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El navegante solitario Theodor Helm. Cuá- tló él pudiera, si pudo romper aquel cristal, cuando pudiera abrir l a puerta, el vómito del mar le inundó, y ya la imagen del poeta del reportaje francés es una estampa borrosa: la del hombre a manotazos con el block del mar. Albert Londres tiene, visto con ojos contemporáneos y españoles, una personalidad definida. Primeramente, para algunos de los que hemos dedicado alguna actividad al reportaje, sacando o intentando sacar lo afortunado a costa de victorias sobre las dificultades. Albert Londres simbolizaba el talento personal ayudado por la voluntad colectiva. Después... E l que Albert Londres fuera un as del reportaje, un poeta del reportaje y casi un ángel del reportaje, no ocurrió, naturalmente, por casualidad. E n el siglo pasado- -salvando a algún cronista que hacía una verdadera i n c r u s t a c i ó n de una cosa en otra- -el periodismo aparecía como algo independiente y subalterno a la literatura. Como una especie de escala de reserva o de cuerpo de aspirantes, a lo más, para en su día salir con un tímido libro de cuentos o uno de aquellos volúmenes que se titulaban De mi cartera, De mi archivo, etc. Luego las exigencias de la vida, los imperativos categóricos del hombre- escritor, le hicieron pasar de l a literatura pura, del arte como abstracción, a las actividades periodísticas, a la colaboración viva sometida a la dictadura de la actualidad y aun del sensacionalismo. Pero pasaba el literato al periodismo sin abominar de éste, sino procurando Ikvar a la revista y al periódico una novedad, una viveza y un decoro, que ponía una barrera entre un nuevo modo de comnrender y decir y aquel periodismo matalón, del aconsejamos al Gobierno y de la orgía del gerundio. Así, Albert Londres tenía sus orígenes l i- El nuevo gobernador de Sevilla. El xi de mayo salió de Lisboa para Nueva York, en iin barquito de goma, de seis metros de largo, el navegante solitario austríaco Theodor Helm. Según noticias recibidas en la capital portuguesa, la embarcación ha sido recogida por un transatlántico cerca de Canarias. Se supone que Theodor Helm ha perecido, antes de llegar a dichas islas. (Foto remitida por Benoliel. L A N T E R V 1 U A L A GARA D E L A MUERTE Ultima aventura de Albert L o n dres N o me atreví a hablar de l a presunta muerte de Albert Londres porque daba algo menos y algo m á s que miedo, porque daba no sé q u é escribir su epitafio incierto, tantear un cadáver sólo posible, balanceado en el clima de la duda, en su pavoroso equilibrio inestable, en ese momento en que los que fotografían con el magnesio literario del tópico llaman estar con un pie en la sepultura ¡Y qué sepultura l a suya, Dios m í o! Agua en vez de tierra y llamas de peces, en lugar de llamas de ciprés. Ü n epitafio así habrían de escribirlo los grandes pájaros marinos en las desveladas ve as de una fragata en ruta de infinito. Varios días estuve- -estuvimos- -con el oído atento a los altavoces de la radioa los. golpes del telégrafo, para cír la noticia esperada, la noticia que parecía que tendría que llegar hasta nosotros como ese bronco y grave rumor de caracolas que tan sensacional fué para nuestros oídos atónitos de la infancia. I Se trataría, simplemente, de un pesado y genial chantage funéreo, tan gi ato de imaginar, y surgiría debajo de l a misma muerte el gran repórter con un libro debajo del brazo náutico, campeón de las olas Y a me parecía contemplar en los escaparates el libro: Verdadero reportaje de un náufrago. L a banda del Vient de para tire, sería entonces como el salvavidas del libro casi postumo. Pero no ha sido así. Parece que no ha sido así. (Soltar ese parece es. como cortar el tubo de respiración de un buzo y dejarle definitivamente sin auxilio dando con la cimera de caballero del mar en los castillos de coral de la muerte submarina. L a confirmación oficial de su muerte lia llegado. D e l Durham- Castle han desembarcado eñ Marsella doce pasajeros salvados del naufragio del Georges Phüippart. Y entre ellos no está Albert Londres. U n o de los sobrevivientes, un tal M Jullien, vecino de camarote del famoso repórter, ha hecho una declaración sensacional. Monsieur J u llien ha dicho que cuando abandonó su camarote, entre las llamas, oyó claramente en el de Albert Londres voces de auxilio. S i n duda- -considera demasiado tranquilamente M jullien- debía de haberse cerrado por dentro con la cerradura eléctrica, que no pudo abrir por el humo y el azoramiento. Se e x t r a ñ a mucho luego M Jullien de que a Londres no se le ocurriera ganar el pasillo, rompiendo el cristal de la puerta... ese cristal que igual se hubiera podido romper desde fuera por cualquier M Jullien que oyera sus gritos de angustia demandando el auxilie que no tuvo. Allí parece que se fué al fondo del mar, encerrado detrás de aquella puerta tozuua, que era la puerta de la vida. Después. Don Eduardo Valera Valverde, que desempeñaba el. -Gobierno civil de Córdoba y ha sido designado para substituir en Sevilla al Sr. Sol. (Foto Torres.
 // Cambio Nodo4-Sevilla