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N O V E L A P O R EHSÜA PARDO (CONTINUACIÓN) BAZAN tonces me gustas más. No parece sino que Yalomitsa es algún babieca. ¿Quieres oírlo? Pues ahí va. Entro en los Cuatro elementos... y lo primero que me echo a la cara es Rosario, con la túnica color de azafrán de la Samaritana, y a Viodal rehaciendo la cabeza que ihabía borrado con eí cuchillo. Ella volvió la cara, supongo que por no verme- ¡remordimientos! y él, muy contento, me consultó acerca de la expresión del rostro, que en su opinión había ganado. Entonces yo, inocentemente, fundándome en el suelto que había leído en La Actualidad, voy y digo como la cosa más sencilla: Ese cuadro será regalo de boda... eh, Rosario? Ese y todos los. que ella quiera -salta el tío, como si le tocasen a un resorte- Pero mi futura- -añadió con una especie de retintín- -tiene demasiado gusto para no preferir, a los cuadros de su novio, los de Millais; y ayer me han propuesto comprar uno, que es una cosa espléndida. Y o debía de estar grotesco, con la boca y. los ojos abiertos así, de una cuarta; pero Rosario, en vez de reírse, seguía escondiendo la cara, contemplando los mamarrachos de la chimena gótica. Entonces no pude reprimirme, y estallé: ¿Qué jerigonza es ésta? ¿Con quién te casas Rosario? ¿Si sabré yo leer? La Actualidad anuncia tu boda con Felipe María Flaviani. La Actualidad se equivoca- -respondió ella, encarándose conmigo y echándome unos ojos... ¡qué ojazos! dos volcanes! N o entiendo; a ver, repite... Repito que me casaré con Jorge... y que, no veo motivo de asombro en ello, Gregorio, porque se me figura que le quiero lo bastante... ¿E s de veras? -pregunté a Viodal. Rosario lo ha resuelto -contestó hipócritamente, -t como si yo no supiese que él es quien la está asediando toda la vida -Eso es tan exacto, Gregorio- -declaró con yerta indiferencia Felipe- que la gente ha llegado a suponer otras cosas peores... ¿No las has oído tú? -Francamente... -tartamudeó elbohemio- oírlas... sí... pero las he creído siempre maldades... -Y ahora, -Yalomitsa... ¿qué piensas? Dímelo en tu conciencia y en tu alma. -Ahora... No, no es posible, Felipe! ¡Aquellos ojos, aquella cara... ¡mentir hasta tal punto! Felipe, me sangra el alma de pensar que esa criatura tan hermosa... ¿Pues no decías hace tres minutos que era una mujer luci ferina? j Veleta Oye, Gregorio; en todo esto no hay más que una cosa mala e intolerable: que ese pintor, en tan buena inteligencia con su sobrina, se haya permitido anunciar en los periódicos que yo me casaba con ella. ¿Pero es Viodal quien, -exclamó atónito el bohemio. -En persona. L o sé de cierto, con datos irrecusables. Y a ves que eso no puede pasar. Muy dueña es Rosario de querer a quien le plazca y su tío de casarse con ella... pero rio de ponerme a mí en berlina, ignoro con qué fines... ni me importa! E l hecho me basta y el hecho me obliga a tomar mis medidas... -Es una burla indigna, una farsa indecente... ¡Ése Viodal debe de estar loco! -gritó Yalomitsa enfurecido. -Loco o no... En fin, ya despejaremos la incógnita. Hazme el favor, Gregorio, de pasar al fumadero y espérame allí. Que te den pipas, que te sirvan cognac... Dentro de un cuarto de hora almorzaremos. -No hagas un disparate, Lipe. Ríete de los bribones... y de las serpientes bonitas también... -No tengas miedo... Anda, fuma y espérame... Solo ya, Felipe escribió tres cartas. L a primera, dirigida a Jorge Viodal, era seca, sonora y brutal, como un bofetón. Ningún hombre que tuviese rngre en las venas la recibiría sin encenderse en furor y aceptar el- reto. La acción de lanzar a la publicidad la noticia de una boda, festínele- concertada otra para la misma