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si como Versallesco! sus palacios de quimera, tíos habla de la Corte galante y pavanesca de los Borbolles, asi esta bella residencia campestre, en la que, como en aquéllos, la ficción bucólica es una f o r m a más de la elegancia y de la suprema distinción, nos habla del Imperio, y más que del Imperio, de Josefina. E l alma de Malmaison es Josefina, porque sin ella hubiera sido la nada perdida en la ignorancia más absoluta. Y sin embargo, el encantador palacete no nace entonces; tiene su historia, una historia modesta, casi olvidada, pero que se remonta a los finales de la Edad Media, en cuyo emplazamiento existió uña maladrerie, de aquí su nombre. Hasta el siglo x v l depende de la Abadía de Saint- Denis, luego pasa a distintos dueños, gentes de toga, financieros, hasta la Revolución, en que llega a manos de una madame L e coulteux para pasar de las de ésta a las de la generala Bonaparte, el 2 floreal del año V I I fecha en que se firma el contrato de venta Y a es de Josefina, y Josefina, y siempre v a a ser ya eso: Josefina Napoleón mandaba entonces el Ejército de Egipto. Pocos Ineses después llega a París, en la imprevista vuelta, y en el imprevisto golpe del 18 brumario alcanza el Consulado; primer cónsul, adopta como residencia las Tulkjríias, pero k s encuentra tristes, aquel esplendor frío y solemne no sienta- entonces a su ánimo, prefiere Malmaison, al fin y al cabe la cuestión no es estar en las Tttllerias sino permanecer en ellas Y en la seguridad de permanecer en el secular palacio, Bonaparte, que es un marido burgués, en cuanto tiene una oportunidad vuela a Malmaison y allí, dejando de ser el monstruo, como en un palacio de ensueño, se convierte en el tierno amante, casi ingenuo, y en el padre cariñoso. Su diversión es correr por el parque tras Eugenio y Hortensia, riendo cada vez que cae; se juega a la gallina ciega y al marro, y en el encantador olvido del divino papel hasta hace trampas, como cuando juega al revesino. Por la noche es la tertulia de familia, una sencilla tertulia que va tomando suaves tottos de Corte, y a la que da un poco de rigidez la presencia de la signara Letizia en medio efe la algarada juvenil: sus ayudantes, los futuros mariscales; alguna vez Cambaceres, muchas Talleyrand, que ya otea el Imperio; siempre Burrienne, y como bellos florones de la sugestiva estampa, Carolina y Paulita; la generala J u not, aquella duquesa de Abrantes. que niego ha de legamos en la lozanía cíe sus memorias la visión del momento, v Hortensia, la dulce y. bondadosa Hortensia, en la que, A M A L M A I SO N por caprichoso designio de la suerte, o tal vez como compensación a una vida de desencantos, va a perpetuarse la entonces naciente egregia estirpe... Son los días esplendorosos de Malmaison, la carrera de gloria está en su primera etapa, y Josefina, como el hada madrina de la loca aventura, triunfa en el palacete, como en el corazón del futuro sefior de Europa. E l hombrecito del remendado uniforme se ha convertido en el amo indiscutido e indiscutible, ha salvado la Revolución, pero ha matado la República, y en lontananza se va dibujando el porvenir con fuertes trazos, y el porvenir es el Imperio, que ya a nadie inquieta y a todos llena de entusiasmo; sólo allá, en el voluntario rincón, como un augurio, Letizia Bonaparte lanza en su mal francés, ante la mal contenida alegría: Ppurvott que celit doure! Malmaison ha subido de rango, y ya es el Palacio Imperial de Malmaison; pero el frío del olvido lo va aislando de IB pompa imponente de la improvisada Corte. Y a es pequeño, es modesto, y su sencilla esbeltez, que tan bien decía en las reuniones consulares, desentona en la nueva etapa, en donde hay exceso de dorados y ceremonia engolada. Era el decorado del primei acto, y el telón ha bajado. Hay que pasar el segundo y aguardar al breve prólogo del tercero, que Va a ser el desenlace, y el prólogo de este último acto nos lo da el divorcio. Se ha firmado el protocolo de separación, y Josefina abandona por siempre las Tullerlas, para habitar nuevamente el palacio de las bellas horas. Y a está en el otoflo de su vida, y este momento coincide íntima- PRt t H O N LA EMPERATRIZ JOSEFINA r