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L SALUDO DE LAS BRUJAS NOVELA, POR EMILIA PARDO BAZAN (CONTDÍÜACION) y bajo el brazo, una cartera, que no quería soltar, porque conte ¡porque rio le gasta! que lo vean hasta que? esté en- planta, No; nía unas estampas curiosísimas, antes de la letra, á toda marsé trata del cuadro del Salón, ¡del grande! gen, adquiridas en no sé qué tenducho, y las guardaba como un Viodal se apartaba, con una cortesía exagerada tal vez, con perro guarda un hueso, pronto a morder si alguien se acerca. precipitación nerviosa, para dejar a Felipe que contemplase el Alardeaba de su hallazgo, y lo ponía en las nubes, modo indirecto cuadro. E r a éste un vasto lienzo, y las figuras, de tamaño nade desdeñar el arte moderno, del cual acostumbrada decir pestes. Jjtural; Felipe, haciendo como que. se alejaba para ver mejor, Lapamelle era del Instituto, y aun cuando entre sus Colegas había retrocedió y se- situó sin afectación detrás de todos, y enteraescritores jóvenes, corifeos de las nuevas escuelas literarias, él mente al lado de 1 a mujer, que no. era sino Rosario, la sobrina no se creía en carácter sino viviendo en otro siglo. E n arte prefede Viodal; y bajando el brazo paralelamente al de la joven, tocó ría el XVIII; adoraba los pintores almizclados. Erudito, y. mordaz, su mano, avisó: con un golpecillo, y deslizó en ella un. enrollado tenía frases picantes y donosas para ridiculizar las escuelas combillete. Mientras Rosario, palpitante de emoción, cerraba el puño temporáneas, que, sin duda, se prestan a ello. A s í y, todo, frecueny alzaba la diestra, disimulando en él seno, por la, abertura del taba los talleres y se le recibía en palmas, con copas de Oporto traje, la misiva, Felipe, sosegado, hacía con los dedos anteojo para y galletitas; era sabroso oírle desollar a los demás, y, justamente aislar el cuadro, y. lo encomiaba aprisa: muy bien, energía rempor. lo intransigente y descontentadizo, sil presencia adornaba nn foranesca, valentía en las actitudes. ¡Con qué crueldad estira el estudio de pintor. Viodal era de los contados modernos a quienes brazo derecho de Cristo, ese que tanto se parece a Abraham Lapamelle reconocía, talento, aunque afirmando que el pobre iba ¡Weider, el banquero israelita! descarriado, ¡descarnadísimo! Compadecer a un artista porque deViodal callaba. X o era de los que beben ávidamente él elorrocha p malgasta sus facultades, es una especie de elogio. gio al contrario, solía sufrir mucho cuando éste le parecía i. nexactoj aventurado o vulgar. Sólo una alabanza justa, fundada, raLa persona, que dialogaba con Rosario desde el sitial había zonadísima y, además, vehemente, le producía halagüeño cosqui- intentado escabullirse cuando entró Felipe, y no lo consiguió, üleo en el alma. A l- o í r a Felipe, se cubrió de arrugas su frente porque Viodal iluminó de repente el taller. Hubo de resignarse desnuda por las sienes. L a voz de Felipe, cuando ensalzaba la a que Felipe le viese, le reconociese y le dirigiese un ligero saCrucifixión, carecía de calor simpático; delataba violencia y uñ ludó, que revelaba alguna extrañeza. ¿Desde cuándo se enconapresuramiento compasivo, que hería. traba en París; y qué hacía en el estudio aquel conde de Nordis, encargado en otro tiempo por el Gobierno de Dacia de ofrecer Los tres aficionados que ya comentaban el cuadro al llegar una pensión a la. Flaviani para que renunciase voluntariamente Felipe, objetaron algo a lo que éste decía; entablábase discusión; sus derechos de esposa? ¡Y que era él, no podía dudarlo Felipe. ¡pero, impensadamente, Viodal corrió una cortina pendiente de unas Aunque diez años labran huella en un rostro, no bastan a cambiarCarillas de hierro y tapó su obra. lo, sobre todo si son la década de treinta y cinco a cuarenta y- -Cuando oigo hablar de él- -dijo con voz metálica- cuancinco. E n la edad viril, declinando a la madurez, Nordis consertío disputan sobre lo que significa, pierdo la f é empieza a pavaba su. pelo ensortijado, su bigote retorcido, de. finas guías; su, recerme detestable. Lo