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P A G I N A S DE MI ARCHIVO R E C U E R D O S DE A N T A Ñ O U N A CRISIS P O L Í T I C A EN B A R C E L O N A A intriga ¡ramada contra OÍ ó z a g a al finalizar e! mes de. noviembre- de 1843, que ocasionó- su caída, elevando a González Bravo a la p r e s i d e n c i a del Gobierno, fué c a u s a de trastornos políticos en la vida interna del régimen, que no tardaron en ser motivo de serias anormalidades. Reconociendo en justicia al joven presidente gran elocuencia y profundo talento, resu taba una i m provisación que siempre hubiera sorprendido, pero que en aquellos t i e m p o s en los que todo m a r c h a b a muy despacio, t o m ó proporciones de verdadero escándalo. Su f a l t a de experiencia, muy explicable si se tiene en cuenta su mocedad, n o p u d o s e r substituida por su esclarecido entendimiento. Fué, por consiguiente, muy f e c u n d o en complicaciones el período que transcurrió desde 5 de diciembre de 1 S 43. en que fué nombrado, hasta 3 de mayo de 1844, que le sucede N a r v á e z no sólo en lo tocante a la política interior, sino que también nos creó dificultades d e l l a d o allá de la frontera. L a joven Reina, tan prematuramente declarada mayor de edad, era imposib e que tuviera idea consciente dé sus aitos y delicados deberes. L a inspiración de su madre, que debió ser quien guiara todos sus actos, era con frecuencia mediatizada por la inie. rencia de los hombres políticos que se dis, Rutaban la primacía en el naciente reinado. Aunque González Bravo era el primer m i nistro responsable, el influjo de Narváez preponderaba y vencía. L a parte principal y destacada que tomó en la campaña que en el espacio de tres años se hizo contra E s partero hasta producir su caída y expatriación, había conquistado e ánimo de María Cristina, que le otorgaba en su afecto lugar preferente y excepcional. Y si a eso se agrega que é f u é el verdadero promotor de l a exoneración de Olézaga, que apartó violentamente de los destinos públicos al partido progresista, se comprenderá perfectamente el entusiasmo que despertó, no sólo e i v c l Ejército, que en su mayoría era hostil a; conde de Luchana, sino en las fuerzas políticas de derecha, que adivinaban en él al mejor caudillo. Desde entonces pudo considerarse nacido el partido moderado, que tanto había de pesar en la suerte de E s paña, y también afirmarse que, sin las responsabilidades del Poder, era Narváez de hecho un verdadero dictador. González Bravo, que con sagacidad y astucia había logrado atenuar en Ja memoria 1 L T is, 1 V Í tos, que Narváez tuvo que p e n s a r seriamente en que era indispensable c a m b i a r de Gobierno. Aparte de los motivos apuntados, que sólo t e n í a n relación con nuestra vida interior, ya c o m e n z a b a n las cancillerías de l u glaterra y Francia a discurrir i n t r u s i o n e s hábiles y diplomáticas para influir en la boda ile ia Reina, que, aunque 110 era cosa inmediata y cercana, se d i bujaba ya en el horizonte. Pero dejemos a un lado tema tan interesante, que ya trataré a g ún rlia con extensión. y vamos a entrar de ¡uno en el relato de los sucesos que siguleron a la caída tic ü- -fí í 4 1 í í S- í í v i: C- González Bravo. DON RAMÓN MARÍA NARVÁEZ, DEL CONSEJO PRESIDENTE DE MINISTROS de la viuda de Fernando V I I agravios m u chas veces notoriamente injustos, de que le había hecho víctima en un famoso periódico clandestino, consiguió, no solamente que ella lo amparase, sino contar con la poderosa ayuda de su marido, D Agustín F e r nando Muñoz, obligado y agradecido polla reciente concesión del ducado de R i a n sares. Pero todo fué inútil. N i su gran audacia ni su energía insuperable pudo vencer la difícil situación de los negocios públicos. Ignoraba los. secretos del arte de gobernar, que sólo enseña la práctica, y carecía de. la autoridad que sólo presta el transcurso del tiempo. Además nadie le perdonaba lo súbitamente que la fortuna le había llevado a las alturas. Todos los elementos derechistas, que sentían ansias- por ver a Narváez en la cúspide oficial, conspiraban contra él sin tregua ni descanso. L a trascendental importancia de la revolución que- estalló en Alicante, la prisión del austero y respetado D Manuel Cortina, cumbre de la abogacía española, v la de otras relevantes personalidades del bando progresista, le ocasionaron tales quebran- P u s o mano Nar; váez en l a t a r e a de í c a m b i a r el Ministerio, C. v celebrando una entreí vista con. las dos R e i i ñas, a q u i e n e s hizo presente, luego de ra zonarla, la necesidad de la crisis. S i n que podido averi, guar, porque no resulta indicado en ninguno de los papeles que poseo, n i tampoco presumir a qué m ó v i l e s obedeciera, el influyente general decidió aconsejar en momento oportuno, la formación de un Gobierno presidido por el marqués de Miraflores. N o se explica a primera v sta que un hombre poseído de legítimas ambiciones, en la plenitud de su vida y rodeado de toda clase de halagos y asistencias, no se sintiera avaro de! P o der, siendo como era arbitro para otorgarlo. Y si a eso se añade que. aún no había sido ministro parece más extraña su conducta. Antes de indicar a la Soberana quién había de ser la persona que llamara a sus consejos, visitó a Miraflores para rogarle que aceptara el encargo que se le había de confiar, y cuenta éste en sus Memorias que pidió un brevísimo p azo, solamente de horas, para reflexionar si en aquel instante crítico serviría eficazmente a la Patria aceptando el puesto que la fortuna le deparaba. -Era tentadora la oferta, pero teniendo a la vista las consecuencias que se habían derivado del insólito encumbramiento de G o n zález Bravo, y comprendiendo además que el carácter absorbente de Narváez, verdadero dispensador de la merced, podría pesar sobre él en forma de tutela p. oco decorosa, a la que él no había de someterse, declinó el honor que otros habrían recibido con codicia y le manifestó a Narváez que las circunstancias imponían de manera imperativa y apremiante la constitución de un M i n i s terio bajo su presidencia, que consideraba insubstituible, prestándose, si él lo creía v
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