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NOVELA. POU EMIUA PARDO (CONTINUACIÓN) ¿Le has matado? -preguntó concisamente la chilena, ¡T a l vez... Quedó muy mal- herido... N o sé si llegará a su casa con vida. ¡R o s a r i o! ¡R o s a r i o! M e provocó, te. lo juro... ¿Quieres leer la carta indigna que recibí ayer? Y sé por el conde de Nordis que a ti te difamaba... Eso. fué lo que m á s me sacó de quicio... ¡Rosario, mi n i ñ a! N o me huyas... ¡A y Dios m í o! ¿A dónde vas? Sin contestar, Rosario corrió hacía la escalera de caracol, y se precipitó por ella. Viodal la siguió aterrado; a la triste luz de la reciente tragedia, veía bien toda la verdad; la ciega pasión de su sobrina, la imposibilidad de ser ya para ella m á s que un enemigo, un ser odioso, aborrecible... el matador de Flaviani... Vio a Rosario entrar disparada en sus habitaciones, y no se atrevió- -como j a m á s se atrevía, pues el exceso de la pasión le hacía exagerar estas pudibundeces en el trato familiar- -a pisar aquel recinto sagrado. Quedóse en el umbral, anheloso, clamando, aún, de tiempo en tiempo: ¡R o s a r i o! ¡R o s a r i o! P o r Dios... M i r a no ha muerto, querida... Enviaremos a saber qué dicen los médicos... Rosario apareció trágica, con paso automático... Venía vestida de calle, si se puede llamar vestirse a haberse colgado una falda y metido los brazos de la chaqueta de nutria, cuyos últimos botones abrochaba por instinto, maquinalmente. S u rostro, mortalmente pálido, asomaba entre el marco de. un rebocillo de encaje negro, tocado que solía preferir por coquetería la chilena, y que en aquel instante, el aturdimiento y la prisa, habían arrojado sin aliño sobre su cabeza despeinada y ardorosa. N o llevaba guantes, pero sí un saquillo de cuero de Rusia en las manos, y su calzado, a pesar del piso cubierto de nieve, en que iban a apoyarse sus pies, era el mismo zapatito de charol que traía por casa, sobre las mismas medias de seda negra, con bordados azules... ¿E s t a s loca? ¿Q u é es eso? ¿A dónde vas? -preguntó Viodal, queriendo alardear de autoridad paterna. Rosario le miró sin cólera, con mucha elocuencia en los grandes ojos; y, desviándole con un movimiento de la mano, dijo tranquilamente: ¡A- su casa! ñAZAH de Genova; y si a sus espaldas se extendía, trepando por las vertientes de la montármela, un bosque poblado de cedros, limoneros, palmeras y olivos, los jardines iban descendiendo por medio de una serie de terrazas escalonadas, hasta la playa misma, anfiteatro de rubia arena, que, como el engaste de un zafiro, cerca una ensenadilla, siempre dormida, siempre transparente y azul. SEGUJHD. A I ERCOLANI PARTE E l que había erigido la villa Ercolani- -así se llamaba- -no era un industrial, deseoso de sacar: buen rédito al capital invertido, y que, por consiguiente, emplea materiales de segunda, y construye a la malicia, sino un magnate escocés, estrafalario y lunático, dotado de esa imaginación impulsiva, y sin freno, que suelen tener los hijos del Norte, cuando gastan el lujo de tener imaginación. Cansado de las nieblas, de las románticas leyendas y los polares inviernos de s u d u r a patria; detestando hasta el nombre de Walter Scott y María Estuardo; jurando que en Escocia no se podía vivir, porque todo se volvían historias de asesinatos y cabezas cortadas; renegando de los melancólicos lochs y de aquellos tristes macizos graníticos, erizados de picos y cortados p o r- s o m b r í o s desfiladeros, de las siniestras bahías y de los áridos valles, casi horizontales, que ellos llaman glens; entenebrecida el alma por la salvaje rudeza de Caledonia, creyó disipar los negros vapores que la envolvían, residiendo en