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A B C. D O M I N G O 12 D S J U N I O J X E 1932. E D I C I Ó N al fracaso. Quien haya leído las páginai que voy a comentar conocerá a la Emperatriz Eugenia. Aseguran, y el ilustre cronista recoge la anécdota, que una gitana la predijo en la niñez su fastuoso porvenir. E s posible. E n toda vida extraordinaria la historia y la leyenda entrelazan sus hilos, formando la trama destinada a la posteridad. Remontando la corriente de los siglos nos encontramos y a lo maravilloso injerto como una vegetación ornamental en el, tronco de lo humano. Herodoto inicia el método, no por deslumhrar al lector, sino con la mejor fe, porque creía en lo sobrenatural, y a partir de él los historiadores latinos, con exclusión de Tácito, que soslaya todo lo que le parece misterioso, lo imitan con más o menos constancia. E s realmente novelesco el que una señorita de la aristocracia española ocupe el Trono de un país extranjero en una época en que las dinastías no se afirmaban y reproducían más que por entronques entre afines de rango. ¿A qué se debió aquel prodigio? E l cronista no lo dice, pero lo da a entender: a la sensualidad temperamental de Napoleón I I I U n gran Monarca francés, Luis X I V que también adolecía de aquella pasión, y digo adolecer porque la incontinencia medular es un vicio fértil en dolores, hubo de legitimar un amor clandestino casándose con la Maintenon; pero no la hizo Reina. Más generoso que su antecesor en el Trono, Napoleón I I I lo dio todo por amor: el nombre, la posición social y la corona. Quizá diese más. T a l vez aventuró en la partida la continuación de la dinastía. A tomar su corazón otro rumbo es posible que su v i d a no hubiera estado dominada por una ambición femenina que, pese a su desinterés y su grandeza, comprometió al Monarca y a su pueblo en empresas políticas y militares más proporcionadas con la genial audacia del vencedor de Marengo y de Austerlitz que con la mediocre inteligencia de su sobrino. L a moderación en los apetitos, reprimiendo al Soberano, hubiese orientado sus ilusiones nupciales en otra dirección. Pero estaba escrito que Napoleón I I I lo perdiese todo, como otros muchos hombres de más modesta categoría, por haberse encontrado en su. camino una mujer a la medida de su gusto. Para una aventura está bien, porque el entusiasmo que enciende la pasión nos compensa de todos sus venideros sinsabores; pero edificar un destino, y más si el que ama es un Soberano, sobre una tentación de la carne es una temeridad que generalmente se paga muy cara. N o creo que, aun recordando la nobleza persistente de su conducta privada y pública, el pueblo francés absuelva totalmente a la augusta dama. S i su acendrado patriotismo no ofrece duda y él solo bastaría para excusar ciertos errores políticos de la Soberana, la inconsciencia con que se dejó arrastrar por su orgullo es tan evidente como aquella virtud, y si el patriotismo la excusa el orgullo la condena. Estoy discurriendo en este momento como el más rencoroso de los franceses, y no como un escritor español, demasiado prudente para enjuiciar sobre acontecimientos y personas que ni antes n i ahora se perfilan con la suficiente claridad a fa luz crepuscular de la H i s toria. Pero, en fin; dejemos eso aparte. L o que Octavio A u b r y ha abordado no ha sido la crítica de l a política de la Emperatriz, sino la prodigiosa novela de su vida. H i j a de un noble coronel español que sirvió a las órdenes de Napoleón I v de una dama de temperamento alegre y un poco agitado, sin llegar a la deshonestidad, Eugenia de M o n tijo parecía destinada por su cuna y por sus relaciones familiares a emparejar conyugalmente con un señor cualquiera de su clase social, más o menos rico. Parece que su p r i mer despertar amoroso fué obra del mar- D E ANDALUCÍA. P A G 24 qués de Alcañices y que, si las relaciones no siguieron, su curso normal, no fué. por tibieza de Eugenia, sino por desacuerdos, entre las dos familias. T a l vez ella- hubiera sido más dichosa de haber prosperado aquel noviazgo, que, aun siendo menos brillante, la ofrecía lo que no encontró nunca en N a poleón la plenitud de la ilusión amorosa, que embarga dulcemente los sentidos y nos hace superiores a todo. A solas en las Tullerías, medio abandonada de aquel medular que nunca pobló de ensueños su alma, debió pensar más de una vez que la conquista de un Trono no vale el sacrificio de un corazón. Octavio A u b r y cree, como nosotros, que esa ráfaga de nostalgias agitó en más de una ocasión aquel espíritu ávido de- todo lo pequeño y de todo lo grande que ofrece la vida. E l l a lo hubiera querido todo; la ventura y la gloria, dones casi opuestos que nos vienen a los humanos de dos divinidades diferentes y quizá rivales. Pero la maternidad vino milagrosamente a colmar aquel vacío. ¿Cómo dudar de que aquel hijo era un enviado del cielo para completar su dicha? S u corazón, cerrado a las expansiones conyugales, iba a encontrar una larga compensación a otras decepciones, y su