Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
LUDO DE LAS BRUJAS NOVELA, POR EMILIA PARDO BAZAN (CONTIGUACIÓN) iveje cido, y la fuente, del sentimiento corría viva y fresca debajo del marchito follaje de otoño. Ardorosas ilusiones transformaban su cara, chispeando en sus ojos castaños, llenos de luz, y dilatando sus labios todavía, sinuosos y turgentes. L a austeridad del método que Viodal había practicado se revelaba en aquella fuerte y sana emoción, delatando un organismo rico aúa de savia vital. -También te daría la muerte al apartarme de ti- -declaró Rosario, que necesitaba exaltarse en la abnegación- No tengas miedo, no te despertaré. Yo sí que soñaba... disparates. Tú me abriste los ojos. No será Rosario Quiñones quien sirva de estorbo a su marido. Y o estaba ciega. Ahora veo, ¡te veo a t i! Una dulce mirada, límpida, inconmensurable, como el sacrificio, completó la frase y envolvió al pintor, que con timidez suma se había aproximado a su sobrina, ocupando el ángulo del amplio diván, en esa posición que ni es. estar sentado ni acabar de arrodillarse. Los que nunca esperaron una dicha grande, la reciben, cuando llega, sin esa embriaguez y esa arrogancia provocativa y graciosa de los acostumbrados a ser felices. Viodal notaba en sí impulsos de pedir perdón a Rosario; de cuanto podía inspirar la seductora Samaritana, lo único que en aquel momento advertía el pintor era una compasión, una dolorosa piedad, como la que sienten las madres a la cabecera del hijo enfermo. E l momentá, neo arrebato amoroso declinaba a efusión espiritual, purificada, melancólica. Fué preciso que la misma Rosario alargase la mano, tomase la de Jorge, la acercase a su rostro y la besase santamente. iVIII EL HILO. Mientras Rosario sé arrojaba a la sima cerrando los ojos, Felipe María pasaba de la sorpresa a la extrañeza, de la extrañeza a la ansiedad, y de la ansiedad a una exasperación furiosa. Las etapas de estos diferentes y sucesivos estados de ánimo fueron como sigue: Empezó sorprendiéndose al leer en los Ecos de Dauff, que solía recorrer al vuelo antes de saltar de la cama y vestirse, la noticia de su boda con Rosario. A la impresión de sorpresa siguió la de extrañeza, en la cual entraba, sin que él se diese- cuenta exacta de que era así, una especie de enojo: algo de apreciación malévola del hecho. Sólo por la chilena había podido saberse la noticia, pues sólo la conocían Rosario y él. ¿Era discreto en Rosario publicarla tan pronto, antes de comunicar a su futuro la opinión y el consentimiento de Viodal, antes de que la proposición la confirmase el pretendiente, yendo a solicitar en toda regla la mano de la que amaba? Y Felipe, no acertando con otra razón de la ligereza de Rosario, la atribuía a un impulso de vanidad, al deseo de divulgar cuanto antes lo que la halagaba. Esta idea de Felipe era, en el fondo, una idea hostil, una idea antiamorosa; y lo que él no adivinaba era que el movimiento de desagrado al leer la noticia nacía del mismo móvil que le había impulsado a refugiarse en el amor. Desde la entrevista con los enviados de Dacia, el sedimento depositado en el alma de Felipe María subía fácilmente a la superficie. E l trabajo que se verificaba en su espíritu nacía de que para Felipe había cambiado un sentimiento, del, cual se derivan necesariamente las acciones, a saber: el concepto de sí propio. Sin saberlo, quizá, contra sus más firmes propósitos, Felipe María se creía otro... otro de lo que era antes, otro que el resto ¡de la especie humana. Habiendo rehusado el alto puesto que se le ofrecía, no por eso dejaba de estimarse ya como legítimo. dueño de él. Sus derechos existían, y estaban allí presentes, encardados en su persona, unidos a un cuerpo mortal, pero consagrado, ungido, por la sangre que llevaba en las venas. A la