haría pedazos. ¡Qué fastidio ser tan nercolor. mate, sus facciones correctas, su tipo de tenor italiano, guavioso! po, insinuante, y que sería atractivo sin lo receloso del mirar, que Riéronse los circunstantes. Todos ellos formaban parte de, esa ocultaban los lentes de concha, y sin cierta dulzura, pegajosa y falsa, aristocracia intelectual de París, ni más ilustrada ni más resde la voz. y del gesto. Ubaldo Nordis era, ¿pero qué viento le ípetable que- la del. resto, del mundo, pero que se alza sobre mejor traía? Y con la ceguedad del instinto celoso, al pronto Felipe pedestal y respira un ambiente más favorable que ninguna. Dauff pensó, en Rosario, con quien departía Nordis momentos antes... era el cronista diario de un periódico de gran circulación y autoridad; alemán de nación, mal estilista francés, por consiguiente, Bien podía justificar los m á s exaltados celos la belleza de creíanle, sin. embargo, depositario del ingenio chispeante y la la sobrina de Viodal. No era, sin embargó, Rosario Quiñones una reticencia conceptuosa que se aprecia en el bulevar. Loriesse, el perfecta hermosura, pero bien sabéis que; éstas escasean. Si sois crítico de arte, minucioso y maniático, el censor antojadizo, solía algo artistas, y, sobre todo, si tenéis ocasión de. estudiar y comllevar la contraria al público, y, a fuerza de tratarle de ignorante parar beldades femeninas, os convenceréis de que siempre caben e imbécil, le extirpaba sus entusiasmos y sus convicciones, deterobjeciones y reparos. De la misma Elena, esposa de Menelao, por minando esos cambios radicales del gusto, que se advierten con quien los viejos de. Troya comprendían que se perdiese la ciu ¡sorpresa cada cinco o seis años en las muchedumbres, sin que dad, dudo que se pudiese decir que era intachable. Si no es s e adivine su causa- -pues el crítico, al parecer, vive aislado, lejos, en el rostro será en el talle, y si no en los pies, y si no en- el andar, de la turba- Distinguíase Loriesse por su afición a. descubrir y si no en el cabello; defecto ha de existir, cuando no existan ¡planetas nuevos; gustaba de romper hoy el ídolo de ayer, y a vevarios. ces divinizaba cosas tan extrañas, que no faltaba quien le acuLo que necesita una mujer para presumir de hermosa es realicase de burlarse del público. Era Loriesse el que había impulsado zar un tipo, y Rosario lo realizaba; aunque no nacida en Espaa Viodal por el camino de la pintura religiosa, con simbolismo ña, ni de españoles, la citaban en París como cifra y compendio social y humanitario; y los que conocían las mañas, d e l c r í t i c o del hechizo especial de la raza hispana en el Mediodía. L a her ¡se apiadaban del. pintor, comprendiendo que después de anunciarle mana mayor- de. Viodal se había casado con un chileno, Ramón al mundo a campana herida, como apóstol del ideal en el arte mode Quiñones, descendiente de conquistadores, pudiente y señalado derno, ya estaba Loriesse preparando las perfidias y desdenes que en su tierra. Quebrantos en la hacienda, causados por los disturiseguían siempre a sus pasajeros arrobos; como que empezaba a bios de Chile y por la oposición de Quiñones al presidente Erradelirar por un español que traía un estilo nuevo y caprichoso, zúriz, mermaron el caudal del padre de Rosario, que al fin fué una pintura decorativa y galante, alegre y sensual; una- fiesta para muerto a bayonetazos en una asonada. Su mujer huyó a Europa los ojos, hastiados del colorido severo y las figuras siniestras con la niña, refugiándose al lado de su hermano, ya entonces o ascéticas del autor de la Crucifixión. pintor, famoso; venía herida por la pena, y no tardó mucho en E l tercero del grupo se llamaba Lapamelle; un señor de edad, sucumbir, confiando a Viodal la criatura. Rosario creció en el cou larga y grasienta cabellera gris; en el ojal del inconmensurataller, educada libre y caprichosamente, mimada, admirada, como ble gabán, la eterna cintita roja; el vientre, prominente; los ojos, miopes bajo Jas gafas de oro; los guantes, forrados y descosidos, e continuará. 1
 // Cambio Nodo4-Sevilla