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DIARIO ILUSTRAVIGE- DIARIO DO. 10 miniosamente sobre una cruz. Pero los hombres, arrepentidos de aquel crimen, besan desde hace dos mil años los pies del ajusticiado que murió por su amor. Quedó, suspenso el maestro unos instantes; y a l fin prosiguió bajando más la v o z H b y la autoridad me ordena expulsar del local de la escuela la imagen del Dios de los niños y los trabajadores. Y yo no tengo más remedio que cumplir las órdenes de la autoridad. Diciendo y haciendo, D Juan Manuel montó sobre una silla y con manos trémulas descolgó el crucifijo. C o n él en la mano se dirigió de huevo a los niños. Acordaos, hijos míos, que muchas veces os habéis postrado ante este santo crucifijo, pidiéndole salud para vuestros padres y hermanos y consuelo para todos los que padecen en este mundo, trabajan y lloran. S i a l guno de vosotros lo quiere con particular afecto y desea colocarlo en sitio de honor dentro de su casa yo se lo cedo de buena voluntad. U n niño rubio, con los ojos brillantes y las mejillas inflamadas, se levantó del asiento, avanzó. -hasta el estrado y profirió con voz recia: -T o d o s lo queremos. 7- -i. Sí, todós. todos! -gritaron a la vez otros niños -8 íies: bJÍeH, queridos; niños, a vosotros lo confío. Es. vuestro, mejor, amigo y lo será i s. ta- a- lioua. ¡el; i- nn ¡erSe. L o llevó á los labios y lo depositó en manos del niño rubio. Después se dejó caer pesadamente en su sillón y doblando la cabeza permaneció i n móvil. Los niños le contemplaron silenciosos y estremecidos. Y apoderándose luego del crucifijo, unos- gritando; otros llorando, cubrían de besos la imagen del Redentor. J ILUSTRAVI G E- DO. AÑO JO C T S AÑO S 1 MOCTAVO NUMERO SIM O CTA V O CTS. NUMERO F U N D A D O E L i. D E JUNIO D E 1905 P O R D. T O R C U A T O L U C A D E T E N A EL DESPIDO Acaeció lo que voy a narrar, hace pocos meses, en un lugarcito costanero de una de las provincias del Norte. E r a maestro de la escuela municipal, y entiendo que aún lo es, un sujeto llamado D Juan Manuel. E l pueblo le estima por su temperamento afable y por el, celo, que siempre ha desplegado en su función, pedagógica. Cuando yo le conocí, no hace muchos años, era un hombre silencioso y triste. N o siempre había sido así a lo que oí decir. E n Otro tiempo aparentaba ser alegre y chistoso; hasta componía versos que los niños de l a escuela recitaban en las solemnidades y romerías. Pero el único- hijo que. tenía, navegando como piloto en un barquito de vela, había perecido ahogado en un naufragio frente a la Coruña. Desde entonces su carácter había, cambiado tanto que apenas se le podía reconocer. E l tiempo que no permanecía en la escuela lo pasaba orando en la iglesia. E n efecto, recuerdo que alguna vez en que se me antojaba entrar en l a iglesia a la hora del crepúsculo solía ver a D Juan M a nuel en un rincón postrado ante una imagen de Jesús crucificado. E l dolor de aquel desgraciado padre no podía menos de conmoverme. 5- Pues no- hace mucho se hallaba este vie- jo maestro en ¿L- estrado. de- la- escúela- sea? tado delante de su mesa corrigiendo y clasificando las planas de los discípulos. E r a ya cerca de mediodía. Los niños, sentados en los bancos, como se aproximaba el momento de salir charlaban libremente. -Se abrió l a puerta de la escuela y apareció el alguacil del Ayuntamiento. Cruzó el salón, se acercó al estrado y entregó ceremoniosamente al maestro un sobre cerrado invitándole a que lo firmara. D o n Juan M a nuel lo abrió y lo devolvió firmado. Cuando el alguacil hubo traspuesto la puerta y el maestro vio lo que el papel contenía se puso pálido. E r a un oficio del alcalde ordenándole que hiciera desaparecer de la escuela el crucifijo. Permaneció inánime y cabizbajo unos m i nutos. A l fin, volviendo la cabeza y dirigiendo una mirada angustiosa al crucifijo que detrás de él pendía de la pared, se levantó, avanzó hasta el borde del estrado y comenzó a hablar con voz apagada. H a c e dos m i l años, hijos míos, que nació en un apartado rincón del Imperio, romano, allá en la Palestina, un hombre que se atrevió a decir lo que nadie había dicho hasta entonces: que todos los hombres somos hermanos; que el esclavo y el. obrero valen tanto como los reyes y los señores; que el reino de los cielos no estaba reservado para los vicos, y poderosos, los que disfrutan d e t o d o s l o s srocfc í- c i a t i c n a enr para los humildes, para los que trabajan y padecen persecuciones de la justicia, para los que sufren y lloran. N o poseáis dinero- -decía a sus discípulos- -ni saco para el camino, ni dos túnicas, n i zapatos, ni bastón, porque el obrero merece que se, le alimente. Este hombre, como todos sabéis, era el mismo Verbo de Dios. Y el HombreDios fué particularmente apasionado de vosotros los niños. Dejad que los niños vengan a mí decía, y otras veces decía a los hombres: O niños o como niños P o r decir tales cosas fué ajusticiado una jtarde en Jerusalén, haciéndole morir igno- ARMANDO PALACIO VALDES EL ESTATUTO D E LAS VASC O N G A DAS L o que se dé a Cataluña se ha de dar a las demás regiones ha dicho el A B C y, por lo que hace a las Vascongadas y Navarra, es seguro que tendrá que darse, y casi inevitable respecto de Galicia. N o hablo de otras provincias, porque no las conozco con tanta intimidad; pero creo que así. ha de ocurrir en Valencia y en Canarias, en Aragón y en Andalucía. E l pueblo vasco es honrado y orgulloso. Se pudo ver cuando la quiebra del Crédito de la Unión Minera. E l país, en rigor, no necesitaba hacerse solidario de los desaguisados de una cabeza de chorlito, que había abusado de la confianza que el nombre de su padre despertaba. Otros pueblos no lo han hecho. Ahora mismo no hay la menor probabilidad de que Succia se haga responsable de los miles de millones que su ¿van. K r c u g c r ha hecho perder al. mundo. Pero los vascongados creen que vale la pena de hacer un sacrificio para mantener la buena ¡ama. Y así cargó el país con los ciento y pico de millones que los depositantes daban por perdidos. E r a un inmenso sacrificio. Cada familia vizcaína está pagando entre eserta y se- tenta pesetas- anuales de impuestos por las ligerezas de un señorito que se creyó ban- quero. Y luego, al negociarse con el Estado el cupo del nuevo concierto económico, en vista de que Vizcaya se sacrificaba por Juan Núñez, el Tesoro le aumentó dé tal suerte los gravámenes, que sólo ha podido sostenerlos, y ello, en parte, por la desvalorización de la peseta. Si los ha soportado es por hallarse per suadida, como todo el país vasco, de la excelencia de su administración municipal y provincial. L a s Vascongadas y N a v i r r a l a han juzgado siempre preferible a la central. N o conocen sus Corporaciones locales las críticas escandalosas que se han hecho respecto de la administración de la Mancomunidad de Cataluña o del Ayuntamiento de Barcelona. Y de ello resulta que los va. sconavarros preferimos nuestra administración, no sólo por ser i. uestra, sino porque la creemos objetivamente más económica y eficaz. Que administre el que. haya demostrado su capacidad administrativa. E s un principio cuya validez universal no puede discutirse. Sería, por sí sólo, excelente base para buen número de reclamaciones vascongadas. Sabino A r a n a sin embargo, fundó el nacionalismo vasco en un espíritu de exclusivismo racial, difícilmente compatible con su ardoroso catolicismo y con las actualidades de un país en que las dos terceras partes de los habitantes son de sangre mezclada. Pero en lo que están todos conformes es en. la superioridad de l a administración local. ¿Por qué, entonces, no ha llegado a adquirir el nacionalismo vasco las proporciones del catalán? Sencillamente, porque se le ha combatido en el mismo país vasco con un ahinco de que en M a d r i d no se tiene noticia. Acaso el mayor peligro nacional, desde hace muchos años, sea el escepticismo amable y cortesano de Madrid. Francia divide a los extranjeros en amigos. y enemigos de F r a n cia, y a los amigos los trata como a amigos, y. a los enemigos, como a enemigos. Pero nada semejante acontece en Madrid. Su fundamental escepticismo encuentra más cómodo hacer concesiones al enemigo que al amigo. Que los intelectuales vascos, en su casi totalidad, hayan hecho suyos los destinos de España no parece haber suscitado en M a drid mucho más entusiasmo que el antagonismo de los intelectuales catalanes. Y. no se trata solamente de los intelec- tuales, aunque ha de- advertirse que, crií- lo que va de siglo, en España, no ha perdido nada nadie por ser antiespañol. E n Bilbao; se ha dado el casolde muchos hombres- de la. -llamada masaVneutraque han salido de su neutralidad para combatir el bizcaitarrismo; a l p u n t o desque en 1923 parecía dominado el movimiento y la casi totalidad de los diputados piovinciales pertenecían a los partidos españoles. E n M a d r i d apenas se conoce l a acción política de D. Kamón Bergé n i la de D Pedro Eguillor sobre los aficionados a ías ideas, generales. He ahí, con todo, los dos nombres que más habían hecho. por contener la marea bizcaitarra. Pase- el lector revista mental de los escritores vascos o navarros que conozca. T o dos 0 casi todos ellos hubieran ocupado puestos directores en el movimiento nacionalista s i s e hubieran decidido a defenderlo. No lo han hecho. Bilbao ha sido en estas décadas, paraf los intelectuales, una escuela de, españolismo, de. conservatismo y de cordura. Podrán contarse con los dedos de las manos las personas que en Madrid lo sepan.