mujer, y Riendo el propagador de la noticia de sü enlace con otro hombre í l mismo cyie torfa dugpSetóo casarse con ella, recibía los 1 calificativos más insultantes y duros; y én él párrafo final, Felipe María anunciaba al pintor la visita de dos caballeros que irían, no a debatir la ofensa, sino a ponerse de acuerdo para la reparación. S i no quiere usted que redoble mi desprecio hacia el proveedor de canards de la Prensa parisiense, admitirá usted sin, objeción, mis condiciones para este lance. E l tono de la carta era el mismo, desde las primeras líneas: agresivo. y feroz, a fin de que Viodal no pudiese desconocer el propósito de Felipe, o aparentar que lo desconocía. Que entienda bien que la burla no quedará impune. Cerrada la misiva para Viodal, Felipe María escribió otras dos, una al marqués de Sillery, antiguo amigo suyo, chiman, otra a un joven oficial de Húsares, Carlos Daubée, a quien había conocido en Arcachón, mozo valiente, ligero. de cascos y puntilloso en casos de honra. Encargábales a los dos que solicitasen de Viodal una reparación, pero seria, hasta que uno de los adversarios quedase inutilizado de verdad. A l dejar la pluma, respiró mejor; y, apri sa, buscó en el cajón más secreto del pupitre una fotografía de Rosario, magnífica prueba en que la chilena lucía el disfraz romántico de española que llevaba en el baile de trajes: la chaquetilla torera, la faja, el calañés torcido, la redecilla que recoge el crespo cabello. A l mirar aquella- imagen, sintió vértigo Felipe; las líneas tentadoras del hermoso cuerpo, la luminosa sonrisa, los ojos grandes, como, abismos de placer, le causaron un paroxismo de rabia, y le hicieron rechinar los dientes como un precito que ve la gloria. Desgarró el retrato y lo pateó. Recobrando después su máscara de tranquilidad, pasó al fumadero, y diez minutos más tarde almorzaba él y el bohemio mano a mano, mientras las cartas iban a su dirección, calladas y rectas, como van las balas en el combate. x E L RAYO Rosario. estaba sola én el- vasto hatt. Por instinto había ido a acurrucarse junto al fuego. Sentía aquella mañana, en lugar de la amarga embriaguez de sacrificio de los días anteriores, un cansancio, como una náusea invencible de su abnegación. L a causa era sencilla: no era preciso quebrarse mucho la cabeza para adivinarla. Hasta la víspera, ningún detalle había recordado a Rosario que eí hombre a quien miraba como a su padre iba a adquirir sobre ella otra clase de derechos. Casarse con Jorge, la parecía buenamente continuar viviendo a su lado; porque el pintor, en virtud del mismo exceso de su pasión, por la delicadeza inseparable del verdadero cariño, por el sentimiento de dignidad que trae consigo- la madurez en las almas escogidas, paternalmente seguía tratándola; ni aludía a la empeñada palabra, de matrimonio. E n la conversación con Yalomitsa, fué la misma Rosario quien, por un alarde de estoicismo, y para quemar sus naves, y dar parte a Felipe de que estaba libre, había puesto en conocimiento del bohemio sus planes de boda. Mas, la víspera, recibió Viodal una carta, que le agitó extrañamente. Rosario, que la vio llegar, sospechó que era de Felipe; conocía la forma y el color del papel, el sello, todo; por primera vez, pensó que había hecho mal en irritar a su enamorado con el silencio y el abandono mudo, que parecía desdén; comprendió que no- basta cerrar los ojos y echarse al precipicio, sino que hay que mirar cómo se cae, para no arrastrar consigo a los demás. Caviló en que debía de ser terrible la cólera de Felipe, y que podía recaer en Viodal fulminante e implacable; adivinó, en. suma, lo que no era difícil adivinar, conocidos los an 8 Se continmrá.
 // Cambio Nodo4-Sevilla