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SALUDO DE LAS BRUJA NOVELA, POR EMILIA PARDO BAZAN ÍCONTINU ACIÓN) -T é equivocas- declaró intencionadamente Felipe- ¿Q u é te creías t ú? N a d i e rehusa un trono. Yalomitsa pegó un salto brusco, dejando caer l a pipa, que ¡derramó su? carga. Precipitóse a recoger el fuego, y j u r ó al sent i r que lé- quemaba los dedos: ¡Maláycentella! D é j a t e de bromas. ¿H a s aceptador- ¿Q u é querías que hiciese? ¿Q u e q u e r í a? Darles un puntillón... echarles por la ventana, J centellas y rayos! ¿Q u é q u e r í a? Soltarlos un perro rabioso... i E l infierno te confunda! ¡H a s aceptado! ¿E r a por eso por lo que me dabas ¿antes una mano tan, r í g i d a? ¿E r a por eso, condenado, por l o que mandabas con tanto imperio. que tocase en vez de ¡f u m a r? í Q u é ¿y a soñabas tener esclavo, bufón, enano, mico, m ú sico de c á m a r a? ¡M a l a tina te pele! ¿P o r eso me pedías el canto jde TJlrico. el. Rojo, de aquel facineroso, de aquel verdugo? ¡A n d a y que te canten el funeral! Aunque te pusieses de rodillas, con t u corona y tu cetro en l a mano y me limpiases las botas, ¿v e s cómo las tengo de lodo? con tu manto de armiño, no volverás a o í r otra vez, ¡a n t e s me abrasen las pajarillas cien renegadas centellast! una nota del violín de Gregorio Yalomitsa. -M e p a s a r é sin él tan ricamente. F o r m a r é una orquesta de los mejores profesores para m i recreo. A los Reyes nunca les falta quien les dé música, hijo. N o replicó G r e g o r i o pero su vivida melena ondeaba, sus ojos oblicuos, giraban espantados, y sus manos, descoyuntadas, se crispaban de furor. Repentinamente cambió de actitud y se arro jó a los pies de Felipe, abrazando sus rodillas. -L i p e por Dios, por amor de todos los santos de l a letanía... L i p e vuélvete atrás, no quieras echar sobre tu alma tan gran pecado. M i r a que es una locura, que vas a ser muy infeliz. Sabes lo que vale l a libertad? ¿C o m p r e n d e s l a dicha inmensa de no deberse á nada n i a nadie en el mundo? ¿D e poder llevar el cor a z ó n a donde se nos antoje y el cuerpo a donde nos lo pida? ¿Sabes t ú lo que es el sueño tranquilo, l a vida segura, las acciones a compás del deseo, el amor a capricho, los amigos a voluntad? ¿Y i el arte, L i p e? ¿Dónde me lo dejas? ¿H a y nada como v i v i r para agotar el goce de la belleza artística, la embriaguez de las líneas, de los sonidos, de las formas? ¿C r e e s que un Rey puede ser artista? E n arte, un Rey es necesariamente un besugo. -Calla, bobo... M e haces reír, aunque no tenía ganas- -dijo Felipe, agarrándose a l a bravia cabellera para alzar al bohemio, que seguía arrodillado. -No me levanto; no se me antoja... hasta que me otorgues un don... M i r a que este desastrado que te implora es el mejor amigo tuyo, el leal, el can, el que- te ama por t i por ti mismo, no porque le resuelves una combinación ambiciosa. Te devolveré él gabán de pieles, no beberé m á s coñac... ¡p a r a que veas... pero renuncia a ese trono ridículo, sin demora, irrevocablemente. Lipe, ¿qué, ya no tienes conciencia? ¿H a s olvidado las injurias que te inferían cuando eras un niño y no podías vengarlas? Entonces te declararon bastardo, ¡bastardo! ¡qué risa! ¿por qué te legitiman hoy? T a m b i é n Yalomitsa sabe. lo que es honor, lo que es dignidad. Nada me importa que me harten de puntapiés, si respetan a m i madre. ¡A mi madre, que no la toquen ni con un ramo de flores! ¡Centella y receritelleo! ¡A mi madre! Mientras el bohemio desbarraba, el rostro de Felipe se entehebrería, al modo del, cielo cuando va a llover. Sus pupilas azuladas parecían obscurecerse, como si se les hubiese metido dentro jtoda l a humareda de la pipa de Yalomitsa. Sus cejas se reunieron, Señalando en la frente blanca un pliegue profundo. -A s í me gusta ver tu hocico- -exclamó Gregorio, levantándose y echándole un brazo al cuello- Ahora