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EL SALUDO DE LAS BRUJAS NOVELA. POR EMILIA PARDO BAZAN (CONTINUACIÓN) -Pues conviene que sepa Vuestra Alteza, ante todo, que el ÍRey está gravemente enfermo; tal vez no le quede un año de vida. Una conmoción profunda, eléctrica, estremeció a Felipe. La noticia, así, escueta, brutal, había dado en el blanco. -E l público no lo sospecha- -añadió el periodista observando con interés la alteración de Felipe- pero el médico de cámara, que guarda la consigna del secreto más riguroso, no ha sido tan reservado con el ilustre Stereadi... Aunque la Prensa republicana al principio insinuaba veladamente algo, queriendo alarmar, Stereadi tomó medidas para abozalar a los perros ladradores. No conviene que la noticia cunda. Se trata de un padecimiento interno, que tiene un desarrollo previsto, una marcha fija, y que en determinado período se burla de los esfuerzos de la ciencia. Así es que el trono de Dacia vacará bien pronto, y si la desgracia nos coge desprevenidos, sin solución preparada, sin candidato nacional, Dacia correrá a la catástrofe, al abismo. No importaría la algarada republicana ni siquiera el reguero de pólvora socialista; no somos un país fabril, somos agricultores, y sin la proximidad de Alemania, hasta el nombre del socialismo ignoraríamos. Otro es el peligro, otro y más terrible: la dictadura militar, la proclamación del gran duque Aurelio, vuestro tío, y... la absorción de Dacia por Rusia. Hizo una pausa Miraya, esperando el efecto de estas últimas frases, pronunciadas con dramática entonación; y como Felipe se limitase a oír atentamente y callar, prosiguió, cambiando de tono: -Las tropas están muy trabajadas por el gran duque. Es un soldado; es el vencedor del turco y del albánés, y goza de un prestigio cimentado en la fuerza, y preciso es decirlo, en la falta de escrúpulos con que procede. De intención, es ruso más que dacio; su triunfo, para nosotros equivale a la pérdida de la nacionalidad. Por eso acudimos a Vuestra Alteza. Mientras Vuestra Alteza nos olvida, el corazón de Dacia late aquí... No ve tan sólo Dacia en Vuestra Alteza al continuado de una dinastía: ve la independencia, que importa más. ¿Todavía se sor prende yuestra Alteza de que, monárquicos por convencimiento, le basemos la mano en señal de adhesión? Hablando así, animándose gradualmente y llegando a expresar con calor el sentimiento, Miraya arrebató a su vez la diestra del príncipe y consiguió rozarla con los labios. Bruscamente, echándose atrás, Felipe exclamó, perdido el aplomo: -Basta, basta, señores, por vida suya... Les ruego que prescindan de ciertas fórmulas, que, se lo juro, me molestan, y que además son innecesarias para que ultimemos este asunto. ¿Vienen ustedes, por lo que veo, a ofrecerme la corona de Dacia? -En nombre de los dos partidos serios de gobierno, el liberal y el Antiguo o tradicional, mancomunados y juramentados- -afirmó Miraya. -Y el Rey... ¿sabe, algo de esto? -preguntó con mal disimulada ansiedad Felipe. -E l Rey- -murmuró el duque bajando la voz- ¡el Rey lo sabe! ¿Lo aprueba? -Completamente- -exclamó Miraya a su vez- sólo pone una condición: que el testamento donde reconozca a Vuestra A l teza por hijo heredero no se haga público hasta después de su muerte. Vuestra Alteza adivina... E l Rey teme las violencias del gran duque, y también el... el disgusto... hasta cierto punto natural... de... de Su Majestad la Rema... La mujer, señor, es celosa... hasta de lo pasado, de lo que ya no existe... y... la Reina, al fin, ha de ver en Vuestra Alteza... Basta. Por lo demás, se ha trabajado día y noche con el Rey para que se decidiese el reconocimiento legal. el ilustre Stereadi no levan 1 1 tó mano, y el arzobispo He Vlasta, correligionario del señor ¡duque, no ha contribuido poco a este resultado feliz... que tenemos la honra de comunicar a Vuestra Alteza, solicitando una palabra que nevaremos a Dacia como un talismán. II El. HIJO Por corto espacio calló Felipe María, recogiéndose, en actitud del que medita y delibera. Después, como embelesado, fijos los ojos en la alfombra, exclamó: ¡Conque me ofrecen la corona de Dacia! Es preciso confesar que la suerte tiene caprichos bien extraños. ¡Lejos estaba yo de esperar semejante oferta! I -Dios- -dijo gravemente el duque de Moldau- -se complace en ocultarnos el porvenir. Vuestra Alteza ha pasado en la desgracia sus años juveniles: en una escuela donde se educaba, a fin de que la prosperidad le encontrase preparado, ceñidos los ríñones y revestido el corazón de fortaleza. -N i he vivido en la desgracia, señor duque, ni puede esperar de mí bienes ni males el país donde mi padre reina. Aprecio muy de veras la lealtad que impulsa: a la comunión política que usted dirige... y usted, señor Miraya, hágase intérprete con el eminente repúblico Stereadi de mi sincera gratitud. Quedo reconocido, pero díganle- s ustedes que rehuso, no sólo ahora, sino para lo venidero, y que renuncio, no a mis derechos- -los derechos no pueden renunciarse- sino a toda pretensión o aspiración al trono de Dacia. Jamás- ¿lo han oído ustedes bien? -jamás aceptaré ese puesto y ese honor. A L oír palabras tan categóricas, el duque palideció; Miraya se demudó un instante, y Felipe María sintió que era preciso alegar razones, porque. negativa fundada, negativa excusada. E n tono más afable, se d prisa a añadir: i o- -Las circunstancias, señores, han hecho de mí un hijo de mi siglo. No sé cómo pensaría si me hubiesen criado y educado desde niño para reinar; es posible que se hubiese formado en mí una segunda naturaleza, y que esa naturaleza me impulsase a ocupar mi sitio y entrar en mi papel sin esfuerzo. Pero he vivido ajeno a esperanzas ambiciosas, y he abrazado. las doctrinas de una filosofía egoísta... o llámenle ustedes como quieran. Libre, he aprendido a conocer el precio de la libertad; apartado de la política, he presentido sus amarguras. ¿Qué quieren ustedes? Soy un vividor... o si lo- prefieren, un epicúreo... no grosero. -En mi estado actual me juzgo uno de- los hombres más felices que comen pan a manteles. Y a me hará usted objeciones, señor duque; no me niego a escucharlas, pero antes d- ijeme usted que le pinte el cuadro de mi existencia. Soy joven, tengo salud y poseo un capital no despreciable. Nada valdría todo ello si me faltasen ciertas aficiones escogidas, que no sólo ayudan a pasar las horas, sino que entretienen la imaginación dulcemente, excitándola de un modo grato. Me refiero a esa curiosidad ilustrada que, sin llegar a ser, ¡Dios nos libre! vocación científica, ni artística, basta para convertirnos en espectadores inteligentes del gran espectáculo. Tales aficiones serían hasta un martirio para mí, si me viese obligado por cualquier motivo a ahogarlas, vegetando en un rincón, en uno de esos países muertos donde ni se- piensa ni se crea, donde los días se deslizan iguales y la gente se enmohece... Pero vivo en París en invierno, y viajo en el verano y en otoño; todavía no he recorrido sino una parte mínima del mundo, así es que me aguardan muchas sorpresas; el libro tiene cientos de hojas sin cortar. (Se continmfá.