Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
NOVELA, P O R EMILIA ¿CONTINUACIÓN) BAZAN sabá, duque; á cada año que pasaba sin que los Reyes de Dacia tuviesen sucesión, me decía mi madre al oído: ¡Hijo mío, hayProvidencia! ¡Si creo firmemente en Dios, duque, es porque su justicia hizo estéril el segundo matrimonio de Felipe Rodulfo! -Acaso, señor- -aprobó el duque- haya sido designio del cielo, y efecto, más que de la justicia, de la previsión divina, el no dar hijos a Sus Majestades. Vuestra Alteza existía, y es bastante para nuestra dicha y nuestro amor. -No se trata de mí- -exclamó Felipe, excitándose con sus propias palabras- se trata de mi madre, señor duque... j Si sólo a mí hubiesen ofendido, chico pleito sería! L o que no se borra tan fácilmente de la memoria de un hombre son los padecimientos de una madre. Si yo no pensase ya en ellos, merecería habérselos causado. Y les advierto que era animosa; que no se quejaba nunca; pero he comprendido muy bien que la mató la pena y la humillación inmerecida; y, sobre todo, la idea de que yo, nacido de un matrimonio tan legítimo como otro cualquiera, pasase por bastardo. E n su justo orgullo me ordenó no usar más nombre que el de Flaviani, para demostrar que, al menos, no me avergonzaba de él. ¡Flaviani! -repitió Felipe con una carcajada seca y sardónica- ¿quién sabe si este apellido es más ilustre, más antiguo, que el de los Soberanos de Dacia? M i madre, que era romana, descendería de algún patricio de la familia de los Flavios... Me complazco en creerlo así- -insistió con la misma risa cruel- ¡Ya que mi padre ha pensado, en mí... para combinaciones políticas... díganle, de parte de su hijo, que todo, todo lo podría olvidar Felipe María... menos una idea... horrible: la de que, a no ser por las intrigas y las ambiciones, aún tendría madre hoy! Dijo esto conmovido, con lágrimas de rabia y temblor de cabeza; y levantándose de repente, pegó el rostro a los vidrios de la ventana, desde la cual se veía perfectamente la flecha de la iglesia gótica, donde habían cantado el funeral a, la bailarina, de donde había salido el hijo para acompañar hasta el cementerio e l cadáver de la madre... U n dolor vivo, fresco, sano, mezcla de piedad y de indignación, le cortaba el aliento; se sentía grande y padecía. E l duque de Moldau, caída la cabeza sobre el pecho, no encontraba argumentos ni razones; ¡era natural que Felipe María contestase asi! Tan agobiado estaba, que no: se movió del sillón al levantarse su principe; de pronto recordó y se incorporó automáticamente, confuso, por haber infringido las leyes de la etiqueta. Miraya, siempre mudo, casi sonreía; sus ojos sólo se apartaban de la bella Herodías para descender a contar las incrustaciones del pavimento. -Es cuanto tengo que responder a la honrosa proposición de ustedes- -afirmó de improviso Felipe, volviéndose a los enviados- Despachado ya este asunto, me dispensarían un gran placer quedándose conmigo a almorzar sin cumplido, a lo que Dios depare. Están ustedes en. casa de un amigo, de Felipe María Flaviani, que tiene en las venas sangre dacia. -Estamos en casa de nuestro príncipe heredero- respondió M i raya concisamente- Si él nos honra sentándonos a su mesa... -Como príncipe heredero, no les puedo convidar- -declaró Felipe con sequedad exagerada. Los enviados, que permanecían en pie, guardaron silencio. Esíos momentos en que se interrumpe el diálogo desenlazan las audiencias reales. Cortesano respetuoso hasta el fin, el duque lanzó a Miraya una ojeada expresiva, y, andando de costado, buscó la puerta, desde la cual los dos mensajeros se volvieron para inclinarse en reverencia