v i nagreta y fox americanos, llevé a su centro natural, a su reino, a su nido confortable al