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pecializar en muertos aquel médico que de tía causa alguna para decir lo contrario, ya niño comenzó ya a llevar la contra a las que entre todos los males que aquejaron al Rey durante su vida ninguno de ellos podía personas mayores, que más de una viuda agraciada y rica y más de un padre po- tomarse en cuenta como capaz de causar deroso llegaron a su consulta para enterar- la muerte, y como quiera que Felipe II era se de qué habían muerto sus esposos y sus de una formalidad indiscutible, incapaz por hijos, y en último término si la enferme- nada de una superchería, él- -el doctor de dad que les había matado podía considerarla fama- -no tenía ningún inconveniente en se una cosa seria o si era, por el contraafirmar, y aun demostrar con el mayor ririo, una enfermedad pretexto que demosgor científico, que el hijo de Carlos I no traba infidelidad o chiquillada informal. había muerto. Después de aquella conferenPor este procedimiento de acudir a la cia por el mundo entero comenzó a buscarse con ahinco a Felipe II. Entre las muchas consulta especial que para muertos había veces que el doctor era llamado a consulta llegado a crear el afamado doctor muchas familias se indispusieron con sus difuntos y los lutos adquirieron una extraña significación y calidades y tonos desconocidos hasta entonces. En muchas casas, al repasar la última factura del ausente se desesperaban de indignación al darse cuenta de que lo que 1 i se había gastado en aceite alcanforado, por ejemplo, debía haberl e invertido en insulina, y de que los análisis debían de haberse hecho, no sobre tal o cual humor, sino tras de tal o cual substancia. Pero al. menos tenían el consuelo de saber exactamente- -en muchos casos- -que el remedio se había encontrado en fecha posterior a la muerte del familiar perdido. Algunos abogados, por ese prurito de competencia que siempre ha existido entre la Medicina y la Abogacía, comenzaron por aquel entonces los célebres procesos de revisión, que rehabilitaban más de una memoria infamada desde los primeros siglos del Cristianismo, y a más de cuatro infelices que se pudrían en la cárcel les llegó el consuelo de saber que, aunque no saldrían nunca de su prisión, habría, al menos, el día de mañana, algún abogado que sacaría su nombre de la infamante condena de que fué víctima. No queriendo el gran doctor quedarse atrás en aquellas cuestiones científicas, cierto día inventó algo mejor que todo lo anterior hasta aquella fecha, y fué el anuncio de cierta conferencia, que debía causar profundos surcos en la na- fuera de la ciudad, cierto día tuvo que acución. Fué en la Academia, de Medicina, y dir a un pueblecito pequeño para visitar un con el salón de sesiones tan adornado de enfermo desahuciado por la ciencia local, y señoras guapas, que en el pecho de todos tan querido por todos los vecinos, que poco los asistentes nació un vago deseo de música menos se había hecho que una cuestación para improvisar el gran baile que estaban para que fuese a verle el doctor de la fama. pidiendo las circunstancias. El pueblecito casi no existía, de tan perE: conferenciante comenzó su lección con dido como estaba entre los pliegues de una dos sencillas palabras, que ya arrancaron sierra, y el enfermo casi no existía de tan murmullos de entusiasmo: Señoras y se- olvidado como estaba de la vida... Hacía ñores y terminó demostrando, hasta no un día espléndido, y daban ganas de beberdejar la más ligera sombra de duda, que se muchos vasos llenos de sol. Felipe II no había muerto, porque no exisEl célebre doctor estudij detenidamente V al enfermo, y después se reunió en una habitación con dos compañeros tan nerviosos ante el compromiso de la consulta, que se sentían devueltos a su lejana juventud cuando se presentaban ante los Tribunales de exámenes. Le rodeaban los cinco discípulos que habían tenido la suerte de acompañarle como una guardia científica de su persona. Mientras los médicos hablaban con ese orgullo que ponen todos los médicos en el empleo de los términos técnicos, casi todo el pueblo se agolpaba a la puerta del enfermo esperando el diagnóstico. Ninguno de ellos podía comprender por qué se moría aquel hombre, que era fuerte y colorado, que era joven y no se quejaba de n i n g ú n dolor. El médico del lugar y el médico del pueblo vecino, no sin cierta timidez, explicaron a su ilustre compañero el proceso de la enfermedad, y el diagnóstico que de ella habían formado, y los remedios que emplearon sin el menor éxito. Después de escucharles el médico de la ciudad declaró solemnemente que el enfermo no tenía ninguna de las enfermedades que le habían supuesto sus compañeros... Tal cúmulo de argumentos adujo en apoyo de su afirmación, que hasta los profanos hubieran comprendido perfectamente, sin más que oírle, que la razón estaba de su parte. Lo extraordinario del caso fué que, después de desechar todas las enfermedades conocidas hasta el día, el doctor de la fama se encontró sin poderle aplicar ninguna, y entonces no tuvo más remedio que confesar que si el enfermo se moría él nada tenía que ver en ello, puesto que no era por enfermedad... El. enfermo se murió, aunque no debía morirse, ante el asombro del pueb lo entero, que no pudo menos que dudar de la sinceridad del muerto, y el doctor internacional regresó a la ciudad en su automóvil, acompañado de sus discípulos, que ansiaban una explicación de aquello que terminaban de ver sus ojos. Por todo comentario el maestro les dijo: -Hay que preocuparse un poco más por los vivos. Pero ante el mudo reproche de sus ayudantes, cuando ya estaban próximos a pisar la primera calle ciudadana, y ante el temor de que le creyesen viejo y en decadencia, añadió: -Si dentro de ocho días continúa muerto publicaremos el caso... No hay nada que temer cuando la razón está de nuestra P arte (Dibujos de Barbero. SAMUEL ROS