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LUDO DE LAS B NOVELA, P O R EMILIA P A R D O (CONTINUACIÓN) S e r á preciso acabar de desenredor l a madeja, cueste l o que cueste- -pensó, mientras l a duda y l a sospecha cruel le hacían zumbar el cráneo. cadas por el bohemio al violín y el cántico feroz de U l r i c o el Rojo, Felipe dijo a M i r a y a ¿A d i v i n a usted la causa de que le haya suplicado que v i niese? -Señor... -contestó M i r a y a pesando sus frases- M i s deseos pueden engañarme, y temo que Vuestra Alteza me despierte de un sueño halagador. ¡A h! S i Vuestra Alteza me llamase para decirme que, en un momento de abnegación, nos otorga lo que le hemos suplicado, el día de hoy sería una gran efeméride en l a historia de Dacia. ¿Y por qué no? U n a inteligencia como la de Vuestra Alteza debe de ser el mejor consejero. -Maldito si he pensado en política, Sebasti- -respondió F e Upe, sin notar que aquellas palabras evasivas dejaban abierta l a puerta a todas las suposiciones, que M i r a y a consideraba halagüeñas- Crea usted que la política andaba por las nubes cuando se me ha ocurrido molestar a usted. -Entonces, también adivino- -respondió M i r a y a apoyando como al descuido en el significativo adverbio: Apostaría la cabeza a que se trata de cierto eco de La Actualidad. Dauff, cumpliendo un deber, h a b r á venido a excusarse con Vuestra Alteza... -M e pinta usted un Dauff visto al través del entusiasmo dad o N o M i r a y a L e tropecé casualmente en el bulevar... y platicamos un poco... -Plática desagradable- -declaró M i r a y a sencillamente- L a noticia era una impertinencia del género nocivo. ¡Y tan nocivo! S i yo lo dudase, me bastaría la actitud de Nordis... -S í Nordis parece que intervino... P o r cierto que no me explico bien su papel... Sacudiendo la ceniza, M i r a y a respondió, como si hablase consigo mismo: -B i e n montada tiene la policía el gran duque. Ocho horas después de nuestra salida, tomaba el tren para P a r í s ese conde de Nordis, que es el brazo derecho y el factótum de nuestro enemigo. L a cartera de Nordis venía atestada de letras y billetes, de seguro; porque el gran duque sabe que hay momentos en que un franco vale un luis... -H á g a m e usted el favor de aclarar todo eso- -exclamó F e lipe- ¿P a r a qué ha traído dinero Nordis? M e parece que el combatir la candidatura de una persona que empieza por renunciar no exige grandes dispendios... -Señor, el hermano del Rey no comprende que Vuestra A l teza haya podido renunciar... L e inquieta eí movimiento que se ha iniciado en Dacia. E s pasmoso... digo, no, es natural porque la idea estaba madura, y sólo faltaba la- chispa que inflamase l a pólvora... U n ejemplo: el gran duque había prohibido l a entrada en. Dacia de un solo retrato de Vuestra Alteza. Pero yo revolví, todos los talleres de fotografías de P a r í s a caza de un buen cliché. E n casa de Nadar descubrí uno soberbio, de busto... lo que deseaba. Encargo copias... ¡E s t e P a r í s! E n pocos días, centenares... Y allá van las copias, y a estas horas las damas de Dacia tend r á n en su gabinete la fotografía, adornada con lacitos de los colores nacionales, rojo y blanco... L o s lacitos se me ocurrió que fuesen de aquí también. S e r v i r á n de divisa a los felipistas... N o estoy descontento de la idea. E l sorprendente parecido de Vuestra Alteza con el Rey nos da andado la mitad del camino. -Y o suponía- -observó Felipe, dejándose llevar insensiblemente a donde quería Miraya- -que en el país no conocían mi existencia... -Mucho se ha trabajado para que así fuese, pero hemos roto la telaraña. H o y el pueblo, l a nación, l a opinión verdadera, y, sobre todo, los