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NOVELA, P O R EMILIA P A R D O B A Z A M i (CONTINUACIÓN) Uri poco- -declaró con gentil desvío la muchacha- Es un pelma, y si vuelve, le he de enseñar que no me gusta la gente patosa. -Rosario- -contestó gravemente Viodal- o ese hombre no te quiere, y en tal caso pocq debe importársete de él, o te quiere de veras, y entonces merece consideración. ¿Por qué me hablas de Nordis? -añadió sonriendo, con la paleta fija en el pulgar y el mango del pincel rodando entre los dedos- Bien sé yo que Nórdis no te quita el sueño, morena. Otros pensamientos tienes tú... -Es cierto, tío- -respondió Rosario, asiendo por los cabellos la ocasión- Perdóname si hasta hoy nada te dije; no me gusta tener secretos contigo; pero como no era todavía cosa formal, ni medio formal... Los labios del pintor blanquearon, y tembló el pincel que cogía. -Según eso... es formal ahora? -Formalísimo... ¿Bodas? -Sí... ¿Con Felipe María? Rosario no tuvo fuerzas para contestar. sino inclinando la cabeza. Sentía en lo dolorido de la voz, en lo seco de las interrogaciones, el sufrimiento apenas reprimido, el odio involuntario, queja, y maldición juntamente. Y aquel hombre había sido para ella padre y madre; tal vez había sacrificado, al deber da protegerla, a la ilusión de ver, en ella una hija, los definitivos lazos que se contraen en la edad viril y son el consuelo de la vejez... Desde quince o dieciséis años atrás, desde que una mujer, vestida de luto y con una niña de la mano, había llamado a la puerta del pintor buscando asilo, Jorge Viodal no conocía más ternuras, más. esperanzas, que su sobrina Rosario. Recoger el último suspiro de la madre; educar a la criatura, respetándola más que a una hija, porque a la hija se le respeta sin esfuerzo; librar la batalla, xuyas huellas y estragos se escriben con prematuras arrugas en las sienes y en la frente; tal había sido el papel desempeñado por, el pintor, y Rosario no lo ignoraba; por eso las. palabras se detenían en sus labios y un círculo de plomo comprimía su corazón. Pero Viodal, con varonil arranqúense levantó, depositando metódicamente los pinceles en la ranura. de la caja abierta, colgando la paleta del gancho de níquel; y metiendo las manos, en los bolsillos de su batín de terciopelo negro, sacó un cigarrillo, y con ligera ironía, adoptando festivo tono, murmuró: ¿Esas teníamos, Sarito? ¿Y desde cuándo has arreglado tu boda? -Tío- -respondió ella, acercándose y cruzando las manos- i Por Dios, no te enfades conmigo! Y a sabes que si tú me lo prohibes... no me caso, aunque me muera; ¿Exiges que se acabe todo? Se acaba... Pero no me quieras mal. ¿De dónde sacas que te quiero mal? -protestó el pintor, luchando para conservar su sangre fría, y ocupado, al parecer, en encender reposadamente el largo cigarrillo- Es bien natural que te cases... y también que yo lo sienta... es decir, que sienta, no tu casamiento, sino separarme de ti... A l fin, te he tenido en mi compañía m, ás de dieciséis años. -Pero, tío Jorge- -murmuró Rosario afanosamente- si no nos separaremos. Me pasaré el día aquí, en el taller, cómo siempre, limpiándote los pinceles... cuidando de los pájaros y de. las plantas... ¿Había de dejarte? ¡Me sería imposible! -Rosario- -repuso el pintor, ya dueña de sí mismo- no te apures, ni des importancia a lo que ño la tiene. Te casarás y te irás con tu marido, y me verás o no me verás; es lo que menos- importa. Has elegido, y ni yo ni nadie en el mundo puede oponerse a tu elección. Así como te digo esto, Rosario, hija mía... yo, que no estoy prendado... de tu futuro... que no me ciega la pasión. lealmente añado que tu elección no te hará dichosa; y esta creencia