un país que ni tuviese crónicas, ni tradiciones, ni recuerdos; un país joven, apacible, meridional; y para mejor olvidar las brumas y los espectros de la tierra alta, propúsose saturarse de paganismo, según sus manías estéticas, que le proponían como ideal la cultura helénica y latina. E n realizar el capricho se gastó bastantes millones el señorón. Viaj- ó por Italia y Grecia; d i rigió excavaciones; desenterró o compró a peso de oro estatuas, columnas, mármoles y mosaicos, y no aprobó el plano de la villa hasta que le pareció digno de su ensueño. E l resultado fué maravilloso. Los fragmentos, los. restos arqueológicos, que en las áalas y galerías de los Museos parecen tan fríos y tan descabalados, adquirieron, al destacarse sobre un cielo purísimo, al lucir sobre un intenso fondo de vegetación, todo su encanto peculiar. L a columna de alabastro acanalada, con su capitel de intrincadas volutas, se alzó firme y briosa entre el follaje de los granados y los mirtos. E l vaso de rotas asas, con su bacanal, esculpida, en alto relieve, se completó al engalanarlo una caprichosa enredadera; y el busto de Pan, o la figurilla de la N i n fa agreste, parecieron vivos y hablaron misterioso lenguaje bajo la tibia sombra de los árboles, cubiertos de dorado liquen, o en el fondo de la gruta, donde las peñas rezuman el hilo sutil de agua cristalina. Con estos despojos de una edad artística, la villa ganó lo único que falta al ideal país de Monaco: algo que recuerde el pa sado, algo histórico, pero que no evoque memorias de dolor E l nido en que se refugiaron Rosario y Felipe María cuando y de sangre, sino de nobleza, poesía y heroísmo. a éste le ordenaron los médicos completar la curación de su E n memoria del templo de Hércules, que se, cree existía dongrave herida respirando aire de campo, es una villita de consde hoy está Monaco, el escocés impuso a su locura el nombre trucción y fecha reciente; pero, como veremos, de antiguo estilo, de villa Ercolani. E l palacio es exactamente una antigua villa enclavada en el pedazo de paraíso que forma la península dé romana, con elementos griegos en ía ornamentación- -lo cual suMonaco, ceñida en torno por el cinturón de terciopelo turquí del cedía en muchas del Lacio- y tiene una distribución tan bella Mediterráneo. E n tan diminuto Estadillo, con su ejército de mucomo racional y lógica, superior a la de las casas modernas, ñecas, que no llega a cien soldados, se reúne m á s gente rica, y que apenas se concibe corrió hoy no se restaura. N o le faltaba antojadiza y desocupada, que en los ámbitos de una gran nación; ni su vestíbulo, donde hacían la guardia dos esfinges de jade, ni el desahogado atrio, que cerca espaciosa columnata, con el y las quintas y las villas, construidas por hábiles especuladores impluvio, que recoge el agua llovediza del compluvio, y el terso o por millonarios, hartos de! mundanal ruido y ansiosos de quietud, estanque, donde sé supone que el visitador ha de lavarse los son, en su género, obras de arte, realzadas por una espléndida naturaleza, que no abruma con su exuberancia, como la de los empolvados p i e s n i el peristilo, con otro estanque y otra cot r ó p i c o s un paisaje, todo armonía y luz, todo nobleza de líneas lumnata m á s fina y gallarda a ú n que la primera; ni el trielmio, y suavidad de tonos, unas olas y unas playas finas, que evocan con su ninfeo en el centro, mirando al jardín, vista que realza los sueños claros y ligero; de la Grecia clásica. el pórtico y sus cuatro estatuas de bronce, auténticas, encontraL a villita se encontraba jaás próxima a Rocabruna que. a ¡a capital de Monaco, en una de las gentiles cscotadiiras del golfo (Se continuará.