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A r t e i wtéá l i o A tt J a 1 t i c i a Alguien lia dicho que el arfe, de Francia, de Italia v de Inglaterra ertá todo conocido y puesto iácilmente a la admiración del p ú blico. Es verdad. E n cambió, en España hay una cantidad enorme de arte que no ha entrado aún en la circulación universal. Sacar este arte al conocimiento de todos es agrandar los valores intelectuales de España, aumentando el tesoro de la belleza de nuestro país. Don Francisco Castillo Vaquero compró hace tiempo en Sevilla una tabla flamenca, cuyo asunto es el Descendimiento de la Cruz. Ofrecía esta obra la particularidad de que algunas de sus figuras tenían las características del final del siglo x v y otras estaban pintadas por mano hábil en pleno siglo x v u Naturalmente, se pensó que lo que podemos llamar segunda parte de l a tabla, era todo un repinte, pues estaba fuera de una hipótesis razonable que el cuadro se empezara en un siglo y se concluyera en otro. Cuando en su restauración se levantaron las extensas superficies de repintes, pudo verse con agradable sorpresa qué debajo existían otros trajes y otras figuras perfectamente en consonanfcfa con. la parte auténtica de la tabla, completándose así, el bello Descendimiento, que por esta causa se ha salvado para el arte, apareciendo de nuevo a la vida en todo sü esplendor. Aquellos formidables Descendimientos que pintaron con tanta devoción los grandes maestros; del siglo de los V a n Eyck, sobre todo aquel de Van der Weyden, maravilla de la pintura flamenca y joya, la más rica, del tesoro artístico de E l Escorial, tienen el encanto de los primitivos y la maestría propia de los cuadros que un siglo más tarde llevarían el arte flamenco a su m á s alto desarrollo. Es decir, este arte de los Descendimientos del siglo x v es niño por la intención, los sentimientos y la. técnica, y es hombre y sabio por el dominio en todos los secretos de la proporción, la anatomía y la verdad. L a tabla de Castillo Vaquero no es así, porque está pintada en l a esquina de las dos centurias, y y a en este tiempo los primititivismos están entre la niñez y la pubertad, y la ciencia no es todavía la definitiva del Renacimiento. P o r eso la. tabla a que me refiero no tiene el encanto de la niñez ni la dominación científica de la virilidad; pero es, a pesar de todos los pesares, una bella e interesantísima pintura. Hace veinte años compré en Huelva, en precio módico, el magnífico Entierro de Cristo, que reproduzco en este artículo, y que es hoy la admiración de todos los artistas que lo conocen. Cuando lo compré, no podía apreciarse la pintura. Estaba muy sucia. Eugenio Hermoso y Manuel Rodríguez Machado, al enterarse de. mi adquisición, me propusieron, uno, cambiarme la pintura por cualquiera de los magníficos lienzos que el pintor extremeño tenía entonces en su taller de Huelva, y otro, coriiprarme el marco, pues Rodríguez Machado era coleccionista de hierros y maderas artísticas, y el dorado especial que tiene el marco de El Entierro, con su entonación elegante de metal viejo, limpio y sin pátinas artificiales, le hacía falta a m i amigo para completar una de las m á s bellas, secciones de su colección. A pesar de l a triple tentación de arte, de dinero, y de amistad, no quise entrar en tratos, y a ú n conservo mi pintura, que ha sido muy discutida, pues críticos como P i e rre Paris, la estimaban como producción de un gran maestro del renacimiento belga, y otros artistas, por las sombras obscuras, caravaggianas; por la fuerza expresiva, dulce y v i r i l al. mismo tiempo; por la especial anatomía del. desnudo y por el modo Colección de D, Luis Ramírez, Sevilla. i: r n ü T í i i r i í! ífílu irf r,
 // Cambio Nodo4-Sevilla