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PRIMERA P A R T E i ¡S a l u d Macbeth! T u serás rey. (Shakesneare. A campanilla de la puerta repicó de un modo tan respetuoso y; delicado, que parecía un homenaje a l dueño de la casa; y el criado, al abrir la mampara de cristal, mostró sorpresa- -sorpresa discreta, de servidor inteligente- -al oír que preguntaban ¿E s buena hora para que S u Alteza se digne recibirnos? E l que formulaba la pregunta era un señor mayor, de noble continente, vestido con exquisita pulcritud, algo a lo joven; el movimiento que hizo al alzar un tanto el reluciente sombrero pronunciando las palabras Su Alteza, descubrió una faz de cutis rosado y fino cómo el de una señorita, y cercada por hermosa cabellera blanca peinada en trova, terminando el rostro en una barba puntiaguda no menos suave y argentina que el cibello. IJetrás de esta simpática figura asomaba otra bien diferente: l a de un hombre como de treinta años, moreno, rebajuelo, grueiso ya, afeitado, de ojos sagaces y ardientes y dentadura brillante, de traje desaliñado, de mal cortada ropa, sin guantes, y mostrando unas uñas reñidas con el cepillo y el pulidor. E l criado, sin responder a la pregunta, se desvió, abriendo paso a los visitantes; y precediéndoles por el recibimiento, alzó u n tapiz y les introdujo en una saliia, donde ardía buen fuego de lena, a l cual se llegó vivamente el mal pergeñado, levantando el ancho pie para calentar l a suela de la bota. U n a djea da severa de su respetable compañero, no le impidió continuar exponiendo a l a llama los dos pies por turno y a la vez examinar curiosamente el aposento. E l capricho y la originalidad de un artista refinado se revelaban en él. Proscritos los mezquinos cachivaches que llaman bibelots, y también los pingos de trapería vieja, que si los apaleasen despedirían nubes de polvo rancio, no se veía en las paredes, cubiertas de seda amarilla ligeramente palmeada de plata, más que dos retratos y un cuadro: cierto que los retratos llevaban la firma de Bonnat, y el cuadro era una soberbia Herodias de L u i n i reputada superior a la de Florencia. L a chimenea, -de bronce, lucía cinceladuras admirables, y hasta las rosetas de plata que sujetaban los pabellones de los muebles estilo Imperio eran primorosas de forma y de labor. Daba pena ver hincarse en e l respaldo de uno de aquellos sillones de corte de nave las garras sospechosas del mal trajeado, y el de la cabe. llera nivea le miró otra vez, como si dnese: Vamos, haga usted el favor de no manchar la tela... Sólo consiguió provocar un imperceptible movimiento de hombros, entre desdeñoso y humorístico. L o s retratos atraían la atención del desaliñado. Parecíale que. uno de ellos representaba a cierto conocidísimo personaje: nada menos que al augusto Felipe Rodulfo I N o vestía, en el retrato, el brillante uniforme de coronel de Húsares, n i lucía, placas, cordones y bandas, n i ostentaba signo alguno de su elevada condición: burguesa levita negra, abierta sobre blanco chaleco, modelaba el tronco y acusaba su forma peculiar, el pecho arqueado, los caídos hombros, el cuello un poco rígido, l a postura no exenta de altividez que caracterizaba al soberano de Dacia. Sorprendente era el parecido de la cabeza copiada tal cual debió de ser allá en sus verdes años: el rostro pálido, de óvalo suave, de facciones casi afeminadas, de boca diminuta, sombreada por un bigotillo rubio ceniza, de ojos de un azul de agua con reflejos grises; y, únicos rasgos enérgicos y viriles, á nariz bien delineada, de anchas ventanas, y en la garganta, muy saliente la nuez. S i n embargo, el que contemplaba la pintura, volviéndose hacia el señor mayor, murmuró con extrañeza: -Duque, este no es el Rey. 1 L LOS ENVIADOS ¡P o r D i o s! S i está