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ALUDO DE LAS BRUJAS NOVELA, POR EMILIA PARDO BAZAN ¿CONTINUACIÓN) Cotí todo, duque, -podemos organizar sin demora el partido felipista. Vuélvase usted a Vlasta; trabaje a los demás antiguos; prepare la. opinión. Y o me quedo en París; que me envíe íondos Ste readi... ¡y que no se ande con tacañerías! i- -Por lo pronto, yo le adelantaré a usted una cantidaií. -Venga de ahí- -exclamó Miraya crudamente. ¿Subirá usted ahora a mi cuarto, en el hotel? -j Ay, querido duque! Increíble parece que no viva usted más advertido. E n su hotel no debo yo sentar la planta. Y tampoco usted debe ir al hotel en este coche, que está alquilado a nombre de un amigo mío, un brasileño. Bájese en la plaza de la Concordia y tome allí un simón. ¿Cree usted que el futuro Aurelio I V no nos ha puesto ya espías? ¿Sabe usted a quién he visto anteayer en un café del bulevar? A Nordis, ¿entiende usted? A l mismo Noídis. ¿Qué hace en París? Por recreo no viajará ese pájaro... Nordis aquí! -repitió pensativo el duque. -En persona. De modo que... prudencia. Nos veremos en el gabinete particular del restaurante Britannia, calle de San Honorato. Se entra por un sitio muy reservado... el pasaje, que parece ad hoc para tapujos. Estoy allí esta noche a las siete. Ahora me bajo. No se olvide usted de despachar el coche antes de llegar al hotel... Me llevo otros dos puros. E l periodista abrió la portezuela y salió rápidamente, sin que él eoche parase. E l duque- le siguió con la vista, antes que se lo bebiese la muchedumbre. Después sacó el perfumado pañuelo y lo agitó, para disipar el humo y el ambiente de Miraya. Y murmuró: -i Talento, lo tiene ¡Pero qué ordinariez! Da asee. m GREGORIO YALOMITSA ¡Felipe María, al verse solo, rompió a pasear aguadamente por el estrecho ámbito de la sala, fijando de tiempo en tiempo los. ojos en él retrato de su madre. Después se detuvo ante la chimenea, y tendió las manos a la llama, que moría en los troncos desmoronados. Una voz mesurada anunció que estaba servido el almuerzo. Recordó; no tenía apetito, aunque debía de pasar bastante de la hora acostumbrada. A l punto en que se sentaba a la mesa y destapaba el bol de plata que contenía el consumado, inclinóse hacia su amo el servidor, y dijo, en ese acento que lleva sordina, el tono del respeto exagerado de la domesticidad contemporánea: ¿Deberé dar al señor en lo sucesivo su tratamiento de A l teza? Felipe. se turbo. Parecía que él ayuda de cámara había leído en su pensamiento. Precisamente estaba rumiando el efecto singular que produce oírse llamar Alteza por más de una hora... E l pe riodista me trató de Majestad... Y era involuntario; el eco de aquellas dos palabras: Vuestra Majestad... resonaba siempre en su oído, como vuelve porfiadamente el ritornelo de una melodía de las que se pegan... Con vehemencia, cual si rechazase una agresión, entre el vaho del consumado, que le envolvía el rostro, lanzó estas palabras: -No; ¿de dónde sacas... ¡Guárdate de ponerme en ridículo! A l punto mismo sonó la campanilla de la puerta a rebato, y poco después se precipitó en el comedor un hombre que gesticulaba abriendo los brazos y mostrando querer abrazar a Felipe. Tanta familiaridad, habitual, sin duda, debió de molestar, en aquel momento, al que era objeto de ella; avanzó las manos como para defenderse, señaló la silla y el cubierto puesto al recién entrado, y dijo en tono agridulce: -Vamos, Gregorio; para que llegues tú un día en tiempo oportuno de almorzar, preciso ha sido que me retrase yo... Ea, siéntate... y almuerza con sentido común, en orden, una vez siquiera