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D niño había sido una mala cabeza aquel hombre. Y no es que fuese malo, precisamente malo no era... Es más, su buen fondo estaba acreditado; pero su vida entera también estaba taraceada de diabluras. Su padre ya contaba ¡os setenta y su madre los sesenta; sin embargo, no cesaban de repetirse desde que su hijo tuvo cuatro meses: Este hijo nos va a matar... E ¡ta criatura acabará con nosotros sin remedio Su principal defecto fué desde siempre un desmedido afán de llevar la contrarii a los demás, de tal forma, que sus maestros consideraron su educación punto menos que imposible. E l no aceptaba ni la calidad incontrovertible de los números ni. el emplazamiento inconmovible de la Geografía en los mapas. Cuando empezó la carrera de Medicina, los que le conocían S e echaron a temblar, como cuando se sorprende a un niño jugando con dos pistolas cargadas. Pero en ¡os estudios superiores su costumbre de hacer la contra ya no se le llamaba tozudez, sino originalidad... Y a partir del tercer año de carrera su fama fué creciendo, creciendo, como si los catedráticos, condiscípulos y enfermos se confabularan para hacerse cómplices de su fama. E l mismo día que consiguió el grado de doctor en Medicina y Cirugía, la cosa ya estaba decidida: él era un médico extraordinario y era inútil cuanto se hiciese para negarlo. Tan extraordinario médico era, que sus primeros enfermos, con esa timidez probada de los que son pobres y además ESDE están enfermos, no se atrevían a morirse en sus manos y esperaban la ocasión de otra enfermedad para entregar sus vidas a otros médicos menos sabios y más amables que no se enfadaran tanto por su muerte. En cuanto a la Cirugía, no había miembro del cuerpo humano que se atreviese a pasar adelante porque sabía bien, ante aquel hombre, que sería amputado sin remedio. Todas las revistas profesionales, las Academias, los consultorios, las cátedras y los hospitales estaban a su disposición para recibir y transmitir las nuevas doctrinas del joven y afamado doctor. Era una alegría imposible de describir la que sembraba aquel hombre cuando decía precisamente todo lo contrario a lo que sostenían los demás y á lo que habían sostenido hasta entonces los libros de Medicina... Y era oírle una gran alegría, porque los cementerios le daban. la razón, y siempre ha sido él mayor deseo de la Humanidad- -incluyendo a la cíase profesional- -librarse de la muerte. Aquel doctor fué el primero que curó el tifus alimentando al enfermo con chuletas y langosta, y el segundo que demostró la necesidad de transformar las cárceles en sanatorios. Fracaso rotundo, lo que se dice un auténtico fracaso, tal como confundir un sarampión con una viruela jamás lo tuvo, y no solamente no lo tuvo, sino que en más de una ocasión había reñido mucho a los ayudantes que habían caído en tan incomprensible desliz. Amedida que pasaban los años y con ellos crecía la fama del doctor, su prestigio y su influencia se ensanchaban a otros círculos sociales, desdé la política más activaba la poesía más pura. Pero estas cosas eran para él. pequeños devaneos sin importancia que le reafirmaban en su carrera, a la que volvía siempre con los brazos abiertos y el corazón encendido como un Hijo Pródigo. Tan buen médico llegó a ser, que un día, no conformándose con curar a los vivos, volvió sobre los muertos y comenzó a diagnosticarlos con tanta seguridad y con tanto calor como, si aquello fuese para él y para los desaparecidos cuestión de vida o muerte. Las figuras principales de la Historia y de las Letras fueron recogidas por el célebre y sabio doctor en profundos libros, que demostraban bien a las claras cuánta gente vive y ha vivido equivocada y hasta llega a morirse sin comprender que todo fuéluna mentira y ni si era como se creía ser ni siquiera se muere de lo que se creía morir- se. Las pobres figuras históricas arropadas en sus sepulcros con pesados sudarios de ciencia y de chisme se agitaban y rebullían cada vez que el internacional doctor escribía sus nuevas verdades sobre ellas. Hubo algunas que tropezaron con la soberana alegría de encontrarse en la muerte con un talento que -se les había negado en vida; otras con un honor que fué en su tiempo puesto en entredicho, y no pocas que comprendieron que la enfermedad que les había causado la muerte fué una enfermedad cualquiera, tan sin importancia, que constituía una verdadera vergüenza haberse dejado matar por ella. Tanto y tan bien se había llegado a es- -linar: i ¡v x ll n n i T E Trní: i f
 // Cambio Nodo4-Sevilla