sí que me pareces un R e y ¡V i v a S u Majestad el Rey de sí mismo! A h o r a eres un Rey hofnbre, Rey en tu interior, por la nobleza y la independencia de tus resoluciones. ¡R o m p e la c a d e n a! f ¡S a c u d e él y u g o! Sé Rey ¡Lipe, de tu alma, de tu destino, de tu felicidad... E l bohemio, con l a cabellera agitada, l a cobriza faz, arrebatada de alegría, acariciando a su amigo, estaba hermoso, a su manera, Felipe m u r m u r ó -L a suerte está echada. Tengo que ser por fuerza Rey de los dacios, pero no temas; serás m i primer ministro. ¡E r a broma! -chilló Yalomitsa, saltando loco de júbilo- i Y a me parecía á m í! ¡N o podías -ugar tan infame partida, n i a Rosario, ni a Gregorio! -Pues ya se ve, borrego- -respondió Felipe, atusando los v i perinos mechones del bohemio, como si fuesen las lanas de u n perro favorito. ¡Q u é peso me has quitado de encima! -exclamó él, buscando en los trofeos de l a pared otra pipa y cargándola atropelladamen- te- ¡P o r la santa V i r g e n! A ver, cuenta eso. cuenta... ¡V o y a gozar m á s! Cuenta como les has echado por las escaleras, cuenta cómo les soltastes el puntapié a su trono desvencijado, comido de polilla, relleno de nidos de ratones... ¡C o n qué estrépito r o d a r í a el armatoste maldito! ¡P o r eso iban tan rostrituertos! ¡E l viejo sobre todo! ¡Rabia, viejo chiflado! ¿Creías que no había m á s que llegar y quitarme a Felipe? ¡Menudas despachaderas te han dado a ti y a tu frac forrado de m u r c i é l a g o! ¿N o sabías eso, L i p e? j E l duque, que es muy friolero, y al mismo tiempo presume de joven y de talle fino, se ha mandado hacer un frac entretelado de pieles de murciélago, y así va abrigado y no pierde la esbeltez! ¡E l m u r c i é l a g o! Simbolismo puro 1 IV LOS CUATRO E L E M E N T O S Nada se parece a un estudio de pintor como otro estudio dé pintor. Son siempre los mismos trapos vetustos, los mismos bargueños, los mismos monigotes japoneses, las mismas armaduras poco auténticas, los mismos macacos bizantinos o g ó t i c o s y Jorge Viodal, cansado de esta monotonía que se disfraza de cap icho, se había propuesto algo nuevo, distinto de todo lo conocido hasta entonces. N o en vano pasaba por pintor cerebral, m á s atiborrado de ideas estéticas que rico en pinceladas magistrales. E r a en efecto, Viodal un inventor, sólo a fuerza de ser un pensador; y soñaba con hallazgos, no debidos a esa fuerza espontánea e inconsciente que se llama inspiración, sino a l a labor paciente del que investiga series de combinaciones posibles hasta acertar cori una original y caprichosa. Cuando empezó a cratar a Felipe Fláviani, y estrecharon una amistad, enfriada después, le arregló la casa con distinción; dirigió l a sala amarilla y plata, de tan suave í rmonía de tonos; el comedor y su decoración de loza de Palissy, í? on mariscos de relieve sobre un fondo verde mar, obtenido por mecfjo de gruesos vidrios, que recordaban el matiz de las olas. E n su taller o estudio fué donde echó el resto Viodal. Se hablaba mucho n P a r í s del tal estudio, y los extranjeros l a visitaban a título dey curiosidad o rareza artística. Empezó Viodal pcjr alquilar el local más grande que encont r ó algo lejos del cendro de P a r í s a fin de que costase barato el alquiler. E r a un salónSinmenso, que cogía la altura de los pisos tercero y cuarto; debajo, en el segundo, instaló el pintor su v i vienda. Recibía el hall luz vivísima de un frente casi todo de cristales; cortinas hábilmerste arregladas permitían graduar l a claridad según conviniese. Llenaba este frente de cristales las dos terceras partes de l a altura total de la pared, y l a restante la cubría una intrincada espesura de arbustos, plantas raras y flores de invernáculos agrupadas con tal arte, y tan bien Auidadas en, verano y en infierno, que remedaban, en su gracioso y estudiado desorden, un rincón ÍSe continuarán)
 // Cambio Nodo4-Sevilla