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EL SALUDO DE LAS BRUJAS NOVELA, POR EMILIA PARDO BAZAN (CONTINUACIÓN) se, lo cuaí probarjiá quería voz y los ojos de Rosario producían ese efecto misterioso de la presencia del ser amado, parecido a Tin talismán- E l estudio se me ha hecho insoportable. ¿E s posible que no lo comprendas? -añadió, tuteándola de súbito- i Qué quieres que haga allí? ¿N o ves cómo me reciben? -Ni los demás son tontos o. ciegos... ni tampoco lo soy yo, ¡qué diablo! Mira, Rosario- -exclamó con fuerza y ahinco- te tengo por franca, por leal... S i no lo eres, es que vivo engañado... ¿No sospechas por qué he desertado del taller? ¿No sabes de quién tengo celos? -S í lo sé- -contestó súbitamente, entristecida, la- chilena- pel fcío... ¡Del tío... que te quiere! -Que me quiere, si... -repitió ella, pensando en- alto. ¿Lo yes? ¿Ves cómo lo confiesas? ¿He de mentir? -gritó con irradiación generosa de sinceridad en sus admirables ojos- No sólo digo que me quiere, sino que... si yo fuese muy buena, ¡muy. buena... le. ccirres- pondería y me casaría con él. -Cásate cuanto antes. Y Felipe se echó atrás, colocándose al extremo del banco. ¡Hijo, ya sabes que no puedo! -tartamudeó ella alterada- Y a sabes que... ¡que me importa de ti, y que- no me importa de ningún otro hombre! -Sin embargo- -objetó Felipe con- acento despreciativo y cruel, cediendo a ese deleite de hacer sufrir a lo que se ama, nota característica de los celos en- las pasiones que abrasan lá, sangre- a ti te importará de mí, pero le sirves de modelo... ¡lo cual es una infamia! ¿entiendes? ¡una infamia! Jamás te he pedido que me permitas ni cogerte la mano así... te he respetado como a una santa... ¡y a él le sirves de modelo... No lo niegues; creeré que mientes ahora, antes y después. Rosario sintió en el corazón dolor agudo. Bajo el velo, sus pupilas se apagaron, sus labios temblaron de indignación. ¿Por qué la trataban con tanta aspereza? No podía adivinarlo, por ignorar el estado moral de Felipe en aquella señalada ocasión. A l citar a Rosario, el hijo del Rey de Dacia jugaba el albur de su suerte; estaba resuelto a colocar aquella mujer seductora como tm obstáculo, voluntariamente, entre su ambición y su destino. E n pocas horas había sentido tales ansias, padecido tales desfallecimientos, soñado sin querer, y hasta con horror y repugnancia tales sueños, que quería asirse a algo que le interesase y absorbiese por completo; matar el germen de una pasión con el desarrollo de otra poderosa y embriagadora. -Beber para olvidar, beber amor, beberlo a tragos y aniquilarse dulcemente, r. o acordándose de nada m á s eso. anhelaba, y eso pedía a Rosario, la única mujer que podía ofrecérselo. Pero el corazón tiene repliegues tan secretos, que aunque Felipe, al encontrarse cerca de la santiagueña, se moría de afán de refrigerarse en aquella fuente divina, notaba a la vez una levadura de cólera, un prurito de buscar motivos de enojo contra Rosario. Diríase que a! entregar su porvenir, pedía ya de antemano cuentas de la magnitud del don. Otra contradicción muy humana: mientras la idea de que Rosario servía de modelo a Viodal- le sacaba de quicio... la misma sospecha enesndía en sus venas fuego de fiebre, y su deseo se exaltaba hasta convertirse en impulso homicida. ¡Servirle de modelo! ¡Qué vergüenza! -repetía crispando los- puños sin notarlo. -No he servido de modelo al tío... para... el cuerpo... sino cuando era chiquitita, de pocos años- -balbuceó Rosario abochornada- M e retrató de ángel en un techo. Después sólo me puse para las manos y las cabezas. ¡M i tío me respeta y me tiene más cariño que usted! Adiós, hemos concluido de hablar... No debió llamarme. l