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UDO DE LAS NOVELA. POR EMILIA PARDO BAZAN ÍCONTIJÍUACIOJÍ) tecedentes. E l pintor guardó l a carta, llamó al criado y lé dio q u é se hacen en vísperas, de un grave empeño, en que se juega algunas órdenes reservadas. Rosario no interrogó a su t í o estaba la vida. Rosario se volvió a su cuarto, temblando de frío y de Segura de no conseguir respuesta, o, por lo menos, dé que no terror. Rendida, se adormeció un poco. A la madrugada despertó le dirían la verdad. Decidió observar, y observó con ardorosa i n despavorida; creyó oír que andaban muy despacio por el saloncito quietud. que dividía sus habitaciones de las de V i o d a l el suelo crugió un instante; después el ruido cesó, y a los tres- segundos oyó que se N o t ó que V i o d a l almorzaba poco, y a medio diente; reparó cerraba la puerta de salida... también en que, después de haber almorzado, en vez de volverse Entonces, Rosario estuvo a punto de gritar, de salir a la esa l hall para trabajar en una figura que tenía bien planteada en, calera... ¿P o r q u é no Ib había hecho antes? E n aquel instante el cuadro, se retiraba a sus habitaciones y salía de ellas vestido comprendía la causa: no lo había hecho por no provocar en de calle, con sobretodo claro de cuello castor, sombrero de copa, Viodal otra explosión de temible cariño, por no verse en el guantes y paraguas. A las tres de la tarde le veía regresar, acomcaso de que, rebelándose su alma, saliese a la superficie lo que p a ñ a d o de Loriesse y del conde de Nordis. Como Rosario p r e se había propuesto ocultar, dominar, hasta suprimir: el amor i n tendiese subir con ellos al estudio, se opuso el pintor, alegando vencible, el amor loco por Felipe María, el impulso de todo su que esperaban a una señora norteamericana, una aficionada traída ser, que la llevaba hacia el abandono y la apartaba del elepor Loriesse, y que la presencia de una señorita, sobrina del artista, sería embarazosa para la probable compradora de los dos. gido... ¡Q u é horrible motivo el de su silencio! Y no era otro; no cabía que Rosario se e n g a ñ a s e ya leía, descifraba, entendía o tres cuadros de caballete que todavía conservaba y i o d a l en su propio c o r a z ó n quería a Felipe, lo quería por encima de todo: su estudio. del honor, de l a dignidad, de la generosidad, de l a razón y I- -U n buen negocio, nena... N o me espantes a l a cliente. Y a denlas consideraciones del porvenir; lo quería a toda costa, y la te avisaré cuando puedas volver... repulsión que sentía hacia cualquiera que no fuese él, era l a E l aviso no llegó en toda la tarde; pero Rosario, con l a señal m á s clara del cautiverio de su albedrío... ¡decisión de la mujer que, deseosa de saber lo que l e l l e g a al ¿Q u é iba a suceder en el duelo? ¿Q u é suerte correría Viodal, alma, no repara en medios, salió a la antesala e interrogó ala quien Rosario deseaba todos los bienes, todas las dichas, exmuchacho servidor que hacía funcionar el ascensor forrado dé raso. cepto una? Envuelta en amplia bata de franela, abrigada con larSupo que habían subido dos caballeros, a quienes el S r Viodal go boa de zorro azul, y tiritando, así y todo, Rosario subió a l había dado de antemano orden de recibir a cualquier hora, avehall. L a luz del día, entrando descolorida y mustia por los altos riguando primero si. venían de parte del S r Flaviani. Y poco vidrios, parecía que en- vez de calentar aumentaba las glaciales después de que subieron los dos caballeros, el S r Viodal había sensaciones del que no ha dormido a gusto n i se ha desayunado, vuelto a bajar hasta el portal, y de allí a la calle. y tiene llena de, ansiedad el alma. Arrimada a l a lumbre, que no- -M e parece- -añadió el parlanchín- -que no ha debido de i r conseguía e- ntibiár el granizo de sus yertos pies y sus amoratadas muy lejos; j u r a r í a que al volver la esquina