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N U M E R O E X T R A Q RDINAR 1O20 C E T S AÑO. -V 1 G E S 1 M O C TAVO. CON PRETEXTO DE UN AUTÓGRAFO INÉDITO o la agonía de lo español. Después de tanto hablar de Larra, de tanto haberle buscado tres pies al gato de su símbolo y su fantasma, de haberle reprendido echándole a su cadáver e 1 broncazo de que tenía acento francés; después, en fin, de haber vulgarizádo su suicidio como una simple anécdota de amor no correspondido, pasa el tiempo, rasca uno en las entrañas, en el fundamento de la hispanidad representada e interpretada por sus hombres, y vuelve uno a los comienzos de la investigación mental y sentimental: vuelve uno a encontrar, exacto esta vez e inconmovible, el Larra lívido y patético que encarna la agonía de lo español, lo excesivo de lo español y el morbo español de la tiritona de la disidencia, de la soledad sin posible compañía. ARRA, NUMEROEXTRAORD 1 NARIO 20 C E N T S AÑO V 1 GES 1 MOCS 5 5? TAVO. Larra, o la agonía del ansia E l hallazgo, que tiene mucho de hallazgo conmovedor, prueba bien a las claras que la situación económica de Larra, en los últimos meses que antecedieron a su suicidio, era buena, teniendo en cuenta el valor del dinero en su poca, y que este dinero estaba, c o n s e g u i d o a punta dé pluma, cosa sencillamente excepcional en la vida del periodismo de entonces... y casi en la vida del periodismo de hoy. Entre unas cosas y otras, Larra calculaba, sobre base cierta, naturalmente, ganar 95.840 reales, o sean 23.960 pesetas del año 1836. Hay en la cuenta una suma que corresponde sin duda (diciembre, 1836) a la cantidad con la que había terminado el año, doce mil reales, o más exactamente, 12.6.53 reales. L a octavilla, de papel amariliento, es bien e x p r e s i v a para comprender que Larra decide quitarse la vida en el máximo esplendor de ésta, cuando aún no tiene veintiocho años y su fama y ganancias le hacen ocupar el primer puesto en el mediocre escalafón de la literatura española. Y prueba aún otra cosa: su sentimiento del orden, su raro escrúpulo por llevar una contabilidad que le aleja, junto a su sentido del confort, con sus trajes, cuyas telas son encargadas a Londres, de toda ramplonería bohemia y desaliño. Porque su desesperación era más honda, j L is f i i I En el calendario de cualquier mediana memoria está ese lunes 13 de febrero de 1837; ese madrileñisimo y renegrido lunes de Carnaval, en cuya tarde se suicidó Mariano losé de Larra. L a muerte de un hombre joven, por muy grande q renombre fuera, deja una larga estela de tocio lo que aún pudo ser. de todo lo que se trunca, y queda como medio vivo en la desesperación d lo empezado que no se podrá nunca terminar. ¿Qué pensaba hacer Larra, aquel año de 1837, que no llegó a vivir? L a casiialidad me deparó el acaso único T documento de su puT ñ o y letra que tiene un carácter porveni rista. Se trata de una cuenta de lo que proyectaba- ganar con su pluma en el año 1837. L a amabilidad de un escritor amigo, don L u i s G a b a l d ó n me brinda tan inestimable papel. Es una octavilla de papel de hilo ahuesado, que tiene en el ángulo s u p e r i o r de ia izquierda un anagrama en relieve, sin color, con sus tres iniciales, M J. L (Este sello consta, por cierto, en el i n v e n t a r i o que a su muerte se hizo, y aparece reseñado junto a tres navajas de afeitar y algo que tiene un fino encanto de sugerencia, una honda melancolía: cubierto pe- queño, de plata, que usaba la niña ue su MARIANO JOSÉ D E LARRA 1? 1 Í U CUENTA D E L O QUE PROYECTABA GANAR LARRA CON SU PLUMA Larra, o la agonía española. Sí. Y Larra, o la tristeza española. España, para el que siente y quiere que su senti. miento sea comprendido, es el país más triste del mundo. Y esto sí que no es derrotismo, s i n o voces invitando a un rena cimiento, del que ya v a n existiendo motiV ara sentirse cs c é p t i c o s T 1 4 0 el mundo tocaba la guitarra, y la tristeza no estaba por eso menos esparcida sobre la faz de España dice Voltaire. Esa guitarra africana, guitarra de luna muerta en la soledad redonda, volvía loco a Larra, que tantas noches llegó a su casa creyendo que manejaba, sin poderlo evitar, un idioma p rebabélico, incapaz de entenderse en la calle de la Montera. Y ese idioE N E L ANO 1837 vos S X