orgullo una nueva armadura; no le nacía sólo un h i j o con él venía un príncipe a asegurar la d i nastía. P o r una vez el destino parecía propicio a servir sin regateos una doble ambición de mujer y de Soberana. Durante la adolescencia del príncipe esa ilusión alumbra la vida de la Emperatriz, y su devoción, creyéndose ungida por Dios, adquiere todavía más intensidad. E l cielo es para ella como una vasta colonia francesa, que su espíritu cruza en todas direcciones. A qué no se atrevería un ser que se considera especialmente enviado de Dios para realizar grandes cosas en la tierra? Pero es que, paralelamente con ese espíritu insaciable dentro de lo humano, se mueve el pensamiento de Napoleón I I I aquejado de idéntico delirio de grandezas. E l sobrino se figura en ciertos momentos un estratega y un estadista de la talla del fundador de la dinastía. Son dos inconsciencias embarcadas en la misma nave y con la proa hacia el mismo sino. Méjico, ia alianza con el. Papado, son dos errores que el pueblo francés ha atribuido a sugestiones de Eugenia, que su marido no acertó a resistir porque aquel hombre tenía dos puntos vulnerables: la medula espinal y el orgullo. Los éxitos de Magenta y de Solferino operaron en el ánimo del Emperador, desviándole de su ruta, pues creyó que aquellos hechos de armas no podían ser sino el desquite de los Bonaparte, vencidos en Waterlóo y afrentados en la Conferencia de Viena. S i n Magenta y sin Solferino, ¿se hubiese arrojado Napoleón I I I a la aventura de Méjico, que tanto quebrantó el prestigio del Imperio? Sí, porqué un Imperio no se mantiene más que a fuerza de ensanchar el poderío nacional por las armas. A esa locura ceden los Emperadores siempre. E s connatural con su investidura. ¿Qué hizo Guillermo I I sino dejarse arrastrar por ese mismo orgullo de dominación mundial, que contrasta con la moderación de las ambicio- nes de la democracia? Mientras se vence, el pueblo, embriagado de gloria, soporta el yugo y los sacrificios; pero, ¡ay del E m perador si su penacho se enloda en la derrota! Napoleón I I I experimentó esa atroz amargura de sentirse vejado cuando creía tener derecho, por lo menos, al respeto del pueblo que él hizo todo lo posible por engrandecer... MANUEL BUENO MODOSYMODAS DE M A L DECIR ¡Abajo Jos dirigentes! Para tranquilidad de los... intranquilos conviene advertir pronto que el epígrafe anterior no se refiere, n i de cerca n i de lejos, a los que dirigen la res pública, dic o sea en latín para mayor propiedad y para no decirlo en castellano. Tampoco el g r i t o tiene relación alguna con direcciones de tan inefable resonancia como la de Sanidad. L o s tiros de (hoy n i siquiera llegan a bombas) van contra el abuso de la palabra dirigentes que no se cae de los labios de algunos oradores n i de las plumas de unos cuantos gacetilleros, cuando tal palabra no hace ninguna falta en nuestra lengua. Quizá por esto mismo ya está incluida en el Diccionario manual de l a Academia Española, si bien entre corchetes, como antes iban custodiados los delincuentes. Mientras haya directores aunque sean malos, debemos preferirlos a los dirigentes que huelen a galicismo. Nuestra lengua ha perdido casi del todo el uso de los participios activos en su propia significación: la mayor parte se usan como adjetivos calificativos y como adjetivos substantivados. E n cambio abundan los derivados verbales, terminada en or, los cuales substituyen eufónicamente a los participios de presente de la misma raíz. P o r esto parece más llano, y más propio decir director que dirigente a n o e r que se quiera dar un socio a exigente que está de non en nuestra lengua materna. H a nacido la moda de los dirigentes como otras muchas, por el afán de la novedad; pero ello tiene el inconveniente da lo innecesario y. además el del aburrimiento cuando el neologismo, por no decir barbarismo, se usa a cada triquitraque, Claro es que la palabreja cuyo uso se censura en este palique se halla, con las consiguientes variantes fonéticas, en francés, en italiano y hasta en alemán; pero ca- balmente por esto debe evitarse en castellano. Las importaciones le. xigráficas, cuando no son necesarias, estorban y ademas desfiguran las líneas clásicas, del propio idioma. H a y que temer que los neologistas- -de alguna manera hay que llamarlos- -seguirán usando y abusando de los dirigentes a troche y moche, y para este caso comparezco ante la Comisión de Responsabilidades Académicas, y digo que se admitan de igual manera en el Diccionario oficial estos otros entes anormales: afligentes e inflig entes cuyos primitivos terminan en igir, como d i r i g i r que se diga en adelante- -es un ejemplo Sr. Dirigente general de Inseguridad pública, y que la A c a demia Española, que se ha dado sin ton n i son a las afeminaciones monstruosas, y a que lleva camino de admitir a los dirigentes admita sin reparo a las dirigentas aunque rabien los y las feministas de boquilla. H e dicho. U. SKS súño se criará mejor aún cesra M A L Í A H I N A C. pK XA
 // Cambio Nodo4-Sevilla