es lo que me pone así... triste... cuándo tú rebo sas felicidad. Rosario bajó los ojos de nuevo. Su vanidad mujeril le sugería la maliciosa presunción de que siempre un enamorado es severo crítico del rival dichoso. E l pintor debió adivinar, la sospecha de Rosario, y sonrió melancólicamente. -No hablo de memoria, ni por ningún móvil interesado- -continuó- y es mi deber alegar razones. Nó has conocido otro padre, y me arrepentiría si por una falsa delicadeza, no te previniese cuando corres un peligro. Ta amargará la advertencia peor sería que mañana te amargase la boda. Pero, tío... No entiendo; explícate. -Ya entenderás... ¿Conoces los antecedentes de Flaviani? -j ¿Los antecedentes... -Sabes que el hombre en quien te has fijado tu, Rosario Quiñones, sobrina de un artista, criada en un taller de pintor; tú, sin bienes y. casi sin nacimiento, aunque tengas en las venas algunas gotas de sangre española muy noble, ¿sabes que ese hombre e un hijo de Rey? -Vaya si lo sé- -contestó Rosario rehaciéndose, resuelta a combatir- Hijo del Rey de Dacia. ¿Eso qué importa? Pero, por su madre, es de mi misma clase, y aún más abajo; al fin... la Flaviani... ¿qué? Una bailarina como la Taglioni o la Cerito... ¡Miren qué alcurnia! Todos los días se están viendo bodas desiguales y felices. N i he pensado en tal cosa, ni tengo para qué pensar. -Pues yo no quiero el remordimiento de no haberte llamado la atención, cuando todavía es tiempo de evitar el daño. Se ven enlaces desiguales, es cierto; también lo es que la prudencia loa condena; pero la desigualdad entre las clases sociales, cuando consiste en el nacimiento, puede borrarla el genio, la riqueza, el poder, la gloria militar, la artística... L a desigualdad entre la sangre real y otra sangre, jamás se borra. U n hijo de Rey no puede casarse sino con hijas o nietas de Reyes. Si toma por esposa a una particular, tarde o temprano, y generalmente, tempra. no, llega el castigo. Una constante herida del amor propio acaba por ulcerarse y causar la muerte... la muerte de todo amor, de toda ventura. Si te casas. con un hijo de Rey, Rosario mía... tú, que eres tan hermosa, tan digna de un trono... tú le pesarás bien pronto a tu marido, como pesa una piedra al cuello; tú le humillarás, él se desdeñará de ti. Los Reyes no se miden por el mismo rasero que los demás humanos... Y o fe conozco, y sé que este suplicio, para ti, es todavía más intolerable que para otra mujer. Mientras Viodal revolvía en la herida el cuchillo, el rostro de su sobrina se descomponía por instantes, revelando cruel tortura. Las observaciones del pintor. iban derechas a lo más íntimo de. su ser moral, a su dignidad, a su generosidad, a la deljcadeza de su cariño, a su altivez de española. Mortificada, sintió una cólera injusta contra el que la causaba dolor, y queriendo demostrar. que no carecía, de armas defensivas, afectó reírse, y alegó estas razones, contrarias a sus opiniones de la víspera: -Tío: no parece sino que Felipe María Flaviani es, en efecto, un Rey, y que al casarme con él me gano una corona... jPobrecillo! tan lejos está de esas grandezas, que no sólo le niegan el. derecho a reinar sino hasta la legitimidad del nacimiento. ¿Rey Felipe? E l mismo me ha dicho que nó se considera más que el hijo natural, ¿oye usted? natural, de la Flaviani. Es uñ bastardo, de quien su padre renegó. -Pues míralo bien, Rosario; ahí tienes el cuadro de tu porvenir. Eso es lo que te espera a ti, lo que espera a tus hijos. Mañana, a su vez, por. razones de Estado o por razones de soberbia y miseria, humana, Felipe María se divorciará, te repudiará, anulará el matrimonio. ¿Pretexto? Siempre hay pretextos. Sobra quien com continuará. 14