entró en la brasserie. manos; abismada, encogida, revolviendo en l a cabeza, no planes, -Y los otro cuatro señores, ¿se h a b r á n quedado arriba juntos? ¿qué planes cabían allí? sino ideas incoherentes, Rosario es -Sí, señorita Rosario... peraba... Bajo la campana esculpida, alzaba suaves llamaradas L a chilena no preguntó más, ni era preciso; comprendía perla seca leña; los pájaros, despertados por la luz, chillaban y fectamente; se trataba de los preliminares de una cuestión personal. Sorda angustia se apoderó de su espíritu, y redobló la gorjeaban gozosos; sobre el acuario transparente, la ninfa de mármol sonreía; las plantas trepaban en gracioso desorden, conatención y el cuidado en observar lo que. sucedía. Viodal, a la hora de comer, parecía menos preocupado qué por tentas de no haber sufrido relente n i escarcha... y aquella reducción del mundo físico asistía a la explosión de un dolor hul a m a ñ a n a su sobrina le encontró, tranquilo, aplomado, y conmano, con l a misma indiferencia con que asiste el planeta al cibió esperanzas de que se hubiese arreglado el asunto, de que espectáculo denlos innumerables dolores de toda la Humanidad... mediasen explicaciones... M a s al punto de retirarse, a eso de De pronto, Rosario saltó del sitial dónde yacía. E n la escalas diez y media, cuando Rosario, obedeciendo a una costumlerilla interior sonaban pasos. Se adelantó, muda, con las pupilas, bre inveterada, establecida por V i o d a l mismo, y agradecida por dilatadas... T e n í a a Viodal delante; a Viodal desencajado, pálido, su sobrina- -que entendía esta cuestión a la rígida y honesta matembloroso de piernas, próximo a desplomarse al suelo. nera española, y no dejaba que la rozasen labios- tendía, en- ¡T ú! -e x c l a m ó Rosario, al fin, recobrando el habla- ¡T ú! vez de l a frente, la mano a su tío, el pintor, con repentino arranque, se acercó a la muchacha, cogió: su cabeza y, a bulto, -Y o -Rosario, escucha... N o escuchaba. Estaba como lela. ¿Cómo no se le había ocusobre los ojos, la besó con ardor, con una especie de frenesí. rrido hasta aquel mismo instante que podía volver Viodal sano y ÍRosario, trémula; hizo ademán de desviarse... pero ya Viodal se salvo, y quedar Felipe allá, tendido sobre la ensangrentada hierhabía encerrado en su cuarto con llave y cerrojo. b a ¿E r a concebible que no hubiese pensado en tal contingencia, -E s que se bate mañana, no hay duda- -pensó la chilena- que sólo imaginase desdichas y peligros para V i o d a l? S i n embargo, no bastó tal pensamiento para impedir que, al- Tú! -repetía, sin acertar a desenvolverse de aquella única llegar a su tocador, se limpiase el rostro, los párpados, las mepalabra. jillas, deseando borrar las huellas de la caricia. ¡B o r r a r! ¡S i- -Rosario... nena... perdón... -rogó Viodal, cruzando las ma (Viodal no sucumbía en el duelo, Rosario tendría que ser su esnos- M e vas a aborrecer... N o supe lo que hice... ¡E s e hombre posa... ¡S u esposa! ¿P o r qué no contaba con. esto? ¿A c a s o era m é había insultado tanto! Estuve fuera de m í A s í y todo, te una niña inocente, criada entre monjas? Se había figurado que aseguro que no quería hacerle daño grave... Defender m i vida, Viodal no la quería de aquel modo, que la adoraba a estilo de y un rasguño para lección... Pero ayer, ese Nordis me enseñó una santo o d é viejo caduco? estocada maestra... y en el calor del lance, al ver que él buscaba Rosario no se acostó en toda la terrible noche. N o hubiese mi pecho, busqué yo el suyo... Rosario, ¡perdón t N o me. mires dormido; valía m á s acurrucarse en el sillón. A cosa de l a una asi... H a sido una desgracia, una fatalidad. cruzó el pasillo, andando en puntillas, y vio una línea de luz bajo la puerta de, su tío. P e g ó el oído a las tablas; V i o d a l trasteaba, abría y cerraba los cajones; sin duda esos preparativos 25 (Se continuar
 // Cambio Nodo4-Sevilla