verdad, Felipe María no pensaba así; y, sin embargo, así sentía. Los sentimientos no los elegimos; se nos vienen, se crían como la maleza, que nadie planta, y que inunda la tierra. Y los sentimientos delátanse a veces, en puerilidades, sin valor aparente, en realidad elocuentísimas, reveladoras de la verdad psicológica, como ciertos síntomas leves denuncian enfermedades mortales. Si Felipe María, pudiese ahondar en su corazón, traduciría de corrido impresiones, al parecer, indescifrables; vería por qué le había hecho tilín la pregunta de un servidor acerca del tratamiento; por qué le había molestado, como nos molesta el codo de un vecino de ómnibus, el familiar tuteo de Yalomitsa; por qué hombres que sólo le habían hablado durante una hora estaban siempre presentes a su recuerdo; por qué los aires dacios y el himno de Ulrico el Rojo, en especial, le habían causado involuntario escalofrío de placer; y, fialmente, por qué en la noticia de su boda, que publicaba La Actualidad, como si tratase de un eco semimundano, sin fórmulas de respeto, cordialmente, percibía algo que le sonaba a impertinencia y le infundía tentaciones de decir cuatro frescas al periodista... No porque Felipe María hubiese sido. excluido de su rango social dejaba de sufrir la influencia de su origen. Si hay algo que imprima un carácter indeleble, es el sacerdocio y la realeza; y. más aún esta última, porque está en la masa de la sangre. Las dinastías reales, suele fundarlas un hombre de acción, capaz de conquistar y de vincular. en su estirpe lo conquistado. Tiene esta clase de hombres, necesariamente sanguíneos, más vehementes las impresiones, más devorador el deseo, la voluntad más incontrastable que los demás, humanos. Aunque la raza degenerenla costumbre de ser obedecidos conserva íntegra la fuerza de querer y el convencimiento de que sus indicaciones son leyes. Los de estirpe regia no son vanidosos; la vanidad es una torre sin cimiento; no son tampoco capaces de soberbia ni de grosería; por lo mismo que se reconocen a gran distancia de los demás hombres, no exhiben neciamente su personalidad, y saben tratar a todos con exquisita cortesía y gran dulzura. Pero este mismo cuidado que ponen en mitigar su esplendor, dice a voces qué no lo olvidan ni un segando. Y la continuada preocupación de no herir la vista de los que la elevan para mirarles, les recuerda su propia elevación y cuanto les separa del resto de los mortales, como el cuidado de esconder la garra recordaría ál león que la posee. No había necesitado Felipe María adoptar tales precauciones, puesto que jamás le habían tratado como a persona real. No obstante, algunos amigos y conocidos suyos indicaban a veces que no le tenían por un ciudadano igual a otro cualquiera. L a misma humillación infligida a su madre; los pasos, manejos y trámites que precedieron a la ruptura del matrimonio; los rencores de la mujer desdeñada y ofendida; las alusiones a sucesos, que siempre vivían en la memoria, eran otras tantas causas determinantes del carácter y. la complexión moral de Felipe. De estos antecedentes dimanaba su afición a la vida refinada y retirada, que satisface la altivez y los instintos de independencia, y es un medio de situarse más arriba que la multitud. L a injusticia, que a veces infunde resignación, otras veces afinca, en el alma, como agudo y férreo clavo, la noción del derecho. Y la levadura vieja de la ambición maternal tenía que fermentar al contacto del aire, que agitaban las palabras de los dos enviados. Por eso Felipe deseaba embriagarse con el. vino de la pasión. Quería defenderse de sí mismo, y no. encontraba a qué asirse más que al atractivo de Rosario, contra el cual había luchado hasta entonces. Sabía que Rosario era mujer capaz de fascinarle continuará. M
 // Cambio Nodo4-Sevilla