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ñera cierta que el presidente se retiraba, rio sólo de su cargo, sino también de toda actuación política. Hablaron los viajeros con Narváez, y éste se mostró inflexible, decidido a marcharse, sin que fueran bastantes para vencer su resistencia los ruegos que rendidamente se ¡é hicieron. Llamaron en vano a su patriotismo, invocaron inútilmente el interés público, apelaron sin fortuna a su fervor monárquico y le auguraron el fracaso definitiv o del partido moderado si abandonaba su dirección. A g o t a r o n esfuerzos, razones, recursos, todo l o que les sugirió l a necesidad imperiosa que sentían de retener en la jefatura al que consideraban imprescindible, pero no consiguieron: la más pequeña rectificación, ni. siquiera una remota esperanza. L a comedia que. él había juzgado indispensable resultó representada maravillosamente. Acudieron en última, instancia a las R e i nas, exponiendo respetuosairtente el gran daño que recibirían España y el T r o n o si el presidente persistía en su actitud tenaz y porfiada. María C r i s t i n a que de hecho era l a Soberana, llamó seguidamente al general y le hizo, ver cuan necesaria era su i n tervención activa en el manejo de los asuntos públicos, exhortándole, por consiguiente, a que renunciara a sus proj ositos de apartamiento. L a Reina Isabel, qué asistió a la entrevista, ratificó con acento sincero y juvenil las instancias de su madre. Narváez, que- ansiaba encontrar fórmula decorosa para salir del obstáculo que él mismo se había creado, accedió a las regias observaciones, consignando que lo hacía por amor a l a P a t r i a y por respeto a la Corona. L o s ministros recibieron la noticia con regocijo, y después de varias conferencias con el presidente se. acordó admitir la re nuncia de V i l u m a y esperar que la Corte ¡regresase a M a d r i d para determinar quién había de sucederle. E n t r e tanto convinieron que Narváez se encargara del despacho de la cartera interinamente. Emprendieron su viaje de retomo Mayans y M o n contentos de haber logrado l o que consideraban imposible, y orgullosos de ser portadores de nuevas agradables, que abrían horizontes halagüeños al partido moderado, que con tan señalada conquista presagiaba, u n porvenir lleno de bienandanzas. E l general quedó satisfecho. L a estratagema qué tan hábilmente había preparado colmó con exceso sus aspiraciones, y, como si no fuera bastante el éxito- obtenido, la buena suerte, que, decididamente, í e amp rabai, le ofreció motivo y ocasión para consolidar su autoridad. Pasados que fueron algunos días, estalló, en- Barcelona (un movimiento sedicioso, que se extendió a. varias poblaciones d e l llano, promovido por los elementos progresistas, fieles a E s p a r tero, que no se resignaban a la anulación y extrañamiento de su jefe. L a fe con que en aquellos tiempos se luchaba por las ideas y por los hombres dio verdadera importancia al acto revolucionario, A l a bravura, de los rebeldes contestó Narváez con avasalladora energía, obteniendo un señalado triunfo, que afirmó su posición en Palacio y redobló el entusiasmo de su partido. -L o s curiosos accidentes. de tan dura y sangrienta jornada. los dejo para otra ocasión, porque merecen ser relatados con todos sus detalles y pormenores. 1844 O. FRANCISCO A R M E R O M I NISTRO D E MARINA, COMERCIO Y ULTRAMAR EN 1844 zo y el de V i l u m a en la inteligencia que yo no pasaré por quedarme yo saliendo n i uno solo de ustedes. Y o no quiero ser ministro, n i figurar, n i tengo gana de trabajar. Créame usted, señor don L u i s vengan ustídes pronto, y créame y diga usted a los compañeros que me crean su más leal y verdadero amigo. -Ramón María Narváez. L a impresión que tan interesante epístola causó en el ánimo de los consejeros fué de sorpresa, de verdadero asombro. Cuentan, qué el desinterés con que renunciaba a seguir gobernando quien apenas había paladeado las sabrosas dulzuras de tan elevada posición les pareció de altura tan generosa y patriótica, que salier o n de M a d r i d M o n y Mayans, autorizados por P i d a l y- A r m e r o dispuestos á obligarle a que desistiera de su propósito, ofreciéndole, en cambio, la mayor obediencia y la más correcta disciplina. L o que eri. Narváez había sido un rasgo, de astucia, fué para ellos revelación de superioridad y grandeza. Llegaron a Barcelona los m i nistros de G r a c i a y Justicia y Hacienda. Ríos Rosas informó a su jefe detenidamente de todos los incidentes ocurridos, manifestándole, entre otras cosas i m portantes, que sabía de una ma 1 D. ALEJANDRO M O N MINISTRO D E H A C I E N D A E N NATALIO RIVAS
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