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SALUDO DE LAS BRUJAS NOVELA, POR EMILIA PARDO BAZAN (CONTINUACIÓN) dé comarca paradisíaca. Las geométricas araucarias descollaban entre las libres enredaderas; las gloxinias florecían bajo las palmeras lustrosas; los heléchos flotaban a guisa de verdes plumajes, flexibles y recortados por una tijera fina; los hibiscos de la China abrían sus cálices rojos como heridas enormes; los heliotrppos embalsamaban el aire, y los tulipanes holandeses erguían su copa, esmaltada de colores, duros. Del centro del macizo surgía un obelisco de bronce y lapislázuli, rematando en un globo de porcelana, que representaba el mundo, con las montañas en relieve. Ese costado del taller se llamaba la tierra. A la derecha aparecía el agua. Adelantando el tabique todo lo necesario, se había formado una especie de gruta, cerrada por vidrio enorme y alumbrada, por poderoso foco eléctrico. Arenas y rocas daban fond natural al acuario, y se distribuían a sus dos lados lindos arrecifes de madrépora y coral, praderías de algas y fucos. Nacaradas conchas se entreabrían sobre la arena blanca; peces brillantes cruzaban rápidos como saetas, para volver a repetir sin cesar la misma, maniobra y el deslumbramiento de su paso, que era un relámpago de plata; las estrellas de mar y las anémonas se plegaban suavemente o se desplegaban con la magnificencia de una flor extraña y radiante, sin tallo ni hojas; y dos o tres crustáceos, de monstruosa figura, adelantaban dando paladas con sus tenazas enormes, enfermos de vivir a tan poca profundidad y ansiosos de devorarla las ágiles doradas y a las ondulosas anguilas. L a gruta concluía en bóyeáa, y bajo esta bóveba sé cobijaba, recostada en las rocas, dominando y señoreando el acuario, una ninfa de mármol, de tamaño natural. Frente al agua, a la izquierda del espectador, se veía la dorada reja de una pajarera, donde no faltaba ni su tazón de alabastro, para que bebiesen las aves, ni sus arbolillos, para que se posasen y colgasen el nido si querían. Sólo la gran extensión y altura del hall podían hacer que la algazara de los pájaros no fuese molesta; pero el pintor había cuidado de proscribir las especies parleras y cantoras, los insoportables jilgueros y canarios, prefiriendo las de pluma multicolor, los pájaros moscas, las golondrinas javanesas, los periquitos y las palomas y tórtolas. L a maravilla del jaulón era un menurio o pájaro lira, ave rarísima, de Oceanía, semifabulosa, traída por un marino y conservada a fuerza de cuidados. ¡Para tener aseada y limpia la región del aire, venía todas las mañanas un empleado del próximo Jardín de Plantas, lo cual le costaba a ¡Viodal un ojo de la cara al cabo del año. Todo lo valía la pajarera, su incesante movimiento, el encanto poético de sus palomas, de tornasolado cuello; bebiendo en el alabastrino pilón, procedente de Pompeya. E l fuego, cuarto elemento, desempeñaba en él estudio del pintor un papel de notoria utilidad. Representábalo, en la pared que hacía frente a la vidriera, gigantesca chimenea gótica, que el artista, durante su viaje por España, había descubierto en un arruinado castillo en las montañas de Jaca, y adquirido mediante algunos duros; hoy se la envidiaban todos sus colegas, porque la chimenea era tina joya única, L a fértil fantasía de algún imaginero del siglo xv había mezclado con los arrogantes blasones y las jactanciosas divisas nobiliarias, inscritas, en caracteres de exquisita elegancia, sobre complicadas y sinuosas banderolas, los mil caprichos de la fauna y la flora del gótico flamígero; monstruos y quimeras, grifos y endriagos, demonios muequeros, que parecían geniecillos de la llama; pelícanos asomando entre airosa hojarasca, ricas cenefas caladas y treboladas, y, por último, en el ancho dosel que coronaba 3 a chimenea, una cacería, gentes de sayo, venablo y ballesta, persiguiendo a cerdosos jabalíes y a ligeros gamos; un episodio de la vida real en aquellas ásperas sierras, donde en