ntíndqsejdrad secos los párpados, dio la espalda a v Felipe. Este agarró la falda de lá chilena, la cual, al volversey querer desprenderse, le vio cambiado por completo, azules y serenos los ojos, sonriente la boca juvenil. -Vayase usted, Rosario; deje a este loco... Déjele usted ten- tregado a su mal sino; no se ocupe más de él... Pero, antes, perdóneme. ¿Qué tienes, Felipe? -murmuró ella, aplacada ya, ocupando: de nuevo su sitio en el banco- Nunca me habías ¡hablado tan de corazón negro. ¿No ves que el tío es para mí como un padre? H a socorrido a mi madre, ha protegido mi niñez; le debo hasta el conocerte. ¿Por qué te pones así? Se- me figura que hoy. te- sucede algo raro... -No preguntes lo que me sucede- -contestó Felipe, mostrando alegría pueril- L o que me sucede es que te necesito; que sólo tú puedes, en estas circunstancias, hacerme un bien incalculable... Espero de ti nada menos que la salvación. Sé acabaron los disgustos... Y a pasó el enfado. Esta conferencia es decisiva, nena. Decisiva para los dos. ¿Creías que se trataba de una cita amorosa? ¡Bah! No he venido a fcso... H e venido a. proponerte... i ¡Adivina! ¡Adivina! -Dímelo tú, para que, me guste más- -respondió ella tran s portada, -He venido a proponerte que seas mi esposa- -articuló Felipe, no sin esfuerzo. Parecía que las palabras, al pasar por su garganta, tropezaban en algo, que no las quería dejar salir. Rosario cerró los párpados. Su sangre, apresurándose con deliciosa agitación, vino a inundar su corazón palpitante. Por un momento, la intensidad de la emoción la quitó el sentido. ¡Tontina -murmuró apasionadamente Felipe, que en aquel momento se encontraba libre de dudas, y contento como el que realiza una buena acción- Qué, ¿te vas a desmayar por eso? ¿N o es natural que si te quiero sea tu marido? -Felipe- -respondió ella, recobrándose y alzando el velo- déjame respirar. L a alegría también hace daño. Desde que; te quiero, nunca estoy en mi estado normal: o loca de contento, o desesperada, o impaciente, o aturdida... Estos días atrás pensé morirme, porque discurrí: Vamos, esta es la cierta: se ha cansado ¿se le ha pasado el caprichillo... ¿Y de dónde sacabas tú imaginaciones semejantes, nena? ¿De que yo no iba por el taller? Famosa razón. E n el taller ya no pienso poner los pies en mi vida. ¡Para ver, o para figurarme que veo tu retrato en el boceto de la Sam aritana, ese cuadro; que tu tío esconde como un tesoro! Si es cierto que me quieres, no vuelvas a servir de modelo, Rosario, ni para los ojos. ¡Tus ojos... ¡No faltaba más! Promete... -Así será, Felipe. No hables de lo que pasó... Estoy tan con- tanta... Creo que sueño... No te incomodes... ¡Recelaba que no pensases en mí para nada bueno ni honrado! Y o no tengo de qué acusarme; no me creo mala... pero, al fin... desde la n i ñez, vivo entre artistas... he oído rojl conversaciones... quedé huérfana muy chiquilla... ¡la sombra de un tío no es la sombra de una madre! Aunque mi conciencia está limpia, mi educación, bien lo comprendo, no es como la de otras señoritas de mi edad... Hoy, que me hablas de matrimonio, desearía haber salido ayer del convento... con la venda de la ignorancia en los ojos... ¡como, nos queréis a las mujeres los hombres! A la verdad, no me atrevía a esperar que. vieses en mí más que un devaneo. El se casará- -discurría yo- -con una señorita de alta clase, de esas que en su elevada. condición social tienen escudo, no sólo contra el mal, sino también contra la maledicencia. ¡Vamos, que ideaste tu novelita correspondiente, ¿Y en qué te fundabas para colgarme tales propósitos? -En que, -respondió ella, trazando con la sombrilla rayas (Se... contmwirit. i
 // Cambio Nodo4-Sevilla