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ALUDO DE LAS NOVELA, POR EMILIA PARDO BAZAN (CONTINUACIÓN) U n rico sin imaginación, es un atleta ciego; tur pobre. con imaginación, es un paralítico dotado de inútil segunda vista; n i me creo ciego, n i soy paralítico; me pertenezco, y no me resuelvo a entregarme. Con franqueza, señor de M i r a y a ¿q u é h a r í a usted en mi lugar? L o propio. que yo. Interpelado directamente, M i r a y a vaciló un segundo: era demasiado intelectual, a pesar de su ruda corteza, para no sent i r el encanto del cuadro que bosquejaba el príncipe. P o r fin encontró salida: -L o s elevados sentimientos de Vuestra Alteza responderán por mí. N o sabría. objetar, sólo le ruego que lea en su alma... y allí encontrará l a refutación victoriosa de lo que n o me atrevo a llamar sofismas. S i fuésemos plantas, nos bastaría el deleite de vegetar bebiendo el rocío, absorbiendo el sol y cubriéndonos de hoja y de flor en primavera... Pero las mismas plantas, señor, dan su fruto, y al dar fruto adquieren el derecho a l a vida. N o suponga i Vuestra Alteza que. al venir aquí creímos convidarle a una excursión de recreo, a una cacería, a un alegre banquete, a una ópera. D i r é m á s sabíamos que nuestra proposición, si Vuestra Alteza la aceptase, le. impondría sacrificios que hasta hoy no ha conocido, y le revelaría deberes que no sospechaba. Y me atrevo a añadir que el haber venido sabiendo todo esto, es una prueba de nuestra alta estimación. S i respetábamos en Vuestra Alteza al ¡príncipe heredero de. Dacia, también apreciábamos al hombre capaz de cumplir- una función que hoy puede llamarse providencial. E l botón de fuego llegó a lo vivo. Felipe M a r í a se mordió el labio inferior, pálido y turgente. ¿Y quién le dice a usted- -contestó, no sin vehemencia- -que yo no soy ese hombre capaz de resolución y de sacrificio? N o suponga usted, por lo que le he mostrado de ella, que conoce m i alma. M e he retratado superficial y gozador, quizá por que me desdeñaba de dar otras explicaciones, no estando obligado tampoco a darlas. H a abierto usted heridas que van a sangrar, y lo siento... Acuérdense de que no es mía l a culpa. -Dígnese Vuestra Alteza a perdonarme, si me he excedido- -m u r m u r ó hipócritamente M i r a y a que sonrió guiñando de soslayo al duque, el cual, lleno de desconsuelo, cruzaba las manos sin acertar a decir cosa alguna. -N o tengo que perdonarle a usted... porque usted no puede i n terpretar m i situación, y creo que únicamente siendo yo mismo la comprendería. S i n embargo, de sobra conocen ustedes m i historia... Y sobre todo l a de mi madre. ¿Verdad, duque? -Señor- -articuló el duque humilde y noblemente- así que ¡Vuestra Alteza ocupe el trono, mándeme encarcelar y procesar si lo merezco... Cuando Felipe Rodulfo I me consultó cuestiones muy graves y muy delicadas... ¡y o no he. de negarlo! ¡y o no reniego de mis actos nunca! opiné que el Soberano de Dacia no podía declarar públicamente su enlace con una señora... con una señora... particular... que no era de estirpe regia. M i dictamen fué que el matrimonio permaneciese secreto hasta el fallecimiento de la madre de Vuestra A l t e z a y sigo creyendo que así convenía. S i a Vuestra Alteza le contaron que intervine en lo de la nulidad del matrimonio, han mentido: como caballero, como m i litar, lo desmiento terminantemente. E s m á s lo de la nulidad, siempre lo consideré inicuo... atraque se hizo por medios legales, como suelen hacerse las picardías. Moralmente, señor, válido era el enlace de vuestro padre. A no creerlo así, no hubiese venido a ofrecer a Vuestra Alteza la corona. Esta vez Felipe María tendió al duque la mano con amistosa cordialidad. -L a gran verdad que acaba usted de proclamar- -dijo no sin esfuerzo- -es precisamente una de las poderosas razones que me hacen rehusar la oferta. S i olvidase los agravios de mi madre, me tendría por el m