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CONTINUACIÓN) artículos del señor Miraya, y me han parecido maravillas de es. De pronto, en medio de aquel silencio, y sin turbarlo, pues tilo y de intención. No tienen en París muchos periodistas como ni la mampara al abrirse ni la persona al entrar produjeron ningún ruido perceptible, apareció un hombre, ante quien el duque, que usted... ¿Sus ideas de usted son muy avanzadas, muy revolucionarias? ¿No es usted el portavoz de los republicanos, represenhabía permanecido de pie, se apresuró a inclinarse tan profundatativos? mente como si quisiese hincarse de rodillas. L a posición que no llegó a adoptar el anciano, la tomó en cambio Miraya, repentinamente ¡No, señor! -apresuróse a exclamar Miraya, cogiendo el sobrecogido, y tanto, que se vio palidecer su tez morena, y la palma hilo, y algo desconcertado aún- -Vuestra Alteza se refiere a mis de las manos se le empapo de frío trasudor. Pugnaba el duque por tiempos de inexperiencia... Eso pasó: soy un convertido. He besar la diestra del recién venido, sin lograrlo, pues éste sólo conrecibido desengaños crueles del partido en que milité; he comsintió una presión ligera. Corrió a levantar a Miraya, y en voz prendido la libertad de un modo menos estrecho, menos formubien modulada y de gentil compás: lista, y no cuenta hoy en Dacia la causa de la Monarquía servi- -Háganme el favor de tomar asiento, señores- -exclamó, señalan- dor más leal. A l señor duque le consta, y mis nuevas y ya firmísimas convicciones son las que me han traído a la presencia de Vués- do al sofá- Sospechaba que vendrían ustedes pronto... Me lo hatra Majestad... bía anunciado Yalomitsa, única persona de allá a quien veo algunas veces; no puedo olvidar que el pobre fué amigo de mi madre y Enérgico fruncimiento de cejas e impaciente tos del duque la acompañó hasta sus últimos momentos. llamó la atención a Miraya. -Me adelanto un poco a los acontecimientos, duque- -advirtió el- -Señor... -tartamudeó el duque, inquieto del giro que desde las primeras palabras tomábanla plática- precisamente por eso, periodista, demostrando haber recobrado toda su presencia de espíritu. porque sabíamos que Gregorio Yalomitsa tenía el honor de ver con frecuencia a Vuestra Alteza... -Les escucho a ustedes- -advirtió con dignidad Felipe María, ¿A mi Alteza? -interrumpió con festivo alarde el joven, como indicando que no deseaba alargar la entrevista con digresiopues lo era, como de unos veintiséis a veintiocho años, y en todo nes. Miraya alzó los ojos, salientes y separados, de orador, y los igual al retrato que al pronto habían creído del Rey- Hágame el clavó en Felipe. favor, señor duque... ¿porque supongo que hablo con el duque de- -Señor, venimos encargados de un mensaje, y entre los dos Moldau? representamos las fuerzas vivas y la opinión honrada de nues- -Señor- -respondió el duque, levantándose solemnemente- desr tro país. E l duque de Moldau, el veterano ilustre, el magnate de los tiempos de Ulrico el Rojo, los duques de Moldau, mis as- sin miedo ni tacha, personifica el elemento tradicional; yo, hijo cendientes, llevaron la espada y el escudo de los príncipes de del pueblo, las nuevas aspiraciones, las corrientes europeas. Un Dacia en el campo de batalla y en las ceremonias palatinas. eminente político, el ex ministro Stereadi, que desde hace algún Otra vez hizo demostración de besamanos: pero tampoco se tiempo vigila consultando el horizonte, y lo ve preñado de obslo consintieron. curas nubes y de gravísimos problemas, me ha conferido sus poderes: su sueño dorado sería venir en persona... mas la trai- -M e es muy grato tener ocasión de conocer a. una persona ción vela también: si saliese de Dacia, al, volver encontraría