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hada milagrosa, que e x t r a í a la felicidad de las envolturas del chocolate. N o h a b í a m o s cerrado la puerta, al franquear, como en un rito, los umbrales de nuestro hogar, cuando Gandida, volviéndose, vio que Penóte subía también, pegado a mis talones, a tomar posesión del sitio que se le designase. ¡O h n o! E l perro no puede v i v i r aquí. ¡Bonito lo pondría todo! Los hombres -añadía m i esposa con una sonrisa de conm i s e r a c i ó n- -n o tenéis el sentimiento del hogar, no sabéis lo que es una casa. Cándida vestía el traje de novia... ¿C ó m o protestar? Besé a Ferróte y le conduje a una pensión de siete cincuenta, todo comprendido. A l- volver iba pensando en las gracias, no muy abundantes, de Candídita. Pero me seducía la estampa de una alcoba tibia como un nido, y de un rostro, entre sonriente y asustado, medio oculto en encajes, como la luna impoluta entre el cendal vaporoso de la nube... ¿Q u é se han creído los poetas? E n c o n t r é a Cándida subida a una escalera, puesto el albornoz de baño, manejani d o a la desesperada un plumero. L a criada iba y venía, azorada. ¿N o le da a usted v e r g ü e n z a? ¡U n a tela de a r a ñ a en el r i n c ó n! ¿Q u é dirá el señorito? E l señorito no d i j o nada. E s p e r ó qué C á n d i d a repasase los rincones altos y bajos de todas las habitaciones para depositar un ósculo en su frente sudorosa. Toda la noche estuvo irri ada contra el descuido c r i a d i l toda la noche e recuerdo de la t e l a r a ñ a l a desazonó como desazona una astillita en la u ñ a A l día siguiente surgieron algunas cuestiones por descuidos m í o s clvidé el cigarrillo en la última tecla del piano y se produjo en el marfil una huella amarillenta; apr. recí en visita con un botón de menos; también se descubrió que en el pijama había manchas, sin que yo las denunciase. -P o r qué no me lo lias dicho? L o del botón me costará una enfermedad. L a señ o r a de Flequillo va a contar a sus amistades que yo no sé pegar mi botón. Repasar todos os botones a ocupó vein- ticuatro horas. Y o me fui al Círculo, donde estaba Carlines llenándose de alcohol, con l a conciencia de un termómetro, por cuya garganta sube el mercurio grado a grado. L e convidé a comer, y Carlines se propuso desarrollar todo el panorama de sus ingeniosidades para conquistar la benevolencia de mi esposa. Estuvo, en verdad, ocurrente: pero echaba la ceniza de la pipa al suelo y Cándida se revo vía, furiosa, en su asiento: estremecíase cada vez que la mano de Carlines, temblorosa, como de borracho, cogía la copa. ¡Aquellos manteles n í t i d o s! Carlines d e r r a m ó el Valdepeñas. M i mujer. frunció el ceño y- adopi. 6 una actitud fosca. Carlines empezó a contar un cuento verde: el de los tres marineritos. Cándida, levantándose, dob ó la servilleta, le saludó y se r e t i r ó -C o n su permiso. Carlos y yo comprendimos que no era por el cuento, sino por la ceniza y las manchas del mantel. Todo estaba perdido. M e despedí de mi camarada como me había despedido de Ferróte: con infinita pena. -M i r a- -m e dijo m i mujer al acostarnos- para que no suceda eso más, desde m a ñ a n a vamos a comer en l a cocina S í comí en la cocina, en la mesa de planchar, en platos de madera, con cubiertos de h i e r r o la vajilla bien relimpia, l a plata reluciente, se g u a r d ó en los muebles bruñidos del comedor, herméticamente cerrado. Cándida metió mi vida en un molde como los que usaba para los pudding; imposible trasnochar había que comer a la hora exacta y levantarse a l a inexorablemente fijada;
 // Cambio Nodo4-Sevilla