que desean tener una patria independiente, cifran sus esparanzas en Felipe María. E l hecho de la coalición es bien significativo. N i el duque de Moldau puede sufrirnos, ni nos- BAZAN IX MIRAYA SE INSINÚA Felipe tomó un coche para llegar a su casa sin dilación. E n cerróse en el despachito- biblioteca, y, apoyando los codos en l a mesa- escritorio, pensó, discurrió, redactó mentalmente una carta, la trasladó después al papel, y, descontento, parecí éndole. que allí no se concentraba bien la médula de su intención, desgarró dos o tres borradores. A l fin sacó uno en limpio, y, cerrado el s o b r e l ó selló, hincando en el blanco lacre un precioso camafeo griego, engarzado en un mango de oro. Después llenó un petii blúe. Llamó y encargó a Adolfo el pronto despacho de ambas misivas; una, que debía entregarse en propia mano; otra, telegráfica. Cómo medio de entretener su impaciencia y rastrear algo del misterio en que se envolvían los sucesos m á s recientes, se le había ocurrido llamar a Sebastián M i r a y a E l hecho era innegable; a pesar de su repulsa, M i r a y a seguía considerándolo candidato al trono. ¿Y qué podía hacer M i r a y a en P a r í s sino continuar sus trabajos iniciados, llevar adelante l a conspiración felipista? -Después de todo- -se decía Felipe- en su lugar, acaso h i ciese yo otro tanto. N o es obstinación, es patriotismo en ¡ellos el no desalentarse y el buscar medio de comprometerme. M i r a y a recibe, sin duda, instrucciones y recursos de allá... L o que me e x t r a ñ a es que no hayan intentado volver a verme... ¡Con qué dureza les r e c i b í! Y la idea de conversar con M i r a y a causó a Felipe una de esas impresiones de exaltación pasajera y grata que siente la. mujer cuando, encuentra en alguna parte, i m pensadamente, al enamorado que desairó, y que la quiere todavía... A M i r a y a iba dirigida la esquela- telegrama. Recordaba las señas del hotel del periodista, y con reservada fórmula le señalaba hora para aquella misma noche, y si no para la m a ñ a n a si- guíente. A l dar este paso, Felipe creia, con cierta buena fe, que obedecía únicamente al deseo de interrogar a M i r a y a sobre la famosa rectificación. Capaz sería de decir que le calumniaba quien asegurase que, al intentar aproximarse a M i r a y a después de una despedida que parecía definitiva, le arrastraba el imán de un sueñ o de grandeza, el fiat apagado de la voz que se recata en lo m á s hondo de nue stra ciega voluntad... N o se equivocó M i r a y a en este punto al recibir l a tarjeta. U n a sonrisa de triunfo brilló en su inteligente y plebeya boca. -Muerde el cebo -pronunció en alto, con jubilosa entonación. ¡Y cinco minutos antes de l a hora señalada, con l a puntualidad excesiva que es de rigor en las audiencias, M i r a y a llamaba a l a puerta de Flaviani, y decía desenfadadamente: A n u n cíeme usted a Su A l t e z a Y Adolfo, cogiendo la ocasión por los cabellos, se apresuró a anunciar, sin la menor protesta por parte de su amo: E l Sr. M i r a y a desea saber si S u Alteza puede recibirle. Introducido en el fumadero, M i r a y a aceptó una taza de café exquisito, una regalía y una copa del famoso coñac de naufragio. Pocos momentos después de l a llegada del periodista, tocó Felipe el timbre de plata, y dio a Adolfo esta orden inverosímil; S i viene por casualidad Yalomitsa... decir que he salido y no dejarle pasar de la puerta. Y Adolfo, criado modelo, no pestañeó al contestar impasible: B i e n está. Vacias las diminutas tazas, encendidos los tabacos, en el recogimiento de aquel mismo fumadero oriental, en cuyas telas de colorines parecían jugar aún las bravias y estridentes notas arran- X
 // Cambio Nodo4-Sevilla