cetan digna de respeto, tan consecuente, tan venerable. Sé que es rrada la puerta: ni a escribir se atreve, porque se interceptausted un cumplido caballero, no sólo por su linaje, sino por las rían sus cartas. E l es grande y visible; yo, pequeño y obscuro; prendas de su carácter, lo cual vale más todavía. Apriéteme la mis hábitos vagabundos y cosmopolitas me traen con frecuenmano, señor duque... Y sírvase no darme tratamiento; se lo suplico. cia a París; mi venida, aun coincidiendo con la del señor du- -Señor, si Vuestra Alteza quiere- hacer dichoso a un viejo enque de Moldau, a nadie le llama la atención en Dacia; porque canecido al servicio de vuestro padre y también de vuestro augussi he modificado mi orden de ideas, convencido dé que mi pato abuelo... no sólo me permitirá que le hable como es debido... tria ha menester el régimen tutelar de la Monarquía hasta para sino que... plantear con seguridad las nuevas libertades, por ahora no he Rápidamente, antes que el joven pudiese impedirlo, los labios del duque se le adhirieron a la diestra, y la besaron con codicia, con comunicado al público mis impresiones, y en Vlasta siguen creyéndome republicano representativo: ¡así se engañen siempre ardor, con fiebre entusiasta. Felipe María sintió que se ruborizaba, lo cual le contrarió: era, la del ósculo de acatamiento que le da- los enemigos de Vuestra Alteza! Créenme hostil a la política de Stereadi, jefe del partido liberal monárquico; nadie sospeban por primera vez una impresión semiangustiosa, y al mismo chará que en nombre de Stereadi precisamente me ofrezco en tiempo fuerte, atractiva, como la del juego y la del peligro. -Miraya- -prosiguió el duque, volviéndose hacia su compa- cuerpo y alma a nuestro salvador, al emblema del porvenir, al principe Felipe María de Leonato, legítimo heredero del troñero- me conmueve tanto ver a Su Alteza, que no acertaré a deno de Dacia. cirle el objeto de nuestra visita. Por otra parte, a usted le toca desarrollar elocuentemente nuestro mensaje, y espero que se lu- ¡Dios le conserve largos años! -exclamó enfáticamente el cirá usted una vez más, en ocasión tan señalada. -duque, irguiéndose y volviendo a sentarse a un suplicante ade- ¿El señor Sebasti Miraya? -preguntó Felipe en tono de- man de Felipe. ferente y halagüeño. -Puede usted continuar, señor Miraya- -articuló el que lla. No contestó el interpelado, en quien la emoción, si bien na- maban príncipe, inclinando la cabeza como si aprobase. cida de distinto origen que la del duque, no era menos profun- -Séame lícito expresarme igual que si Vuestra Alteza igda. Por primera vez en su vida se encontraba mano a mano, él, norase completamente el estado actual de los ánimos en Dacia: Sebastián Miraya, hijo natural de una lavandera, -pilluelo de la es fácil que lo conozca mejor que nosotros. calle, obscuro tipógrafo, después literato de ocasión, periodista- -Se equivoca usted- -declaró apaciblemente el joven- Si se de combate, con una persona de sangre real, con un príncipe; trata de hechos pasados claro es que he leído la historia del en la esperanza de Miraya, un Rey. ¿Dónde quedaban la frespaís donde nació mi padre; pero si se refiere usted a cosas concura, la insolencia de minutos antes? Comprendió que en tal temporáneas. no me he enterado. Leo los periódicos de allá momento, si hablaba, se perdía, y enmudeció, limitándose a sonraras veces; no les presto atención. Cuando viene Yalomitsa reír, mientras con vigorosa tensión de amor propio dominaba aquella charlamos de música, evocamos laenionas tristes o alegres... turbación humillante. De Dacia, ni esto. -He leído en el propio idioma en que se escribieron varios (Se continuará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla