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NOVELA, POR EMILIA PARDO (CONTINUACIÓN) ñAIAH paralelas en el suelo, en que tú... no eres cualquiera, que eres un gran personaje... ¡Yj tan grande! Tú eres hijo de un Rey... -1 ¡No es exacto! -declaró Felipe, apretando los dientes- i Quién te ha contado paparruchas? Soy hijo natural de una bailarina, que se llamaba Ada Flaviani. -Y deL Rey de Dacia- -insistió con tierna obstinación, con cierto matiz de orgullo, Rosario- ¡Pocas veces que nos ha contado esa historia Dauff! Como que tampoco eres hijo natural ¿a qué inventas éso, malas entrañas? sino legítimo, y muy legítimo; tu madre se casó con el príncipe dos años antes de que tú soñases en nacer. Sólo que los intrigantes y los ambiciosos anularon el matrimonio; porque cuando hay influencias y dinero... se hace lo que se quiere, aunque sea una maldad Y a ves cómo mis miedos eran cosa justa. No. somos iguales. -i Qué hemos de ser! T ú vales más que yo- -declaró sincera- mente Felipe. E l regatón de la sombrilla de Rosario marcó otros signos en la arena. E l hábito de dibujar al carbón y al difumino, con rapidez y maestría, se revelaba en aquel juego; en menos que se dice la sobrina de Viodal, trazó un perfil humorístico de Felipe, sumamente parecido, y encima de la cabeza suspendió, como en el aire, una corona real... Eran frecuentes en Rosario los saltos de la devoradora emoción a la aniñada travesura, y daban a su carácter y a su trato el atractivo peculiar de todo lo que varía y se mueve: el encanto del agua y de la llama, que nunca nos cansamos de ver. Sin embargo, esta vez la chiquillada no fué del gusto de Felipe, que se apresuró a borrar la corona con su bastón... Bajo el toldo de las ramas del cedro, revestidas de su compacta hoja, bañados por el reflejo de un sol de invierno, claro y tibio, que poco a poco se bebía la escarcha y despertaba el perfume de las violetas, ateridas por el frío en las platabandas, creíanse solos los enamorados. E l lejano crujir de la arena cuando corría un niño, el rugir de una fiera o el chillido de un ave exótica, aquilataban la grata sensación del aislamiento. Sin embargo, el hombre que aquella mañana también seguía desde lejos a Rosario hasta el jardín, había seguido la víspera a Felipe hasta el taller de Viodal; y cuando la pareja se despidió, lo más cerca posible de la verja, no sería difícil verle apostado en el malecón donde termina el puente de Áusterlitz. Todavía pudo Sebastián Miraya comunicar parte de sus investigaciones al duque de Moldau, antes que éste, habiendo justificado su estancia en París con consultas de padecimientos, adquiridos en gloriosas campañas, regresase a Dacia por el Orient Express. fl VIODATj tes y deliciosos del coloquio bajo el cedro, contribuían a despertar por comparación involuntaria, su piedad y su estéril afecto hacía el pintor. Juzgaba del daño ajeno por el propio, y la embargaba una lástima dolorosa. ¿Por qué un horizonte para ella tan herma- so había de ser para otro tan triste y nublado? No era, posible ocultar a Viodal la verdad. Felipe exigía que, en lo sucesivo, se viesen libremente, hasta el momento de la boda, y deseaba que cuanto antes Rosario le participase la conformidad de su tío. E l día que siguió a la entrevista en el jardín, de mañana, Rosario andaba dando vueltas por el taller, recogida la copiosa mata de pelo con una flecha de oro, vestida una bata japonesa, azul pálido, bordada de flores de cerezo, que sujetaba flojamente al talle una banda roja de crespón. Su pie inverosímil se escapaba de la babucha turca, y taconeaba impaciente, nervioso. Maldito si sabía Rosario cómo empezar. Las primeras palabras que pronunciase se atravesarían en la laringe. ¡Cómo resonaría, ea la atmósfera serena del estudio, ahora que estaban tan completamente solos ella y Viodal, la frase... Tío, no sabes... Tío, tengo que decirte... Mientras rumiaba el exordio, no podía menos de charlar, murmurando cosas insignificantes, yendo y viniendo da un elemento a otro: ¡Ay, se nos ha muerto una dorada... ¡Calle, ya tiene botón la esterlina regia... ¡Pobre golondrina de Java! ¡Ha puesto un huevo, tío... ¡Mira qué monería... ¡En el nido está... Jorge, soltando gustoso los pinceles, corrió a admirar el diminuto huevecillo. Era la sal de su vida, el premio de su labor, la hora bendita del día, aquella en que con Rosario curioseaba y comentaba las novedades de los tres elementos, mientras el cuarto, recién encendido, arrojando llamaradas alegres, empezaba a calentar los ámbitos del dilatado hall, tibios ya por el aire que enviaban ocultas tuberías, pues la chimenea sola no era bastante. En tal momento, Rosario volvía a ser la bulliciosa y vivaz criatura que había sido a los trece o catorce años, la que de todo reía, la que en todo se gozaba, la que hacía travesuras, la que no dejaba en paz al tío- -un tío relativamente joven, porque sólo contaba entonces treinta y pico de años, y ya empezaba a estremecerse si, inadvertidamente, en su candor, la niñaje echaba los brazos al cuello- No tardó en prohibir esta familiaridad de Rosario, que le miraba atónita y no acababa de acostumbrarse a obedecer. Después de la prohibición su instinto de mujercita interpretó pronto la causa. Hoy Viodal había cumplido los cuarenta, y creía haber dominado valerosamente aquel extravío. No lo había dominado tanto que no esperase con ansia los momentos de intimidad de las mañanas en el estudio. Una satisfacción así, pura, sencilla, no la reprobaba su conciencia, y saboreaba el goce de tener a su lado a la chilena, de verla seguir ansiosa el revoloteo de un colibrí, o una ludria de monstruos en el seno del acuario... Sarito, mi pincel gordo... allí, a la derecha de la caja... E l secante, Sarito... Sarito, ayúdame a graduar el caballete. ¡L a dicha se funda a veces en tan poca cosa! ¡Las pequeneces hacen un bien tan grande! E l deseo de tener a Rosario encantada y divertida, era lo que había inspirado a Viodal la idea de los cuatro elementos. Flores, pájaros y plantas, no hacían sino servir de poético fondo a la juvenil figura. Entre vueltas y más vueltas, charlando de lo que no le importaba, Rosario no se decidía a empezar. Algo bueno daría por eludir el compromiso. Sin embargo, volaba el tiempo. Se le ocurrió entonces un modo indirecto de entablar la conversación peligrosa. -Oye, tío- -preguntó mientras disponía flores en una jarra de Delft- ese conde de Nordis, que presume de guapo, aunque ya le ha pasado el sol por la puerta, ¿trae pretensiones acerca de mi? ¿Por qué dices eso? -preguntó Viodal volviéndose de subí- to- ¿Se ha puesto pesado contigo Naturalmente; la cita de Felipe hÍ 2o olvidar a Rosario la del bohemio. ¿Quién se para en citas de Yalomitsa? ¿Qué ¡podrá él tener que decir que valga un pito? Seguramente alguna chismografía contra Lapamelle, a quien no tragaba; alguna murmuración, recogida en los talleres, y referente al nuevo cuadro de Viodal... Esto debiera ocurrírsele a Rosario; pero convengamos en que ni ésto se le ocurrió. Su felicidad absorbente disipó las demás preocupaciones. Sólo cuando ya se vio cerca del momento decisivo, sondeó la profundidad del sentimiento que consagraba ¡a Felipe. No podía sospechar que fuese tan inmensa. Se asustó casi. Como el que recuenta su caudal y se admira de encontrarse más rico de lo que suponía, Rosario se admiraba de la cantidad de ilusión que cabía en su alma, virgen y ardorosa a la vez. I- a única espina era el recuerdo de Viudal. No había más remedio que enterarle, y Rosario sabía muy bien que le daba una puñalada en jet corazón. El irasrho exceso He su amor, los recuerdos vibran:
 // Cambio Nodo4-Sevilla