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cliasmarinas y los marineros. Los cuatro grupos han vivido en Nueva York unos días deslizándose por los rieles imaginarios de las dos vidas paralelas que el Destino les deparaba: la vida oficial, en la que muchas veces los grupos coincidían; la vida privada, en la que siempre procuraron distanciarse, de unos, de otros, muy lógicamente. En la vida oficial pesaron sobre los cuatro grupos, gravitando en forma abrumadora: el deber reglamentario, la disciplina inexorable, los protocolos fríos, las necesidades de programa y las exigencias de los intereses creados, que algunas veces, yendo más allá de la lógica, utilizaban egoístamente la presencia de los marinos españoles en Nueva York. En cambio, en la vida privada, la magnífica libertad individual dio a los marinos españoles independencia de movimientos y soltura en la acción. Resultado? Triunfos personales, éxitos colectivos, victoria- general. Los marinos del buque- escuela Juan Sebastián Elcano conquistaron a Nueva York con su simpatía, su elegancia, su distinción, su cultura. Y por todas partes donde fueron han dejado la huella indeleble de su paso sugestivo. Las muchachas neoyorquinas, impresionadas intensamente por la galantería exquisita de los marinos españoles, se disputaron sus palabras, sus sonrisas, sus tangos... Y el amor ha hecho diabluras. Cupido, más ciego que nunca, lanzó sus flechas certeras con velocidad de ametralladora, y pasaron los días con precipitación vertiginosa. Llegó la fecha fatal. E l buque- escuela Juan Sebastián Elcano tuvo que levar anclas. ¡Era necesario partir... Fué imponente el último momento. Los oficiales, los cadetes y los marinos, a bordo, miraban a tierra con amargura; dominándose poderosamente su gran emoción. En el muelle, un grupo numeroso de muchachas contemplaba el barco blanco, que iba alejándose, sin ocultar su pena. Agitaban sus pañuelos, elevaban sus manos derechas, como los antiguos romanos al, saludar. Y sin preocuparse unas de otras, mirando todas ellas El buque- escuela español Juan Sebastián Elcano anclado en la isla, antes de entrar en Nueva York. Un oficial enseña al gato- mase ota de a bordo la instrucción. directamente á un determinado- marino de a bordo, exclamaban: -Que me escribas. -No me olvides. -Acuérdate de; mí. -Vuelve pronto. -Te esperaré. -Llámame en seguida. -Adiós. S e- i ó el barco. L a sirena ronca del buque- escuela se despidió de Nueva York. Las muchachas del grupo abandonaren el muelle silenciosas. Unas subieron en sus automóviles propios: otras en taxis; la mayoría, a pie, se hundió en la estación subterránea del Subway Y mientras Nueva York absorbía en sus poros inmensos e infinitos. aouellas aiujefcitas, en las que los marinos españoles supieron plasmar un recuerdo dulce El Juan Sebastián Elcano, blanco, ágil, elegante, desgarrando la superficie inquieta del rio que desemboca en el mar augusto, se llevó a España los mucha que. al alejarse de esta gran urbe maravillosa, pudieran aspirar un perfume delicioso de aventuras, que. en razón inversa de la distancia, iba estilizándose suavemente en el núcleo de una chispa de nostalgia, Una escena a bordo del buque- escuela español. En el fondo se vislumbran los que en los corazones de los muchachos- marascacielos de Nueva York. De izquierda a derecha: El capellán de a bordo, don rinos seguirá aún seguramente palpitando... Castor Rodrigues; el doctor Antonio Ramos, doctor Eugenio Herráis médicos del barcoT, el corresponsal de A B C, Sr. Fernández Arias; el oficial D, Pedro ADE- UÍL- O F E R N A N D E Z A R I A S Núñes.
 // Cambio Nodo4-Sevilla