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P o I o en P ue rta de Hi e r r o. La copa deD. Antonio Urquijo -ha sido ganada por el equipo asuL Y la señora de S f pondientés a los ganadores, conde de. Ruiseñada, conde de Yebes, marques- de Vülabragima, Mu (Foto Cerrera. r i a H s ¡üTrd C O M E NTA RÍOS A U N DISCURSO N o tiene necesidad D Manuel Azaña, presidente del Consejo de ministros, de ser todo lo estadista, todo lo inteligente, todo lo Bolívar y lo Bisrnarck que pretenden que sea sus admiradores hiperbó lieos, para haberse dado cuenta del distinto efecto que ha causado su discurso sobre el Estatuto dentro y fuera del Parlamento. Con que sea medianamente, sagaz, y a h a b r á podido comprender el por qué de las alegrías, de las emociones casi histéricas y de los entusiasmos sacados de quicio, del interior del Congreso, en contraste con la frialdad, l a indiferencia y el disgusto con que ha acogido sus declaraciones, por muy elocuentes que fueran, el resto del país. Y no podía ser menos. Hacs ya meses que voces de todas las tendencias, incluso neta, lealmente republicanas, vienen- haciendo resaltar el divorcio, cada día mayor, entre las Cortes y l a opinión pública. -Y las voces claman en el desierto. Porque el G o bierno, por las razones que sea, que no son de nuestra incumbencia, no quiere darse por enterado de esa evolución rapidísima d e l a opinión, que por días es m á s palpable y m á s estridente. Y se da el fenómeno curioso, y lleno de enseñanza para los aficionados a la técnica política, de una situación gubernamental, cada día más fuerte, ante las Cortes, y cada día m á s floja ante el país. Bien recientes están, si hubiera necesidad de pruebas materiales y no bast a r á la de la saturación del ambiente, todos los resultados de las votaciones de estos últimos tiempos en Academias, colegios profesionales y Municipios, donde el sufragio tira Í frenéticamente hacia la derecha, y t i r a r á más cada día, cada hora y cada minuto que se prolongue la situación. Y o no puedo creer que un gobernante de la talla que suponen al S r A z a ñ a sea Jan candido que no tuviera descontado el efecto que su discurso iba a producir entre la mayoría y las minorías circunstancial mente adictas del Parlamento. Y o tengo que presumir que, hombre de Estado, gobernante ultramoderno y esencialmente democrático, al escuchar las ovaciones y tener que soportar los abrazos y los apretones de manos, en los que entraba un tanto por ciento considerable de alegría de seguir viviendo, el S r A z a ñ a pensaría para sus adentros: C o n esto ya contaba. A h o r a falta lo otro. Y lo otro es el país, l a masa, la opinión, que es, pese a quién pese, l a que da y quita, l a que otorga los poderes para gobernar, la que crea los hombres y los gasta. Y la masa, Sr. A z a ñ a no le sigue a usted n i a su Gobierno por ese camino. L a masa, por sentimiento, por instinto! ¿quién ha sido el que ha dicho que en estos problemas no debe de intervenir e l sentimiento? por instinto, que es el único entendimiento de la masa, se ha colocado desde el primer día frente a lo. que repre- senta el Estatuto, y cada día que pase ¡o encontrará éste m á s densa y máb compacta contra él. N o basta que algunos políticos de optimismo inconsciente piensen que, ana vez logrado lo que se propone, el país se encogerá de hombros y olvidará. A la masa no se la c o n t r a r í a nunca impunemente. L a masa, como los animales, tiene buena memoria. Y un día u otro cobra su cuenta. Y querer gobernar en contra de ella es estéril e imprudente. Y además, como ocurre casi siempre cuando la opinión es tan unánime, en este caso la masa tiene razón, que es lo m á s grave. Tiene razón, porque, por encima de r sagaces tergiversaciones del problema, ella siente que en momentos de angustia mundial indescriptible, que reclaman como nunca naciones fuertes y unidas, decididas a defenderse con las u ñ a s y los dientes de todo lo que venga desde fuera, que es tan- to y tan amenazador, se plantea un problema interno que por encima de todos sus i n convenientes intrínsecos tiene f- I de l a i n oportunidad manifiesta. Y esta inoportunidad, que el Gobierno es seguramente el primero en lamentar, es l a desdichada consecuencia del ya famoso pacto de San Sebastián. Y a estamos debidamente enterados de lo crae allí se p a c t ó fué que el Gobierno se comprometía a someter a las Cortes lo que Cataluña hubiese plebiscitado. Naturalmente. Sólo hubiera faltado otra cosa! N i los firmantes del pacto, n i el Gobierno, ni nadie, podía hipotecar la soberanía de las Cortes. Pero l o que le irrita al país precisamente es que hubiera un compromiso previo, por insignificante que fuera, a ú n tambado por l a resolución soberana de las Corres á favor de una región cualquiera, pero de una solamente. Y mucho m á s cuando da la coincidencia de que esa región es precisamente la influyente, la decisiva, para lograr (así al menos lo creían entonces) el anhelado cambio, de régimen. De manera que lo que le molesta al país del pacto no es lo que se pacta sino cómo, por qué y con quién se pacta. Y por eso, toda la habilidad, toda ¡a elocuencia, toda la novísima oratoria del señor Azaña, hinchada por el entusiasmo de una Cámara que quiere seguir viviendo, ha formado una ola imponente que ha venido a estrellarse y a convertirse en espuma, contra el acantilado de granito de la opinión nacional. HONORIO M A U R A