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ALUDO DE LAS BRUJAS N O V E L A P O R EMILIA P A R D O B A Z A N ¡CONTINUACIÓN! 4 sé tadmira- un objeto dé arte, -una flor más preciosa y rara quelas otras y. era deleitable verla desarrollarse, fuerte e impetuosa, con la doble juventud de sus años y de su raza. Porque Rosario, la santiagueña, era joven de todas maneras; étnicamente también. E n su- físico prevalecía, sobre el tipo de la familia ...Viodal, el del padre; de Viodal sólo tenía la estatura aventajada, las prolongadas piernas y el largo cuello; pero la tez, mate y pálida, que descubre la frescura de la sangre; todo Ib que traduce el alma- -los ojos, la boca- ran bien hipanoamericanos, llenos de fuego, de voluntad, de languidez y de pasión. Los ojos, sobre todo, habían valido a Rosario fama de hermosa. Teníalos muy grandes, y, sin embargo, expresivos, límpidos, insaciables y. misteriosos, como los de los niños pequeños; llenos de humedad y de calor; dos? ojos que se interponían y dejaban en segundo término a las. demás facciones- de la cara, reduciéndolas a acompañar y corear, por decirlo así, la magnificencia de tan claros luceros. Y sin embargo, merecían fijar la atención la carnosa boca, fresca y encendida como un clavel y el abundoso pelo negro, algo crespo, a pesar de la pureza de la raza ibérica, de que podía alardear Rosario. E l pie y lá mano, españoles y. aristocráticos, combado aquél y diminuto, ésta delgada y de dedos afilados, como los de las damas que retrata; Moro, eran de esos detalles de belleza, que si al pronto no saltan- a la vista, a la larga refuerzan el atractivo físico de una mujer, hasta hacerlo invencible. Para un juez, severo, podrían ser defectos de proporción anatómica lo fino del talle, contrastando con lo pronunciado y redondo de las caderas y del busto; pero esta forma prestaba al andar y a los movimientos de Rosario la gracia voluptuosa y el salero perturbador de las figuras goyescas. E n los dos o tres bailes de trajes a que había asistido, en el que dio Viodal para inaugurar sus cuatro elementos, Rosario puso raya luciendo trajes españoles; ya el de Rosina en el Barbero, ya el de la que llaman duquesa de Alba en los tapices de Goya, ya el de infanta de Sánchez Coello, ya el picante calañas y la chaquetilla torera dé terciopelo guinda que. en sus juventudes ostentara Eugenia de Montijo... Vistiendo este último atavio la conoció Felipe el día de la inauguración del hall, a que asistió con papeleta de convite, obtenida por Yalomitsa. L a impresión fué profunda; quedaron subyugados los sentidos y, la imaginación, puertas de pro del alma, 1 feu JARDÍN Es cruel suplicio para una criatura tari impulsiva como Rosario guardar en el hueco de la mano, y después en el seno, un billete, cuyo contenido importa más que la vida, y que no es posible leer sin demora. Para enterarse de lo que la decía Felipe, Rosario hubo de esperar la hora de recogerse. N i en el hall, ba o la claridad delatora de los focos eléctricos; ni en el comedor, a donde la llevó del brazo su tío; ni durante la velada de familia, que se prolongó, halló ocasión de descifrar el papelito que sentía crujir bajo el corsé, encima del corazón cabalmente. Aquel día, Yalomitsa se sentaba a la. mesa del pintor, y con sus hábitos de desorden y sus improvisaciones de piano y de violín, encaminadas a retirarse- más tarde- -Gregorio era noctámbulo de profesión- pasaba de las doce cuando sonó la queda. A l darle Rosario en la antesala el último apretón de- manos, Gregorio susurró, aprovechándose de que ya volvía las espaldas Viodal, que madrugaba para trabajar: Tengo que hablarte, Sarito. Mañana vengo aquí a la hora en que papá esté en el taller. (Yalomitsa. llamaba a Viodal papá de Rosario, broma que siempre determinaba en el pintor una contracción de