profundísima, contestada por Felipe con otra más leve; al final -de la entrevista, el hijo del. soberano desmentía, sin querer, sus protestas de renuncia al trono; se despedía como se despiden los Monarcas. Asaz mohínos, bajaron los enviados la corta escalera; á du- i que tropezó en el último peldaño, y le sostuvo el periodista. E l lacayo abrió la portezuela del trois quarts, y el duque cayó en el mullido asiento, como caería en la cama para morir. L a antes atusada trova pendía en lacios mechones; la dentadura postiza se entrechocaba en la boca consumida y severa; las secas manos temblaban dentro de los guantes perla, bien ceñidos. Miraya, entrando sin cumplimientos, y sentándose al lado del gran señor, preguntó apenas el coche se puso en marcha: -Duque, ¿no tendrá usted un habano? ¡Y a va usted a apestarme! -gritó el viejo, perdiendo la paciencia. -Por no apestarle a usted, le ruego que me dé un cigarro posible- -respondió con flema Miraya- Si saco mi tabacazo... me arroja usted por la ventanilla. A l abrir la petaca, de plata oxidada y martillada con cifra y corona ducal de diamantes, Miraya se echq a reír. ¡Suprima, por Dios, esa cara de... de mochuelo melancólico! ¿Descorazonarse usted, usted, que representa el partido constante por excelencia, el que cree tener de su parte a Dios, y, por consiguiente, no puede desesperar? -Hemos fracasado, Miraya- -suspiró el magnate- Tendremos a Aurelio I V y a la vuelta de pocos años, Dacia sufrirá la suerte de Polonia; será borrada del mapa, desaparecerá hasta su nombre y su recuerdo... M i consuelo es que para entonces no viviré; mi pena, que no haya sido estéril mi esposa, como lo fué la Reina. ¡Siento dejar fundada una familia que no. ha de tener patria... Miraya, chupando el puro ya encendido, se encogió de hombros. ¿De modo que, según eso, el partido antiguo o tradicional se retira de la coalición? -E l liberal, o, mejor dicho, Stereadi, será quien primero rendirá pleitesía a Aurelio I V y encontrará mil razones especiosas para aceptar el protectorado de Rusia y la mengua de nuestro país. -Stereadi, ya que ustedes se echan atrás, seguirá el plan por cuenta propia. ¿Eh? ¿Cómo? -interrogó alarmado el duque. -Y coronará en Vlasta a nuestro, joven Rey Felipe María... ¡Ya lo creo. ¿Pero es posible, señor duque, que aún sea usted tan. candido -De manera que ha tomado por lo serio la negativa del príncipe? Pues yo la aguardaba. Era visto que se produciría esta explosión sentimental. Respiró; ¿y cómo quería usted que no respirase? -por la herida del amor propio, del rencor y la furia celosa, del veneno que la madre estuvo destilando tantos años en el alma del hijo. Y a desahogó, y ahora empieza a trabajar otros sentimientos, muy lógicos también... muy humanos... Los tengo descontados, como tenía descontado el ex abrupto de hoy. A medida que Miraya se expresaba asi, el rostro del duque se coloreaba otra vez de fino matiz sonrosado y sus arrugas parecían borrarse. -I Está usted seguro? -tartamudeó gozoso- ¿E l príncipe aceptará? -Lo juraría. Sólo que ustedes... no ven tres sobre un asno. Lléveme el diablo si no danza en este negocio, además de la bailarina difunta, otra muj r vivita y más peligrosa por consiguiente... Cuando el barco no sigue la corriente, ancla tenemos... E l príncipe está anclado. L a satisfacción del duque le rezumaba por los poros. ¿Cómo no se le habían ocurrido a él tales cosas? -Hay fémina, vsys. si la hay. ¡La descubriré... ¿Sabe usted do que nos perjudica mucho? Que Su Alteza, malgré lux, tenga dinero largo. ¡Si le hubiésemos cogido en época. de trueno- 1 Se copHmtará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla