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que fundamentaba su formación de pintor, pero según las apetencias indefinibles de su genio nativo. Cierta vez un profesor que seguía con interés ávido la educación del adolescente hubo de reprochar a éste, más como advertencia que como acusación, ante uno de sus cuadros de la época en la Academia: -Te estás amanerando. E l pintorcito rompió a llorar con amargura indecible. Estimo que fué entonces cuando nació en aquel chiquillo de Benimámet el santo terror al amaneramiento... En Madrid. Un pintor de retratos. Hace apenas siete años... U n día llega a Madrid cierto rapaz. valenciano en cuyo equipaje espiritual venía todo un tesoro de esperanzas, y cuyo acceso material a la vida madrileña traía sólo el vago apoyo de unas cartas de recomendación. ¡Son los primeros pasos, los terribles primeros pasos en M a drid! Silencioso, empequeñecido ante la magnitud de la empresa que aborda, tan seguro de sí mismo como escéptico de la confianza en ajenas ayudas, con el ímpetu formidable de los grandes dominadores de resistencias, el joven pintor comienza a trabajar. Pocos meses le bastan para darse a conocer y aun para que el brillo inefable de la letra de molde esmalte su nombre con los caracteres de una revelación. Sus retratos al lápiz son, no sólo el pan de cada día, el mínimo de contacto con la prosa cotidiana a que el artista ha de subvenir, sino que constituyen las fuertes amarras que el artista de buen grado tiende entre el claustro de su disciplina técnica y las rebeldías de un espíritu que había emprendido ya su navegación a través de Dios sabe qué procelosas rutas y qué tempestades amenazadoras para el dogma de su educación primigenia. Doble y compleja personalidad la del inquieto muchacho en esos años primeros de Madrid. Para el mundo artístico, para el mundo elegante y frivolo, en donde va se ha roto la áspera corteza de lo inédito y hasta se ha logrado una nombradla prestigiante, hay en este autor de bellísimos y correctos retratos un excelente pintor académico de ¡veinte años de edad... ¿No ven en esta coincidencia, que es contraste y es INOCENCIA CASTELLANA LLUVIA E N SANTIAGO a n t i n o m i a el g r a n drairja para un espíritu a r t i s t a? Pues el drama existe en verdad. Y la víctima de él es el p i n t o r cuya otra personalidad, la que se hurta recatadamente al Madrid- ruido, consiste en pintar para si mismo, en pintar para su educación y su disciplina técnicas. Es justamente lo que hace nuestro artista. Y cuando en su estudio, de regreso de los encargos, el pintor se- pone a cultivar su espíritu, evoca las lágrimas aquellas de la Academia el día en que le dijeron que se estaba amanerando- Jamás derrama llanto tan fecundo, porque toda su vida de artista, siempre renovado e insatisfecho, está llena del fruto de aquellas lágrimas: el santo terror al amaneramiento... De vez en cuando el pintor desaparece de Madrid. Se escapa a