hablando Su Majestad... Como que así le recuerdo, así, cuando yo era capitán de Guardias... -P e r o ¡por el diablo! ¿no ve usted que este retrato viste a l a última moda? i N o se fija usted en el peinado, en la corbata? ¿Cree usted que Bonnat retrataba ya por los años 50? E l tono descortés de esta observación tifió con dos placas purpúreas las mejillas del anciano; disimulando la mortificación, se acercó al retrato, caló en la nariz unos quevedos de roca y oro, se echó algún tanto atrás, y al fin dijo con pueril alegría, rayana en ternura: -V e r d a d ¡Qué tontos somos! ¡S i es el príncipe... -N o yo no he sido tonto... -recalcó con impertinencia el mal pergeñado- Este retrato sólo podía ser de Felipe María... L a casualidad y la naturaleza nos sirven como si las sobornásemos... U n a semejanza tan extraordinaria nos allana la mitad del camino. -E s t a emoción que siento han de sentirla todos los buenos- -balbució el duque, que sonreía sin querer, como sucede a las personas que rebosan júbilo. S u compañero, entre tanto, eurioseaba el retrato de mujer, y lo miraba analizándolo implacablemente. E l pincel realista de Bonnat había reproducido en el lienzo, sin triquiñuelas aduladoras, no sólo la decadencia de la que fué en un tiempo r a r a beldad, sino el estrago que causan los padecimientos al minar una organización robusta. E r a uno de esos retratos encargados: por la piedad filial, que ve acercarse la muerte y quiere perpetuar una dolorosa imagen. L a dama frisaría en los cuarenta y pico, y sin duda para vestirla con un traje que no pasase de moda, el retratista la había envuelto en amplio abrigo de n u tria, sobre el cual se destacaba la cabeza pequeña coronada de rizos todavía muy negros, un peinado que revelaba estudios y artificios de tocador. A pesar del abatimiento físico que se leía en los largos y aterciopelados ojos del retrato, era v i v a y sensual la roja boca, y mórbidos los hombros de marfil, que descubrían el abrigo caído y el corpino escotado; la mano, de torneados dedos, jugaba con una rosa, y sobre él pico del escote descansaba rica piocha de esmeraldas y brillantes. -A q u í tiene usted, duque, a una mujer que ha debido pasar las de Caín- -indicó e ¡facha con maligna ironía- Esta era ambiciosa, y desde que las circunstancias tomaron cierto giro, apostaré que soñaba todas las noches que ceñía corona y arrastraba manto real. A ésta la mató el consabido expediente de nulidad... M i r e usted, mire usted cómo se nota la ictericia; ¡qué mejillas, que sienes! ¡qué arrugas en la frente! Y lo que es guapa, debió de ser guapa en sus tiempos la bailarina. Hablaba sin volverse, n i mirar atrás, señalando con el dedo al retrato, manoseándolo x a s i de. pronto sintió una presión como de tenazas en el brazo derecho, y oyó la voz del duque, sofocada por la cólera: -Cállese usted, M i r a y a Esas reflexiones, si se quieren hacer, se hacen luego dentro del coche... ¿H a perdido usted la noción del sitio en que estamos? M e parece que siento ruido detrás de la mampara... Su Alteza puede oír, y ¡aunque no oiga! U n gesto del imprudente a quien el duque había llamado M i raya, fué la única respuesta a la acertada observación; y dejándose caer en el sofá, cruzando las piernas, guardó. silencio, mientras uno de sus juanetudos pies danzaba descubriendo sin recato el grosero material y el plebeyo betún del calzado, la dudosa limpieza de la ropa interior. E l duque, suspirando, levantó los ojos al techo, como si la lámpara de plata cincelada, entre cuyas hojas de acanto se escondían los feos tulipanes de la luz eléctrica, le interesase mucho. Y así transcurrieron algunos minutos, en que sólo se escuchó el chisporroteo agradable de los troncos. LSe continuará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla