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mente con el p a i s a j e de suprema p a z que es autumnal también. Se completan, y casi podría decirse que se c o n f u n d e n Todo el ardor de la tierra donde había nacido se ha extinguido en ella, y su espíritu, un espíritu delicado y sensible que poseía insospechado, se va acusando para venir a anidarse en este rincón virgiliano, del que ya no hemos de- poder separarla. Y a están juntas las dos imágenes hasta el i n finito, c o m o en una sentencia bíblica; y a el alma errante, i n comprendida, de Josefina, ha encontrado su marco ante la eternidad. L a l u z d e l ocaso alumbra el parque, y ya va a ser esa, siempre, su luz. S i n embargo, aún algunos rayitos de sol claro, y Josefina cuida sus flores a su calor: peonías, gardenias, rosas, sus rosas, que ella va a dar un nombre: beauté touchmte, feu amoureux, de iHmPératrice, que aún subsisten... Tiene en la decadencia una pequeña corte, corte sencilla, sin intrigas, en que! a amistad es sincera, porque ya su limitado poder ni da n i quita... U n a tarde llega a ella la otra repudiada del a m o r María Wa ewska, la condesa polaca que ün día fué traición, y en torno de las dos mujeres juega el h i j o del hombre que las amó. Otra, a sus. súplicas. Napoleón la lleva a l R e y de Roma, que abre una fuente de nostalgias en su corazón. V a a ser la última entrevista, puede. ¿Cuándo se cansará el Destino? ¿Cuándo acabará esto? M i s águilas aún t r i u n f a n pero la: suerte que las acompañaba ha h u i d o Y la victoria t a m b i é n L o s acontecimientos se suceden rápidos: la campaña heroica del catorce y la abdicación, y, tras la abdicación, a las pocas semanas de la partida, la inesperada muerte de J o sefina, que parece v a a arrastrar con ella todo cuanto M a l m a i son representa y es; pero aún queda la lenta agonía, en la que v a a ser la triste plataforma en donde ha de comenzar el horrible c a l v a r i o que apunta Waterloo. Vistiendo el t r a j e verde de campaña, con el legendario sombrero calado, la mano escondida en el desabotonado chaleco, avanza, otra vez, el coloso por el viejo parque. Toda esta triste j o r nada del 26 de junio de 1815 v a a ser para él la jornada del ensueño y del recuerdo. E n el palacio, que estuvo Ifeno de las encantadoras risas de l a juventud, se encuentra envejecido y solitario. ¡Y bien; no XIALMAISON. U N RINCÓN D E L PARQUE veo ninguno de mis ayudantes de c a m p o Presintiendo la eterna despedida, quiere ver ios rincones que le eran tan familiares. H o r tensia dulcemente le acompaña, y es en el doloroso vacío amiga, compañera y otra tez hija. Y al evocar juntos ios días idos, N a poleón repite constantemente; M a pauvre Josephine! Que, c est bem MalmaiTres días más, y la forzada partida, que, oculta l a última decepción. Todo pasa en silencio, en una solemnidad fúnebre, de la que se destaca, como de un viejo friso, el ademán sereno de la madre al estrecharle en sus brazos. Y a el romance ha terminado, y sólo queda el monumento evocador, y el monumento es bello, con esa belleza que tienen las casas de placer con que a finales del siglo x v í n se poblaron los parques principescos. E n tráis en él p o r una m a g n a puerta, c u y a verjería, como lanzas clavadas, deja ver entre sus espacios, una corta avenida enarenada, que flanquean c i p r e s e s recortados en pirámide, y a c u y o final se alza la esbeltez de la fachada p r i n cipal, bella en su sencilla armonía. Dentro, el Museo, un Museo viviente podría decirse, en el que las cosas y los muebles, colocados como estuvieron o c o m o debieron estar, han venido a desempolvar los recuerdos? la alcoba de Josefina, la Biblioteca, la Sala del Consejo, d o n d e fué creada la Legión de H o n o r Los salones tienen la misma gracia m o v i d a q ue cuando fueron habitados, y por sus ámbitos parece como que cruzan las almas del pasado. U n a suprema paz triunfa del j a r din, cuya tierra, humedecida por la llovizna, tiene un vaho voluptuoso: las sombrosas avenidas, de bojes alineados y simétricos, son propicias a las evocaciones, y, al final dé una de ellas, l a gallardía de un j a rrón, bellamente tallado, da pretexto a l a hiedra para que lo cubra como un sudario, entremezclada con los jazmines; al prisma de la tarde los cipreses se ennegrecen sobre el gris del cielo, y al fondo, en el boscaje oculto, se siente él borbotar del agua de una fuente murmurando su eterna salmodia, como si rezara un íntimo responso eti esta fiesta de melancolía... í Luis SOLER PÜCHQt. DORMITORIO I E L A E M P E R A T R I Z JOSEFINA
 // Cambio Nodo4-Sevilla