Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
EL SALUDO DE LAS BRU 3 NOVELA, P O R EMILIA P A R D O (CONJIINUACIPN) BAZAN él ¡exceso de dolor, RóSario. se rió. L a risa- era crispada, agria, jfiscordante, pero YaloAiitsa la tradujo a su manera. -Ríete de los rnocfiaelOs. ¡Las despachaderas que les dio Felipe! -De ellos me río, Gregorio- -declaró, levantándose y paseando por el gabinete- ¿Habían de poder. más que nosotros? ¿Cuándo prevaleció nadie contra el arte, el arte sublime y divino? Y o he nacido artista, Gregorio, y artista moriré; sólo con un artista puedo unirme, sólo. la vida del arte me lisonjea. Te prometo hacer a Felipe mucho bien, Gregorio... Ahora abre ese piano y toca ahí la música de la dansa del chai. Estoy tan alegre, soñando- en mi boda, que tengo ganas de bailarla. Con un movimiento súbito, Rosario arrancó la flecha de oro que sujetaba su moño, y se desciñó la faja, roja de crespón, para que Hiciese de chai. Acordábase de la escena: del final. de Gioconda, y sentía no poder cjavarse un cuchillo, muy agudo, que partiese de golpe el corazón, para que cesase de latir, y de ¿oler... Arqueando los brazos y cogiendo la faja por ambos extremos, comenzó aquella danza lenta y provocadora, de lánguidas inflexiones, que a veces tiene un giro rápido, como vuelo repentino de. ave que se lanza al azul del cielo, y recae fatigada, co- lumpiándose en una rama. Los negros cabellos sueltos exhalaban, al flotar en el aire, embriagador perfume de violeta, y la cabeza, echada atrás, oscilaba al- ritmo suave del baile exótico... Y a l o- mitsa reía candorosamente, hiriendo las teclas, mientras, la banda roja describía espirales y venía a enroscarse al talle cimbrador de Rosario... A l siguiente día, en la edición de la mañana del periódico La Actualidad, sección de los Ecos que Dauff firmaba con el seudónimo de Topase, se leían dos noticias: la salida para Vlasta idel ilustre duque, de Moldau, consultado por un célebre facultativo, y la boda concertada dé un joven. de novelesco y alto origen, con una beldad, a quien servían de marco los cuatro elementos y de pedestal el arte... Y aquella noche, en la bandejita del correo, encontró Rosario una carta de letra desconocida; sólo contenía, estos, renglones: S i no es usted ambiciosa, y quiere de. veras a Felipe Leonato, no se case- usted con él. Y si es usted ambiciosa, lo mismo, pues casado con usted no le queda esperanza de llegar a ninguna parte. Rosario sonrió amargamente al arrugar! a carta y arrojarla con su sobre a la encendida chimenea. No era necesario el aviso, Sebasti Miraya; no hada falta ninguna. Antes de recibir tu anónimo estaba bien decidida Rosario. Inútil añadir grados a. la calentura de abnegación que la abrásate- T u aviso. Mita- ya, era tía rasgo de habilidad; era contar atrevidamente con la generosidad de una mujer, cuya atea habías leído en. su rostro; pero tu aviso llegaba tarde. Hecho nn rebujo, cayó en el fuego, y en cada fragmento del papel se encendió tina chispa de llama; tostados ya, adivinábanse aún letras. E n el espíritu de Rosario no quedaba, desde antes de leer- el anónimo, ni sombra- de incertidumbre. ni rastro de; egoísta vaci- lación. Era preciso, despejar la senda por donde marchaba Felipe, y pronto, y alegremente, o al, menos con tal ficción. de ale- gría, que engañase a. los más perspicaces. Y Rosario, llamando a su criada, dio varias órdenes terminantes, y repetidas, pidjó un ponche de ron y se acostó temprano. A l otro día se: levantó febril, pero disimuló las huellas de la lucha, moral con esos artificios de tocador, que en la juventud son infalibles y; después de pasada la juventud contraproducentes. Bañada, fresca, divinamente ¡peinada, se vistió un. traje flojo de lana blanca, que sujetó al talle con un cinturón