nervios. Cerrada, por fin, en sus habitaciones, Rosario apresuróse a desabrocharse y leer el billete. Era lacónico; sólo decíaj L a su- plico que esté. -mañana, a las nueve, en el jardín; sitió, -el mismo que la otra vez. No- falte; se lo pide. encarecidamente, Felipe. Aunque una cita dada así podía no significar rriás que lo que habitualmente significan las citas amorosas: deseo de comunicación, ansia dé ver y de hablar a la persona querida, la coincidencia del billete con las palabras del bohemio, que era el amigo más íntimo, de Felipe, el que le había presentado en el estudio, dejó pensativa a Rosario. Nunca la había citado Felipe; su primera entrevista en el lugar que Felipe designaba con el nombre de jardín, y que era el de Plantas, se debía a la casualidad, que los hizo encontrarse en un paseo, casi siempre solitario, y más en invierno. Por tácito convenio no se veían sino en público; Rosario obedecía, al proceder así, a un instinto de dignidad; Felipe, a una cautela, que hasta entonces había vencido a la codicia del amor. Quería Rosario que su cariño se conservase altivo y puro, y aunque si Felipe tardaba en venir muchos días al estudio- -y solía hacerlo de algún tiempo a esta parte- -se ponía enferma, preferiría sufrir a que aquellas relaciones cambiasen de carácter y degenerasen en intriga. Lo apremiante del ruego y su extraña coincidencia con el de Yalomitsa, la decidieron. Levantóse temprano, después de una noche de insomnio. Vistióse como siempre que salía a recorrer museos o a visitar los avechuchos del jardín, a los cuales tenía gran afición: chaqueta de nutria, toca de la misma piel, menudo velito de motas, monóculo sin aro, colgando del cordoncillo sutil, de plata y perlas. Su gracia, su lozana juventud, ganaban con la sencillez de tal avío. A pie hizo el trayecto; el jardín distaba poco, y además sentía repugnancia a tomar un fiacre O simón, el vehículo de las aventuras sospechosas. ¿Qué tenía ella que ocultar? Libre, iba a donde la llamaba su corazón, pero no a delinquir ni a. bajar ruborizada la frente. E l frío era agudo y cortante; la helada escarchaba el césped de los arriates; Rosario subió a buen paso la calle de árboles en espiral, y fué derecha al gigantesco cedro del Líbano, traído en el sombrero por Bernardo de Jussieu. Corría con instintiva inquietud había creído notar que la seguía un hombre, no de mala traza, pero de facha poco fina, vestido con descuido, algo grueso, moreno. Sin embargo, ya cerca del cedro colosal volvió la vista atrás, y a nadie vio. Felipe la esperaba en el banco, y se levantó al verla. Tendiéronse la mano, y. al través del guante fué magnética la presión. Se sentaron silenciosos. E l sol de invierno, al través de las ramas desnudas de ho; -a, bañaba de oro la tez. de Rosario, y hacía transparentes como el agua los ojos cariibiantes dé Felipe. L a chilena los interrogó, y los encontró ardientes, lijos, duros, llenes de fiereza. ¡Ella: que: soñaba una acogida loca, una gratitud tierna y alegre! Parecía, por el contrario, que Felipe la recibía como al reo el juez. ¿Qué le pasa? -preguntó al fin Rosario, impaciente ya, al oír que Felipe exhalaba un suspiro y al ver que seguía callado. -Nada- -respondió él, esforzándose en mostrar afabilidad- Mil gracias, porque ha sido usted exacta a la cita y a la hora... Creí que no la dejarían a usted venir... ¡Y quién iba a privármelo! -exclamó Rosario con alarde de independencia. -i Qué sé yo! -murmuró Felipe, dulcificando algo la voz, pero sin variar su actitud de enojo y reserva. -Yo sí que he creído que ya no pensaba usted vernos más- -advirtió Rosario con el dulce dejo de su país, clavando en Felipe sus pupilas de terciopelo- Quince dias hacía, lo menos, que no aportaba usted por el estudio. -Estaba luchando... -declaró Felipe, decidiéndose a explicar Se conHnuará. y