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EL SALUDO DE LAS BRUDAS NOVELA, POR EMILIA PARDO BAZAN (CONTINUACIÓN) sandó tíañar á tiri enemigo, le allanó el camino de la suerte, Por otra parte, el error que iba a cometer Yalómitsa se explicaba sin dificultad. ¿Cómo podía sospechar que la víspera Felipe había ofrecido su mano a Rosario, ni adivinar que sus palabras iban a ser comentario vivo de los funestos vaticinios del pintor? Creía ¡Yalómitsa dar un paso altamente diplomático, y se frotaba las manos y sacudía la enmarañada melena, como un niño- ¡y qué otra cosa era el bohemio! -a quien le sale dé oro una diablura... -Sarito- -empezó- déjate de remilgos; entendámonos, que sólo aspiro a hacerte bien... Canta claro, tórtola... o no vuelves a oírme en el violín los Gnomos. No te pongas colorada... no te eches a adivinar. Aquí sale e! argumento. ¡Atención! ¡Felipe María está muerto por ti... y tu creo que nq le rnatafás a desdenes! -Yo... -protestó Rosario. -Te digo que te quiere Felipe, y que tú le quieres a ti... y si no le quisieses, de rodillas a tus pies, caería. Yalómitsa para pedirte que sí le quieras mucho. Siempre el cariño, de una mujer como tú es regalo y bendición; del cielo para un hombre; pero hay ocasiones de ocasiones, y no puedes imaginarte, lucero, él favor que harás a Felipe ahora atrayéndole y sujetándole a tu lado. T ú no sabes lo que pasa... Y o te enteraré, hermosa, yo te enteraré... y conspiraremos para esta buena obra. ¡Una obra de caridad! -Venga la explicación- -ordenó Rosario casi imperativamente. -Veras... ¡curiosilla! ¿Te acuerdas del origen de Felipe ¡Ah! ¿De éso se trata? -dijo, estremeciéndose, la chilena. -De éso. Felipe, nuestro Felipe, ha tenido, la desgracia de nacer en las gradas del trono... de eso que llaman el trono, y que es un potro de tormento y una picota ignominiosa. Por suerte de Felipe, anularon el matrimonio de sus padres, y le quitaron así la. tentación de andar pretendiendo. Mas la ambición, que deshizo la tela, ha vuelto a urdirla. Hay en Dacia unjiillo, que se, llama Stereadi, y un bobo que se llama el duque de Moldau... -Adelante, adelante, Yalómitsa. r- -Ten paciencia, gitana... A ese pillo y a ese tonto, que son. Jefes de dos partidos importantes, se les ha puesto aquí hacer Rey a Felipe. ¿Comprendes? Nada menos que Rey! ¡Como si no estuviese al quite para defenderle Gregorio, que le tuvo en brazos de chiquillo, y que no quiere verle tan desgraciado y tan ri- dículo corno, su padre! Porque a su padre también le conocí: fui su amigo íntimo cuando no era más que príncipe de Dacia, y muchos, muchos escalones le separaban del trono, maldito... Pero erás tú lo que hace el diablo: se mueren los dos hijos del Rey; el Rey también espicha, ¡y le sucede Felipe Rudolfo! Una catástrofe. Imagínate tú que Felipe Rudolfo era el picaro más feliz de la tierra. ¡Esposo de la Flaviani, a quien adoraba; padré, de Felipe, que era monísimo; loco por el arte, con. una inteligencia para la música... ¡Qué conciertos recuerdo yo en aquella casa! Todos los jueves iba Listz... L a vida más encantadora que puede soñar un hombre. Y me lo arrebatan de su hogar y me lo llevan a Dacia, a ese país de montañas peladas y de gente feroz... muy poético, todo lo que gustes... pero inhabitable... y reine usted, y olvídese de que tiene familia, amigos... Y anulan el matrimonio, y a la madre de Felipe la cubren de vergüenza, y a Felipe María me lo declaraban bastardo... y a Felipe Rodulfo me lo casan con una princesa de la rama de Edelburgo, una- mufyer con un palo seco, de. la cual no tuvo hijos... y le rema- chan. el grillete de; Rey... ¡Y ahora salimos con que les hace falta Felipe para sus chanchullos políticos, y, sin más ceremonias, nos le quieren robar. ¡Bueno fuera! ¡Tú y yo lo impediremos... -añadió estrechando las manos de la chilena- T ú y yo... Es preciso que os caséis, ¿lo oyes, chiquilla? Y os casaréis, ¡voto a r bríos! Y casado contigo, no le hacen Rey, de Dacia ni de bastos... L a historia de. la Flaviani fué, bueria para una vez... ¡No se anula tan. fácilmente un matrimonio contraído en toda regla, bajo las leyes de Francia! ¡N o s e repite a cada veinte años la farsa del repudio de una mujer intachable! -Pero, por Dios, Yalómitsa- -preguntó Rosario, con una tranquilidad que asustaría al que leyese en su pensamiento- ¿no se encontrará usted sugestionado con la aprensión de un imaginario peligro? Felipe María ha vivido muchos años ajeno a la idea de que nadie se acuerde de él para la sucesión al trono. Jamás le, he oído mentar cosa semejante. Me, parece que ve usted visiones. -Sarito, tú no entiendes palotada de políticar- respondió maj- estuósamente el bohemio, guiñando con malicia el ojo derecho, mientras el otro sonreía y brillaba- Hija mía, la política da muchas vueltas... mientras, nosotros dormimos y roncamos, y ni nos acordamos de esa arpía. Ya. te dije que hay en Dacia un pillo y un memo; que ambos quieren servirse de Felipe, bajo pretexto de que representa la causa de la independencia, la causa nacional... Lo sé de cierto. Uno de ellos vino- en persona a París... ¿Le ha visto usted? -dijo ansiosamente Rosario. -T Í X lo creo! Parece una lechuza... Es el vejestorio... E l Otro no vino; comisionó a un buen peje, Sebasti Miraya... Como que se dirigieron a mí para, que Felipe María les recibiese en audiencia (ASÍ dijeron los muy serviles) ¿Y les recibió? -insistió la chilena. -En su casa. -Y ¿qué resultó de la entrevista? -Que les ha regalado, unas calabazas mraumental. es. ¡N o s i Felipe conoce lo que le conviene! ¿Ha rehusado, dice usted? i -Solemnemente; ¿Cuándo? -Hace cuatro días... Rosario calló. Concordaba fechas, y la verdad se le aparecía, más que clara, refulgente. Felipe Maria no pensaba casarse con ella, hasta que el mensaje de Dacia le presentó la tentación de la corona. Para atarse las manos y no retroceder, para quemar las naves, en una palabra, buscaba a Rosario. No era el- amor ciego y victorioso, sino la. reflexiva cauteladlo que inspiraba a Flaviani sudeclaración bajo- el cedro en el jardín. Sus mismas palabras, que la muchacha descifraba ahora, lo probaban sobradamente. Bien decía Viodal; a Rosario le tocaba desempeñar el papel de la remora, del obstáculo. Por ella, y a causa de ella, no alcanzaría Felipe el puesto a que tenía derecho hereditario. ¡Y qué puesto! Rosario entendía que ninguna aspiración podía compararse a la- qué. renunciaba Felipe. ¡Reinar! ¡Un, Rey! ¡Sonora y misteriosa palabra, envuelta en púrpura y, en oro! La vieja sangre española hablaba en Rosario; el Rey era sacrosanto, era la majestad y el dérceho, la persona a quien todos deben amor y abnegación, el dueño dé vidas y haciendas... Des- púés de Dios, el Rey, y abajo del Rey, ninguno... A l par que la española de raza, entusiasmábase la- hija, de Chile al saber, que Felipe representaba, en su patria, la independencia... ¡La independencia! ¡Cuánta sangre vertida por ella; la del mismo padre de Rosario, que había muerto exhalando ese mágico, grito! ¡Un Rey! Felipe podía ser un Rey, si no se echaba al cuello la- cadena de un absurdo enlace... ¡Ah, Felipe María! ¡Rosario, te salvará, y tú no sabrás nunca cuánto te ha querido la mujer que va a rehusar tu mano, que a su vez va a colocarse en la absoluta imposibilidad de hacerte daño, de atravesarse en la senda, de tu grandeza y tu gloria! Con uno de esos arrebatos humorísticos que a veces provoca 1 a F (Se continuará. 18