de cuero! bordado de turquesas. Preparada así, subió al estudio. y encentró a Viodal esforzándose por rehacer la borrada cabeza de la Samaritana, inspirándose en la de una modelo, una jovenalla hermosa, pero de líneas poco nobles. Se interpuso la sobrina de Viodal, y dijo afablemente a la pobre muchacha: -Por hoy se. ha terminado la sesión. Puede usted retirarse. Apenas hubo descendido la caja de vidrio, volvióse hacia el Sorprendido pintor, y exclamó, con alarde de queja mimosa: ¿De cuándo acá, tío Jorge, tienes tú para ese cuadro más modelo, que tu Sarito? ¿Qué traiciones son estas? ¿Crees que me dejaré suplantar resignada? -Hija mía- -contestó el artista, manifestando extrañe za- no me parecía- decoroso que la futura nuera de- una testa coronada anduviese rodando por las Exposiciones... en traje de hija de Samaria y de pecadora... E l arte tiene sus fueros, pero no llegan a tanto. Y o respeto, tu decoro. -Mi- decoro y, sobre todo, mi gusto, es que aproveches esta pobre cabeza, que rio sirve para, otra cosa, en tus cuadros. -Para el tiempo que había de aprovecharla, Sari. -Si tú quisieras... la aprovecharías toda la vida. Viodal se incorporó, cogió de las manos a su sobrina, la llegó a sí, -y, mirándola de cerca, y con inquietud, exclamó vivamente: -Tú tienes algún disgusto grave, Rosario... En el eco de tu voz conozco las ganas de llorar, y que las reprimes... ¿Qué su cede? Vamos, explícate, sin cortedad... -Tío, lo que sucede... Mira, sucede que estoy arrepentida de haber pensado en bodas. Te sobraba razón; era. un desatino. N i yo le convengo a Felipe María de Leonato... o de Flaviani... ni él me conviene a mí. -Vamos- -dijo Viodal chanceándose- monos tenemos, riñitast de novios. -No, tío, yo no gasto monos ni riñas, hablo en serio... hasta cuando me río, hasta cuando canto y bailo. He reflexionado... también reflexiono... y antes se hundirá la bóveda celeste que casarme yo con Felipe María. -Querida, siéntate- -suplicó tiernamente Viodal- Serénate; tus manitas arden. Me parece que tienes fiebre... ¿A ver? Vaya... -murmuró, aplicando la palma de la mano a las sienes de. su sobrina- Calentura, pulso alterado, de fijo... ¿Qué te ha hecho tu novio? -añadió, frunciendo las cejas. -Nada, tío, nada. No he visto más a Felipe desde que hablé aquí contigo. D i orden de que si venía a preguntar por mí le dijesen que estoy indispuesta y que no recibo a, nadie. Créeme; lo que me pasa es que he reflexionado. ¿Soy incapaz yo de hacerme cargo de las, cosas? Tus advertencias eran el Evangelio; lo he reconocido, y se acabó. Pera mí, como si Flaviani rio hubiese existido nunca. ¿Pero... sigues... queriéndole? -preguntó Viodal, resistiendo heroicamente a sus impresiones de insensato júbilo. -No sé- -declaró Rosario- A veces creo que te quiero más a, ti. E l dejarte era una ingratitud, que, al fin y ál cabo, me hubiese hecho desgraciada; a bien que no llegué a cometerla. Si me estimas, olvidemos este episodio... y tómame por modelo... y... y por, lo que quieras... ¡Por lo que. quieras! -Piensa bien lo que dices, Rosario- -balbuceó Viodal, sintiendo que no acertaba a dominarse- No eres una niña que desconozca el sentido de las palabras que pronuncia. Tienes ya vein- tidós años cumplidos, y te has educado... un poco a la norteamericana. Y o paso de cuarenta. Soy un viejo. Si me haces soñar y después me despiertas... ¡Ah, Rosario! me das la muerte... No parecía en aquel momento Viodal un viejo, ni siquiera un hombre maduro. Las. arrugas y las tintas amarillentas, que un padecimiento hepático, había extendido sobre su cara, larga y huesosa, inteligente y entristecida, desaparecían cómo por encanto al, conjuro de la pasión. Sin duda, era, más que un viejo, un en; (Se continuará. 17 IIIHÉBÍHIIIliliri
 // Cambio Nodo4-Sevilla