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SONAMBULO, TORERO HUMORÍSTICO) Y BAILARÍN muleta, y así los buenos aficionados limeños que habían estado en España en la época inolvidable dé Joselito y Belmonte hablaban de El Noctámbulo con cierta admiración pesimista, comparándole a aquel pobre maestro de escuela de Catarroja, que harto de morderse los codos enseñando primeras letras en su pueblecito valenciano, pretendió imitar al tnanero inimitable y se dejc vida y sueños de gloria prendidos en las astas de un toro. No parecía, sin embargo, que al héroe nuevo hubiera de oeurrirle lo mismo, dada su buena suerte al cabo de cuatro cogidas de las que salió aporreado y maltrecho, como para no poder menearse en muchas horas y con muchos desgarrones en la- ropa; pero sin ninguno en Ta piel, hasta entonces jamás agujereada. ¿Por qué le cogían siempre los toros si toreaba tan bien? se preguntaban sus entusiastas, y no hallándole defectos, diéronse. o pensar eri que estaba enfermo y por debilidad física no podía irse de los toros. Manuel Chaves engordaba a ojos vistaá. Manuel Chaves, muy despierto de noche, como todos los neurasténicos, dormía con exceso por las mañanas, y aún solía descabezar un rezago de sueño de sobremesa, arrebolado y soporoso por la digestión. Tomáronle varias veces la presión arterial, que dio máxima y mínima normales, con una onda diferencial magnífica, y cuando, después de la última corrida, advirtieron que empezó a levantarse temprano- -de donde, con muy buena lógica, dedujeron que dormía bien de noche- pero que insistía en las dos siestas, la del carnero, como aoentivo, y la del león, de sobremesa, un médico le analizó la sangre, buscando un exceso de urea que no encontró, y Otro médico, atribuyéndolo a falta de peptonas, le recetó hasta cinco específicos- -todos uno y lo mismo- que se llamaban peptonoídal, pentoñial, peptonina, peptonena y peptonona, y ninguno hizo efecto, y otro médico viejo afirmó entonces que Manolo se dormía de día sencillamente porque no dormía lo bas- (CUENTO S E llamaba Manuel Chaves, era matador de toros, y unos le decían el Noctámbulo y otros le apodaban el Dormilón, porque, según me contó un amigo, costaba Dios, y ayuda que por la noche se recogiese, y sólo a gritos, a tirones y hasta rodándole de agua fría los adormilados ojos lográbase arrancarle del lecho ya mediada la tarde y cuando todo el mundo había acabado de almorzar. Era en realidad un hombre inerte incapaz de cambiar de estado por el esfuerzo de su voluntad. Mucho más gordo de lo compatible con sus veinticinco años, acaso por las vigilias rociadas de alcohol y por las mañanas exageradas de sueño, parecíase a un viejo retrato de Cara- ancha, aquel famoso lidiador del siglo x i x no tan famoso como mereciera, de quien dicen que aprendió A n tonio Fuentes el reposo y la elegancia de su toreo, y, aunque nacido en Huelva, no fué en Andalucía donde le tiró la afición sino después de haber emigrado, harto de arar sin provecho la tierra ajena, que ni aun siendo suya hubiera labrado con amor, cuando, cansado, también de cortar caña de azúcar en las haciendas del Perú, hízose de pronto matador de toros en la plaza de Lima por codicia y pereza de cobrar mucho y trabajar un solo día de la semana. En la antigua y, por gracia de Dios, sevillanísima ciudad de los Reyes del Perú, no hubo jamás, ni hay ahora, muchos cafés, n se hace vida en ellos como en las ciudades españolas. Y no es que el peruano desdeñe el rico moka, que de éste y de muy estimable caracolillo abundan plantaciones en los huertos de la misma capital, y de ello sale, sin cafetera, rusa, ni express, ni máquinas complicadas, de acero y cristal, con bombas aspirantes e impelentes, pitos, tuercas y demás zarandajas, un liquido deudoso, mejor que el turco y tan bueno como el de la Habana y Puerto Rico, en cuanto tuesten a punto el grano, lo muelan fino y abundante y le echen, para pasarlo, muy limpia y en plena ebullición, el agua que de él ha de teñirse. Pero según es de sabroso el café así son de sibaritas sus consumidores, y les place tomarlo inmediatamente después de comer, para aprovechar sus virtudes digestivas, recién hecho y para pocos, sin mudar de sitio, en la misma mesa, con sobremesa larga y todavía a manteles, aunque ya limpios éstos de las migajas del yantar, y por eso, y porque en aquella Repú- blica, aunque no lo especifique la letra, de la Constitución, todo Cristo. trabaja mañana, y tarde, sobran los poquísimos establecimientos donde tomar café con gotas y política, a lo castizo español, ya que los poln ticastros de Lima, y allí lo es todo el que anda en dos pies, son además nocturnos y peripatéticos, y arreglan y desarreglan el país por esas calles de Dios, desde que encienden el primer farol del alumbrado público hasta que canta el. último gallo del amanecer. La digresión ha venido a cuento para explicar cómo no habiendo en Lima desocupados de café tampoco puede haber corridas de toros que no se celebren en domingo, y así antojósele de perlas el oficio de torero a nuestro héroe, resignado a. serlo un día de cada semana con tal de holgar, trasnochar y dornrr todos los demás. Cómo, cuándo y dónde adiestróse en su nueva profesión es cosa que nunca pudo averiguar mi porfía de curioso y, por el contrario, los aficionados limeños asegurábanme que no era diestro, aunque no le faltase arte, sino un mal torero, que algunas veces lograba torear muy bien, como ciertos fenómenos de ahora. Tales, los que cantan bien la romanza y mal el cuarteto, porque tienen voz y oído, pero no saben música ni pueden llamarse cantantes; tal el artista, que lo es por figura, por tempe- ramento y por instinto, en la ocas ón propicia y fácil, sin maestría, sin dominio, sin seguridad y sin conciencia de su arte. E n realidad, Manolo Chaves era sólo Una esperanza: en sus cuatro primeras corridas no llegó a matar ningún toro, que siempre le cogieron antes, en los lances de capa o de
 // Cambio Nodo4-Sevilla