en tu perra vida. Sentóse Gregorio sin más ceremonias, y mientras el criado, impasible, le presentaba otro bol. lleno de un caldo concentrado, capaz de resucitar a un muerto, suplicó en voz resquebrajada y ronca: -Adolfo, hijo; un dedito de coñac... un dedito puesto en pie... Necesito calentarme el alma... Traigo en ella el frío de la muerte... ¡Acabo de ver a las aves de mal agüero! Iban dos, acurrucadas en un coche... Miróle sorprendido Felipe, mientras Yalomitsa, desdeñando el caldo substancioso, contemplaba con deleite, al través de la diáfana copa, el color de venturina del rancio coñac, un coñac de naufragio, el contenido de una barrica viejísima arrojada por el mar a las playas de Bretaña- -oro y fuego líquidos- L a luz, entrando por alta vidriera, que caía a un jardín, despojado por el invierno, se combinaba con los reflejos movedizos de la chimenea, y los ayudaba a hacer resaltar el tipo extraño de Gregorio Yalomitsa. Era pequeño de estatura, con enorme cabezón; enorme, no tanto por las dimensiones del cráneo como por una melenita leonina, especie de zalea, que se esparcía indómita a uno y otro lado del rostro. De un negro azul, no rizada ni crespa, pero de mechones caprichosos, elásticos y enroscados como sierpes, parecía la de Yalomitsa la cabellera de Medusa. L a cara, de un moreno anaranjado, que. alumbraban dos grandes ojos oblicuos, de blanquísima córnea y sombría pupila, semejaba una moneda de cobre caída entre el plumaje de un cuervo. L a nariz era chata, salientes los pómulos, el bigote péndulo; una fisomonía de esas que los antropólogos llaman tnongoloides. E l vestir de Yalomitsa no revelaba pobreza, sino extravagancia y abandono; un gabán nuevo, forrado de pieles, hecho para otro cuerpo, descubría un chaleco de terciopelo verde, roto y falto de dos botones; un pantalón azul, de rico paño inglés, se escondía en unas botas altas, arrugadas, de vaca, salpicadas de barro. L a corbata era de lazo, de color rabioso, flotante; de reloj y cadena, ni señal. ¡Maldito! -murmuró, sonriendo a pesar suyo, Felipe, a quien solía divertir la peregrina facha de su amigo- Me estás dando fin de la barrica del coñac, y es único; ninguna bodega de París se honra con otro igual. -Tampoco nadie aprecia en París el mérito de este coñac como yo- -respondió el bohemio, trasegando a su estómago otra copa- Así que me lo echo al coleto, me nacen dentro flores... ¡Flores y estrellas, del cielo! No te vuelvas avaro, Lipe... o creeré que te han pegado la lepra esos que he visto subir al coche. Felipe frunció las cejas. Le sonaba a indiscreción tal modo de hablar. Con ojeada severa recordó a su amigo que los criados podían oír; Gregorio cambió de conversación instantáneamente. -Ayer- -dijo- -pasé toda la tarde en el taller de Viodal. ¿Tampoco gusta esta tocata? -añadió, observando una contracción involuntaria en la frente de Felipe- Antes eras del corro de admiradores del genio... ¿Cuántos días hace que no pones allí los pies? -Iré... tal vez hoy mismo- -contestó fríamente Felipe. ¡Bravo! A ver si a Rosario se le alegran los ojos... Viodal lleva muy adelantado su cuadro para el salón... y ha emprendido otro, que aún no es más que un boceto: La Samaritam. -Ese no le conocía- -declaró con displicencia Felipe- Veo que le da por los asuntos evangélicos... ¿Quién le ha servido de modelo para la Satmritana? -Rosario, naturalmente... ¡Qué postura... y qué sentimiento el de la cabeza! ¡U n poema! E l otro cuadro, sin embargo, es más estudiado, más razonado, más intenso... Gana todos los días. A l pronto no entendía yo la psicología del asunto... porque la (Se continuaré.