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L SALUDO DE LAS BRUJA NOVELA, P O R EMILIA P A R D O B A Z A N (CONTINUACIÓN) Aurelio; habríamos consolidado el triunfo... En fin, ya sé, señor, que, por desgracia, somos unos locos, unos ilusos, a quienes extravía el amor de la patria... ¿Me permitirá Vuestra Alteza el consuelo de hablarle algunas veces... o me expulsa ya para siempre? ¿Tiene usted teléfono en el hotel, Miraya? -Sí, señor- -respondió el periodista, estremeciéndose de gozo- Y esperaré todas las mañanas... hasta la una... las órdenes de mi príncipe. En cuanto a la rectificación de La Actualidad... o mucho me engaño... o ya veremos si de esta vez me río de Nordis. X TORMENTA y E l criado de Felipe tenía orden de no volver de casa de Rosario sin respuesta a la carta que llevaba. A fin de evitar que le dijesen que la sobrina de Viodal había salido, escogió la, hora de la mañana para entregar la misiva. Volvió poco antes de las doce, y entró, asaz mohíno, en el despacho donde Felipe tenía abierto un libro, pero no leía. Y a la afanosa pregunta de su amo, respondió con visible temor de ser reprendido. t- -La señorita Rosario dice... que ya contestará. ¿No te ha dado nada? ¿Es que no has aguardado? -He aguardado más de una hora... Y el viejo del ascensor es el que vino dos veces a decirme que era inútil esperar, que ya mandarían aquí la respuesta... -Bien, vete. Una exasperación violenta se apoderó de Felipe; una ola de ira le inundó el cerebro, quitándole la razón. Quedábale el discernimiento suficiente para comprender que estaba loco, pero no la fuerza de voluntad para dominar el acceso de esa locura. No podía explicarse la conducta de la chilena, y el misterio y el silencio le sacaban de quicio. En aquel momento no pensaba en Dacia, ríi en los manejos de Nordis, ni en los centenares de retratos con lazo blanco y rojo, retratos suyos emparejados con los de una princesa a quien sólo había visto, hacía dos o tres años, en un grabado de Ilustración... Borróse este espejismo, y en cambio se alzó la pasión irritada por las contrariedades y los recelos, como león a quien le falta la pitanza. La imagen seductora de Rosario le visitó, en forma de obsesión de los sentidos y la voluntad, y por un momento, creyéndose solo, Felipe María, presa de una gran excitación nerviosa, se tiró de los cabellos y se mordió con rabia las manos. L a sangre italiana, demostrativa, aparecía en aquella crisis súbita... De repelle sintió que le abrazaban, que le decían palabras cariñosas, cual ÉSs que se dicen a un niño; y rehaciéndose, abochornado de haber sido visto en tal desorden, se encontró con ¡Yalomitsa... E l bohemio, a pesar de su color cobrizo, parecía pálido, y los mechones serpentinos se deshilachaban lacios y revueltos sobre sus hombros; su mirada expresaba compasión y desaliento. -Cálmate- -decía- -Lipe, querido, cálmate; ríete de las mujeres... no te des al diablo por ellas. Vamos, vente conmigo, voy a tocar todos los- aires dacios que quieras... Puede que así llores... y te sosiegues... Ya sabes la virtud sedante de la música... y del llanto... -Gregorio- -exclamó Felipe María, serenándose de repente- tú me traes noticias de Rosario. Habla, te lo suplico... Suéltalo iodo... Venga la verdad! ¿Y me prometes... no romperte la cabeza ¿No ves que lo que necesito es la verdad, la realidad, los hechos? Hace días que me encuentro delante una pared, dura, ciega y sorda. ¡La. verdad! Sólo la verdad puede apaciguarme... Habla- -añadió mientras una ligera espuma asomaba al cantó de- ju bote- ¿Vienes deL estudio? Yalomitsa dijo que sí con la melenuda. cabeza. ¿Has