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La calle de Fuencarral, vista desde la Glorieta de Bilbao, el día de la fiesta del Sagrado Corasón (Foto Duque. gislación- vigente, en los que la justicia llevó siempre la mejor parte. M r s Meyrick era dueña de diversos night- clubs, que gozaron simultáneamente del favor popular y la desaprobación oficial, y su principal negocio consistió en la venta de bebidas alcoh licas durante las horas en que en Inglaterra rige, ai menos en los sitios de público esparcimiento, -una ley seca de relativa severidad. Mrs. Meyrick guardaba fielmente las leyes siempre y cuando no le estorbasen, y, pasada io hora hasta la cual estaba oficialmenté autorizada para vender alcoholes a sus clientes, hacia caso omiso de los Reglamentos y continuaba sirviendo bebidas al precio que le parecía justo. E n otros países no habría habido delito ni tampoco ganancias fabulosas; pero en Inglaterra se ordenan las cosas de distinto modo. Y aunque la señora de Meyrick estaba resignada a seguir acumulando libras esterlinas, los conflictos con la justicia y un conocimiento demasiado íntimo del interior de diversas prisiones, le han llevado a hacer propósito de enmienda y a renunciar para siempre sus lucrativas empresas. de Jesús. y un minuto. Sus clientes, de acuerdo con ella, se prestaban a pagar a buen precio la entrada en el ¡ocal, y a triple precio lo que bebían durante horas prohibidas. Pero las autoridades se atuvieron a los dictados de la ley, y en más de una ocasión la Policía, informada por sus sabuesos de lo que venía ocurriendo noche tras noche en determinados locales, irrumpió bruscamente en ellos, comprobó la existencia del delito, cer r ó el cabaret y condenó a M r s Meyrick a pagar la multa correspondiente. L a reincidencia elevó la pena a prisión; pero entre tanto, M r s Meyrick tuvo tiempo suficiente para hacerse célebre dentro y fuera de Inglaterra, anotar en su contabilidad i n gresos calculados en medio millón de l i bras y mejorar la situación social de su familia, hasta el punto de que dos de sus hijas, encantadoras muchachas, que concurrían asiduamente a los mejores night- clubs abiertos por la mamá, hallaron su felicidad uniéndose en santo lazo a dos. jóvenes pares del reino, cuyos títulos hoy ostentan con orgullo. Los establecimientos de M r s Meyrick, como todos los night- clubs de Londres, eran Círculos privados, y para obtener acceso a los mismos la condición de- socio era aparentemente indispensable; pero la propietaria no hacía hincapié en este requisito, y mediante el pago por persona de una suma que oscilaba entre cinco chelines y una l i bra, según la categoría del local, franqueaba la puerta al primer llegado. Los ingresos por este concepto le proporcionaron en diez años cantidades hoy equivalentes a unos cinco millones de pesetas. Según dice ahora, se contentaba con imponerle un recargo del trescientos o cuatrocientos por ciento al precio normal de todo lo que consumía su- clientela puede que se haya quedado corta en la confesión, porque en lo tocante a los precios no se quedaba escasa, desde luego. Pero a una parte, al menos, de esa concurrencia le importaba- poco la cuestión de los precios. Cierta noche llegó a uno de los Clubs un rey del algodón que obsequió con Champagne a los presentes, comprando a Con lo cual sale perdiendo la vida nocturna de Londres. Los centros de diversión dirigidos por la ilustre M r s Meyrick no eran antros exclusivamente poblados por los bajos fondos de la gran metrópoli; eran, simplemente, lugares más o menos lujosos, según su diversa categoría, en J o s que se. congregaban personas de la aristocracia y personas de menos distinción social, sin otra finalidad que la de dedicar unas horas a la exhibición de sus peculiares dotes coreográficas, alternando este sano ejercicio con el consumo de alimentos, convenientemente rociados de alcoholes. E n esto último estaba ei conflicto con la ley, pugna fatal, que, según M r s Meyrick, no habría existido si las leyes inglesas no se obstinasen en vedar cosas que en otros países son perfectamente lícitas a todas horas. L a interesada juzgaba absurdo que el hecho de injerir una copa, legalmente autorizado hasta las once cincuenta y nueve de la noche, se considerase punible a partir de las doce 1 este efecto cien botellas a veinte duros cada una, y además regaló al director del restorán las existencias de cigarros puros, a duro la pieza. U n conocido empresario teatral gastó dos mil libras en veinte noches consecutivas. Según M r s Meyrick, los propietarios de caballos de carrera gastan espléndidamente; en cambio, los duques son más parcos, v los jockeys les aventajan con facilidad. L a dependencia participaba en los beneficios. Las señoritas tanguistas ganaban entre veinte y treinta libras por semana; algunas, hasta ochenta libras semanales, y un millonario algo ebrio, enterado de que a una le hacía falta un abrigo de pieles, le regaló un cheque de quinientas libras para que se lo comprara a su gusto. Casi todas estas j ó- venes y todos los camareros poseían automóvil propio, pues aunque el sueldo de los últimos era una modesta libra al mes. en. propinas sacaban un promedio de mil libras anuales. Los gastos de explotación alcanzaban cifras fabulosas; cuatro mil libras al año en alquileres, diez mil en ornamentación, dos mil en alumbrado, y cien mil libras en diez años para pagar a las orquestas y a los números que actuaban en sus cabarets. Afirma M r s Meyrick que, entre gastos, multas, minutas de abogados y otras cosas, los veintitantos millones de pesetas ganados en el decenio se han disipado como, el humo; y a estas horas ni es dueña de un penique ni sabe qué idear para rehacer su fortuna. L a moral no puede menos de aprobar el desastroso fin de sus empresas, pero J u s t o es lamente, en estos tiempos de crisis y süitáticlosc en el punto de vista económico, que haya fracasado uno de los pocos negocios que parecen capaces de florecer con provecho para el d u e ñ o y también es lástima que en estos días de vida difícil y negrura de horizontes no sea posible tomar una copa después de las doce de la noche sin quebrantar la lev y sin tener que pagar por tan dudoso- privilegio una suma totalmente desproporcionada al valor real del consumo que se hace. L u i s ANTONIO B O L Í N T