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MARINEROS DE LA GUARDIA pa esto, pero tal es la verdad. Así es que la obra de Sotomayor, donde hay color, luz, dibujo, composición y espíritu ha sido acogida como aura de mayo y el público la respira y saborea. Además de varios magníficos retratos, de los que me ocuparé en otro artículo, Sotomayor ha presentado muchos cuadros donde copia ccn artística veracidad tipos y costumbres de su amada Galicia. Bajo los ar cos macizos y sombríos de la rúa del Villar pasan gentes del pueblo. Van juntos en pareja un nombre y una mujer. E l rasurado el rostro enjuto y malicioso, donde los ojos, de agudo mirar, remedian la lasitud del labio, que avanza y cuelga Un poco sobre el mentón. Una chaqueta ribeteada de negro, un sombrerote calado hasta las orejas, son el traje de fiesta que trajo este hombre desde el campo a la ciudad, para hacer en Santiago, moderna Babilonia, las compras meditadas durante meses. Junto a tan ladino varón, parécese la mujer, xle facciones ainlias, algo duras, y ojos negrísimos, tamién de mirar escudriñador y desconfiado, ya que en la ciudad hay que estarse siempre muy despierto y alerta. Unos pañuelos de colores vivísimos le ciñen ia cabeza y se prenden sobre su pecho, mientras el brazo sujeta un negro mantón. Otras mujeronas, unas donosas niñas aparecen mas a! sol, en plena calle, revestidas también de pañuelos multicolores, y por la otra acera pasan las sombrías figuras de dos sacerdotes, que van despaciosos, tal vez camino de la Catedral. Todos ellos viven intensamente, con fuerza insuperable, sujetos al cuadro por la magia potente del pincel. Una mujer portea un canasto. Sus manos lo sujetan, con el eterno gesto de las Cariátides, sobre la cabeza, y, soportando el peso, la paisana lleva tal vez a los señores del Pazo la humilde renta de unos foros, unas cuantas mazorcas de maíz, un gallo atado por las patas. E Así cruza un saudoso paisaje gallego, de cielo melancólico y luz azulada y tranquila. A lo lejos verdean unas montañas; más próxima, el agua soñolienta de una ría reposa entre amables ori- y Has. Suben chopos picudos; redondéanse unos pinos y el follaje azulado de los eucaliptos sube por el aire encalmado. Las paredes y la modesta espadaña de una ermita aparécehse blancas a media ladera, y más próxima una rapaza lleva las vacas al pasto. Todo el ambiente es de paz, de esa paz que nace de un trabajo diario y de una resignación comprensiva. L a mujer también es modelo de apacible sosiego. Su rostro no podrá jamás agriarse tii enfurecerse. Sabe lo que la vida puede dar de sí y no pedirá otra cosa. Los ojos tranquilos, algo soñadores; la boca Casi sonriente lo dicen claramente. De tal modo la vio el artista y la guardó para siempre en el lienzo. Los marineros de la Guardia atraviesan la plaza del pueblo, yendo, probablemente, en busca del barco que los ha de llevar océano adelante, persiguiendo la dudosa cosecha de los mares. Son abuelo y nieto, de pura raza céltica ambos. Lds separa en la vida un gran espacio de tiempo; mas tal vez en una noche de borrasca las olas borrarán esa diferencia y los igualarán en la muerte, que no conoce edades. Por el momento van caminando. E l abuelo lleva al hombro un haz de recles. E l chico sostiene con mano firme el astil de un remo. Van a la mar, y las casas de la plazuela los ven irse con ese aire indiferente que tienen las moradas casi siempre- vacías de sus habitantes. E l rostro del abuelo fué curtido por galernas y chubascos. E n J la boca entreabierta se ve el negro de una amplia mella. Otros dientes lucen entre labios marchitos. Los ojos aún guardan fuego juvenil no obstante haber llorado bajo el empuje de las ráfagas y entornádose al fuego cegador de las cabrilleantes aguas. Un mechón de canas se revuelve sobre la frente rugosa, y la barba mal V afeitada crece desigualmente en torno del rostro enérgico. En el chico todavía dura la flor de la juventud. Tez fresca, pelo encrespado y rubio, claridad en. los ojos muy abiertos, que aún desafían los hados y la suerte. Es un adolescente fortachón, hecho ya al rudo oficio de la lucha sin tregua de la mar. Van hacia ella con el ánimo sereno de alguien que se encamina a la labor diaria, donde no caben sorpresas ni imprevistos, y donde cada gesto es medido con ademanes parcos. Así b o g a r á n por las ondas hasta el día en que sus destinos hayan de cumpliese. De más reposada actividad dan muestra las vendedoras de frutas que, al amparo de la fresca sombra de unos árboles, ofrecen rojas y amarillas manzanas. Son dos mujeres de tipo muy distinto. Morena, agitanada la una, encrespados los cabellos, renegrida la tez, negros y profundos los o j o s que miran con centelleo de mediodía. U n pañuelo floreado ciñe el busto aún grácil, miehtras, como Eva, Y ofrece la poma a un Adán que puede ande cerca. Junto a ella, Marica como la leche, otra campesina aguarda Serenamente el resultado comercial de la venta de las manzanas. Esta tranquila muj er se envuelve en un fulgente chai amarillo, admirable de luz y dé color, y es como un fondo de llama que hace destacar el rojo profundo, el negro ardiente de su tostada vecifta. 1 MAÍJRICIO LÓPEZ X ROBERTS, VENDEDORÁS DE FRUTA Marqués de la Torrehermosa