á s miserable de los hombres. ¡M i madre! Y o HC he conocido otra protección sino la suya. M e hablan ustedes de un Rey de Dacia, que es mi padre. ¿L o s padres acarician á sus hijos... No recuerdo que me haya besado el Rey de Dacia. M i madre, s í he calentado m i l veces la cara en su pecho; he conciliado el sueño en su regazo; sus brazos me acogieron amorosamente. S i tengo alguna educación, es porque mi madre me buscó profesores; si no estragué en el vicio mis veinte años, es porque mi madre supo preservarme con su cariño. E n mis enfermedades, ella me asistía; en mis soledades, ella me consolaba... N o mi familia es m i madre. Hasta las comodidades materiales que. me rodean, la hacienda que disfruto, y que hace de mí un privilegiado de la vida, l a debo al trabajo de mi madre... ¡A las piruetas de la bailarina, señor duque! Chispeaban, con fosfóricos destellos, los cambiantes ojos de Felipe María, tan pronto, grises como azulinos. L a cólera le sacudía, y sus nervios se desataban, sin que ya pudiese dominarlos. -S í señor; de la bailarina- -añadió, viendo que el duque, avergonzado, bajaba la cabeza, y que M i r a y a fijaba l a vista obstinadamente en l a Herodías, otra bailarina real- Mi madre, la Flaviani (no lo oculto, y hasta me envanezco, de ello) bailó. en todas partes... no sólo antes de haber llamado la atención al que había, de ser. Rey de Dacia, sino después de haberse creido mucho tiempo su esposa; y después, naturalmente, tuvo mejores contratas... ¡E s un grano de anís ver bailar a la esposa d e u n R e y! A las piruetas posteriores a la. corona... ¡m e lo ha contado varias veces! debemos la lucida renta que poseo... Gracias a esas piruetas, al venir a brindarme un trono, no me encuentran ustedes en alguna buhardilla royéndome los codos de hambre... -Señor- -imploró el duque ahogándose literalmente- comprendo las quejas de Vuestra Alteza... me explico sus resentimientos... pero me consta, y le empeño mi palabra, que se h i cieron reiteradas tentavivas para que la señora Flaviani aceptase una decorosa pe- nsión... ¿Y la aceptó? -interrogó Felipe con ironía. -Desgraciadamente. ¡A h Prefirió bailar, y yo lo hubiese preferido también. N o todo se paga con dinero. Sí, señores; la madre del príncipe heredero volvió a calzar los zapatitos de raso y a vestir el tonelete de gasa, y a ser la Vili y la Gisela... S i me coronan ustedes, llevaré esos zapatitos en la mano. Los conservo como una reliquia. -Señor- -intervino el duque, a cada paso m á s angustiado, y pidiendo auxilio con los ojos a Miraya, que se hacía el muerto- no lleve a mal Vuestra Alteza que le recuerde algunos pormenores importantes... Dígnese oír sin enojo. Cuando Felipe Rodulfo I se unió a la señora Flaviani, no era Rey, no era n i príncipe heredero de D a c i a su hermano, Alfredo I I I Monarca reinante, tenía dos hijos, hermosos y fuertes; nadie podía prever la catástrofe, la difteria pegada al mayor por el pequeño en una caricia, la muerte de ambos y poco después la de su padre, despedido por un potro fogoso contra un tronco de árbol, donde se le quedaron estampados los sesos. Esta serie de fatalidades llamó al trono a vuestro padre, que n i estaba en Dacia siquiera; desde hacía años viajaba por Europa y usaba como le parecía de su libertad. Recayeron en él los deberes m á s sagrados... se vio pastor de pueblos... y no tuvo m á s remedio que prescindir del cariño a su esposa, i Del respeto, señor, no prescindió nunca... -D e l respeto... ¿y la dejó bailar delante de todos, expuesta a los silbidos? -exclamó el príncipe, cuyas delicadas facciones se contrajeron, cuyos ojos fulguraron, cuya voz se enronqueció- Respeto... ¿y anuló el matrimonio y rebajó a la que le había entregado, su alma al rango de concubina? Respeto... ¿y la condenó a presenciar desde los bastidores de un teatro cómo otra mujer ocupaba su puesto en el hogar y en ebtrono? A cada a ñ o que pa (Se continuará.