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A ct ua I i d a d madrileña FIESTA EN EL RITZ. -Con asistencia de algunos miembros del- Gobierno y los representantes diplomáticos nos, se ha celebrado en el hotel Ritz la fiesta patrocinada por el Club Femenino Lyceum. en honor de las de Ciiba, Costa Rica y Chile. (Foto Días Casariego. acaso sin ellos no hubiera logrado iamás. Se cl ice que mataron a Castilla. E s cierto. Carlos V se puede decir que acabó con Castilla, pero fué para transformarla en España. Esto es lo que conviene retener en la mente. Para los que piensen en castellano (y en catalán) Carlos V fué una contrariedad; los que piensen en español no pueden olvidar que Carlos V colocó sobre el tablero del mundo una cosa tan considerable como es esa palabra. E s p a ñ a en lugar del limitado y provinciano nombre de Castilla -Otra cosa tenemos que tener presente y confesarla con toda honradez: en la época de los dos primeros Austrias quedó marcado el tipo español. Hasta entonces la personalidad española fué vaga, difusa, sin verdadero acento; pero desde Carlos V se pronuncia, se afirma y agranda su carácter en una forma decisiva. Para el bien o para el mal, para el odio o la admiración, el mundo conoce desde entonces a un espécimen hu mano hecho de altanería, de audacia, de pundonor y de obstinación valerosa. E s el hombre que se cree nacido para señorear naciones. Y esta idea grandiosa nace al calor de la brillantez imperial de Carlos V N o tenemos ahí el ejemplo. de América? Mientras E s p a ñ a no sacude sus últimos resabios medievales, la expansión en las Indias es lenta y no se decide a salir de la cuenca del mar Caribe; pero Cortés y Pizarro, rápidamente, se lanzan a conquistas de gran envergadura V se gozan en añadir imperios al Imperio de su Monarca, E s que E s p a ñ a se ha hecho imperial, y siente y obra imperialmente, osa en grande, vive a lo universal. L a vuelta al mundo, que comienza Magallanes y consuma Elcano. es l a empresa suntuosa que sólo a un pueblo poseído de arrebato imperial puede ocurrírsele. A ese tipo español de la buena época se refiere la frase de Nietzsche aue Ortega y Gasset nos reveló hace años. L e preguntaron a Nietzsche lo que opinaba de España, y respondió E s p a ñ a es el pueblo que ha querido ser demasiado Pues bien, sin el sentido ambicioso de los pídmeros Austrias, sin la brillante conmoción del Renacimiento, E s p a ñ a no hubiera osado nada grande, -ni se hubiera sumido profundamente en la universalidad, ni hubiera tenido el mundo bajo su mano. E l haber hecho eso alguna vez y haber vivido en esa cumbre de exaltación gloriosa vale por todos los infortunios que el destino quiera después acumular. americaRepúblicas JÓSE M S A L A V E R R I A CAUSAS Y EFECTOS S i alguno de los hombres que durante este año último han gobernado España, y que pasan ahora dias de contrariedad y de preocupación, son justos e imparciales, tendrán que reconocer que sólo ellos mismos tienen la culpa de lo malo que les ocurre y que les pueda ocurrir y de haber derrochado estúpidamente el crédito ilimitado que. en su día les otorgó una gran parte del país. E n los últimos tiempos de la Monarquía el ansia revolucionaria por cambiar de postura era evidente. E l que unos cuantos, los menos, presintiéramos que ese cambio no iba a traer alivio, no puede hacer desconocer el hecho. Pero se dio el caso de que los apóstoles de la revolución fiaban tan poco del camino legal y tenían tal prisa por llegar, que recurrieron a todos los medios para lograr su deseo. Buenos y malos, políticos e, impolíticos. Y entre ios m á s detestables fué uno esa conglomeración de fuerzas tan dispares que iban desde el comandante Franco y los anarcosindicalistas catalanes hasta los republicanos de misa y olla, pasando por las, hasta entonces, hipócritamente apolíticas Casas del Pueblo. Y sucedió lo que tenía que suceder. U n frente tan amplio, formado contra un enemigo debilitado por el desgaste natural de los años y 5 ór instinto de débil, no podía encontrar mejor venganza para su derrota que la de hacerse a ñ o r a r al llegar la hora del triunfo se encontró intacto ante el botín, sin el desgaste ni la j e r a r q u í a por méritos de guerra de una lucha que la Monarquía evitó sabiamente, dando, además de un ejemplo de- patriotismo, una. lección de táctica política impecable. Y uno de los primeros trabajos de los vencedores fué el de seleccionarse a sí mismos. H a b í a que contar con todos, en la medida un poco hipotética y a ojo de buen cubero de un, a hoja de servicios que aparecía poco menos que en blanco. Desde luego, se consideraron como m é r i tos mayores la cárcel y el destierro, y de allí salió el Gobierno. Para todos los demás que no participaron de éste y aquélla hubo honores, cargos y prebendas, repartidos con una precipitación excusable dada la rapidez inesperada del triunfo, y que originó precipitados aprendizajes y frecuentes desaguisados y rectificaciones. Y entonces fué cuando, serenada la alegría natural que todo éxito proporciona, surgió el problema más grave y de m á s enjundia que había de planteárseles a los hombres de la revolución. Y estaba allí la República, traída por todos y por ninguno. Pero ¿qué República? ¿Soviética? ¿Socialista? ¿R a d i c a l? ¿D e derechas... E r a muy difícil que se pusieran de acuerdo, y además, como es lógico, probablemente ni siquiera lo intentaron. P o r de pronto, la República. Y a era algo. Y echaron a andar... A los primeros pasos se dio el primer tropezón, Las extremas izquierdas, m á s codiciosas, más violentas o más revolucionarias, quisieron dar fe de vicia o probar sus fuerzas y discurrieron el número de la quema de los conventos, que 1
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