tan espléndida chimenea ardió leña por primera vez. E l lienzo de pared en que eampeaba la. chimenea, lo cubrían tapices góticos también, soberbias; otro hallazgo de Viodal en casa de un anticuario de Madrid. Su asunto, la creación del mundo; sus tonos, amortiguados, calientes aún, parecían láminas miniadas de códices viejos, vistas por gruesa lente. E l mismo hormiguero de cabezas menudas, las mismas alimañas de ingenuo dibuja, iguales teorías de ángeles, de alas simétricamente alineadas- -el sueño de un prerrafaelista. Otra singularidad del taller de Viodal era carecer de escalera, haberla condenado enteramente. Desde la antesala del piso inferior se subía por un ascensor hidráulico, de caja acolchada de raso, que depositaba su carga en el mismo centro del hall. Sostenía el pintor que así ganaba el efecto del taller, y era mayor la sorpresa de los que por primera vez se hallaban entre los cuatro elementos L a verdadera razón era que con el ascensor se evitaba la familiaridad de los importunos. U n criado ducho y antiguo sabía perfectamente a quién debía dar subida y a quién convenía despedir, bajo pretexto de que el mecanismo no funcionaba, o de que Viodal, al salir a la calle, se había llevado la llave consigo. E n el estudio de Viodal no encontraríais jamás a esa gente equívoca y ociosa, a esos vagos que, a pretexto de admiración, infestan los talleres, buscando pasar la tarde a gusto, abrigados en invierno, frescos en verano, y en todo tiempo de palique. Si algún bohemio conseguía el sésamo, era que, como Y a lomitsa, disfrutaba los privilegios de la amistad y la fama de tener olfato artístico. Viodal, que instintivamente detestaba a los intrusos y a los matadores de tiempo, aún tenía otro motivo para dificultar la entrada. Proponíase evitar a su sobrina Rosario, que vivía a su lado desde la niñez, el roce con la heterogénea sociedad que en los talleres se retine. L a tarde del día siguiente a aquel en que Felipe recibió a los enviados de Dacia, a eso de las cinco, no estaba muy concurrido el fantástico hall. Tres hombres se agrupaban delante de la famosa Crucifixión socialista; y otro, sentado en el gran sitial, hecho de una silla de coro, daba conversación a una mujer, recostada en flexible hamaca, muy cerca de la tierra. Próximo al fuego, un melenudo, que no era sino Yalomitsa, arrancaba al armonio los acordes de una sonata- de Mozart. E n la chimenea, la rota llama de los troncos, al iluminar caprichosamente las figuras de piedra y los simbólicos tapices, dejaba casi en sombra el resto de la habitación; en la enorme vidriera, la luz de una tarde de enero, que empezaba a morir, tendía ya el velo de tul ceniza del crepúsculo. Cuando el ascensor subió en silencio y depositado en mitad del hall a Felipe María, sólo se veía del famoso cuadro la mancha blanca del desnudo cuerpo del Salvador. L a mirada de Felipe se fijó, no en el grupo de inteligentes que discutía la obra de Viodal, sino en el hombre del sitial y la mujer de la hamaca. De la mujer adivinábase por la postura, la bonita línea del cuerpo reclinado, la masa sombría del pelo, los dos tenebrosos toques de los ojos en el óvalo claro de la faz. Las conversaciones apenas eran apagado cuchicheo; los pájaros, en la obscuridad creciente, callaban, y la queja del armonio era más religiosa, más melancólica, llenando de solemnidad el recinto. Volviéndose de pronto Viodal, hizo girar una llave oculta por el follaj de la tierra, y el hall se iluminó, surgiendo aquí y allí, en el techo, entre las plantas, sobre la pajarera, intensos focos eléctricos. La mujer de la hamaca saltó al suelo gentilmente, y, dirigiéndose a Felipe, exclamó con acento meloso: -Buenas noches, señor Flaviani... Creíamos que nos abandonaba ya. ¡Tantos días! Venga usted, está adelantadísimo el cuadro... y deseamos saber su opinión. ¿Habla usted del de la Samaritana? -preguntó Felipe, mirando a la mujer con insistencia. ¡Ese no es más que un boceto! E l tío Jorge lo ha tapado, í? i. continuará.