hablado con Rosario? -Y con Viodal. ¿De nú? -Y de ellos. ¿Qué sucede... ¡Ea, que aguardo! -Sucede... jvamos, parece una pesadilla! ¡que Viodal y Rosario están preparándolo todo para casarse! Felipe guardó silencio. No pestañeó. Sus azules pupilas se dilataron y las alas de su nariz palpitaron un instante, como las del tigre que olfatea la presa. Abrió y volvió a cerrar maquinalmente él puño de la mano izquierda. Fué un segundo nada más; al punto se aplomó y consiguió sonreír, con unos labios blancos, espumantes aún, pero ya sujetos a la voluntad. -Gracias, Gregorio, ahora me siento tranquilo. Cuéntame eso siéntate; has de almorzar aquí, de modo que no tienes prisa. ¿Se casan, dices? No extrañes si me asombro algo, porque... -Porque es una indignidad, una traición de Judas- -interrumpió Yalomitsa desatándose, como el agua cuando se abre la esclusa- Yo creí a Viodal un hombre honrado, y ahora le tengo por un redomado pillo. Y Rosario, que me parecía una criatura celestial... es ni más ni menos que una mujer luciferina... ¡Si supieses, Lipe, si supieses que hace pocos días, casi puedo decir pocas horas, me prometió a mí, a mí mismo, Gregorio Yalomitsa en persona, quererte, casarse contigo! ¡Y estaba tan alegre, tan alegre... que hasta bailó la danza del chai, la que bailaba Fátma en la E x p o s i c i ó n! Felipe cerró los ojos; una visión deleitosa acababa de recordarle las posturas, los lánguidos movimientos de Rosario en esa danza que a su vista había ejecutado una vez en el taller; y el recuerdo le quemaba de tal modo el alma, que sentía un deseo incontrastable de destrozar alguna cosa, de herir, de matar. Sin embargo, el orgullo le sostenía; no quería aparecer ridículo ni débil; y por lo mismo que su estado inferior era realmente espantoso, tenía el valor de encerrar lo que sentía y de conservar una calma engañadora en la superficie. Había adoptado, en un instante, una resolución, y para las personas en quienes el amor propio es firme, y ardiente la sensibilidad, la resolución, una vez tomada, responde de la sangre fría absoluta: ya no se lucha con el pensamiento, ya no hay indecisiones; sólo sé necesita energía para realizar lo pensado... Y energía le sobraba en este caso a Flaviani: la tenía por herencia, como se tiene un rasgo de belleza o una singularidad física; era el atavismo de la raza real, que no podía faltarle en el momento crítico, y que ha sido causa de que los Reyes, aunque en la vida diaria se manifiesten irresolutos, blandos de carácter, en las horas supremas recobren un. vigor, una fortaleza y una dignidad, que son admiración de la Historia cuando narra la muerte de un Carlos I o de un Luis X V I Si lo que pensaba ejecutar Felipe es lo que suele ocurrirseles a los celosos, la manera de realizarlo fué una prueba de dominio sobre sí mismo, de fuerza soberana. La frialdad de que se revistió repentinamente hubiese engañado, no a Yalomitsa, que no era difícil de engañar, sino al más sagaz de los observadores. -Gregorio- -dijo consiguiendo igualar absolutamente el metal de voz- no te exaltes, y entérame bien y despacio de todo eso que has averiguado. Mira, ya se me pasó el berrinche. No tengo nada que oponer a la voluntad de Rosario, si: quiere casarse con su tío; pero como la noticia es inesperada, hasta- dudaré de ella y creeré que has entendido mal, si no me informas de lo que has averiguado y visto. Quizá se trata de una alucinación o de una aprensión... o de una broma de taller. ¡Ay, Lipe! cuando te pones así... me crispas los nervios; te prefiero cuando pateas y te tiras dal pelo y echas espuma... E n (Se continuará.