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ALUDO DE L NOVELA, POR EMILIA PARDO (CONTINUACIÓN) LOAS BAZAN aas en el lugar donde es tradición que se celebraban los juegos ístmicos, cerca del, bosque de pinos consagrado a Neptuno. Delante del pórtico- se escalonaban las, terrazas, declinando suavemente hacia el mar. Tenían, estos palacios de la gran Roma sobre nuestros edificios modernos la ventaja de la respiración. Eran viviendas con pulmones; aspiraban el, aura vital en sus múltiples patios descubiertos, y bebían la regalada frescura de sus estanques y fuentes: aire y. agua a discreción. E l escocés quiso reproducir fielmente, y hasta el último ápice, la vida romana; pero ni el mismo ¡Vmckelmann lo conseguiría, pues hay exigencias modernas imprescindibles, y el más clásico no se alumbra hoy con aceite en lámparas de bronce, ni pasea por mar en una birreme con velas de púrpura, de esa forma escultural que se observa en la nao de Caronte. A l que quiere revivir el pasado, siempre habrá algo que le llame al presente con la voz irónica de la realidad. En el mobiliario, sobre todo, vióse. precisado el escocés a transigir con lo que detestaba; no logró, por más esfuerzos, que hiciese, por más dinero que derrochase, amueblar la villa Ercolani como podría estarlo la de Horacio o la de Augusto. Esto trastornó su no muy sana cabeza. Cada nota contemporánea que sorprendía en Ercolani le causaba accesos de furor. Llegó al extremo de despedir a un criado porque dejó un periódico sobre la mesa de jaspe, sostenida en ancas del león de bronce- -de las antiguallas, más auténticas que la villa encerraba- U n día que cierto célebre artista inglés, rival de Leighton, calificó la villa Ercolani de bonito pasticcio su dueño pidió: el coche, hizo la maleta y abandonó para siempre aquellos lugares, donde se dejaba malgastada la mitad de su caudal. Y a casi arruinado por la: villa, hundido después a causa de otros despilfarros no menos fantásticos y estupendos, hubo de vender un pedazo de pan la folie, y. el for. di. sta. de Monaco que la adquirió empezó a hacer buen negocio, alquilándola muy cara, por dos años, a Felipe María Flaviani, para quien acababa de descubrir aquel verdadero tesoro Sebasti Miraya, el periodista. L a luna de miel de Rosario y Felipe era llana, radiante, deliciosa tenía el aroma y la forma perfecta; de una de las áureas naranjas, que con la mano podían cogerse desde las gradas de amarillento mármoF lesbio del pórtico. Habían llegado a Ercolani de una sentada desde París, sin querer detenerse en Ventimiglia ni en. Niza, haciendo el viaje con las manos asidas- y los ojos en los ojos, sonriendo sin querer, en el transporte de una dicha de esas que no se miden. Hasta que descansaron en la villa no se dieron cuenta de lo que les pasaba, ni paladearon. gota a gota la impresión, realmente inefable para los enamorados, de encontrarse juntos, solos y lejos del universo. Xadie como ellos podía apreciar el valor del apartamiento; -venían deseosos de, huir, no tanto de la gente, cuanto del ruido. L a gente, desde el momento en que Rosario, con ciega intrepidez, se instaló a la cabecera de Felipe moribundo, fué. despedida en la antesala por el inteligente Adolfo, que, al aliciente de las propinas de Miraya, supo dejar con un palmo de narices a los curiosos, a los noticieros de periódicos, y hasta a los amigos de. Felipe, sin más excepción que Yalomitsa, y, por supuesto, Miraya también; Miraya, que aprovechó aquella desgracia para crearse un puesto propio en la casa de Felipe y en la intimidad de Rosario, á quien ayudó en la asistencia, velando como ella todas las noches. De lo que deseaban emanciparse era del bullicio parisiense, del vértigo de una populosa capital y de aquella repentina celebridad de sus amoríos, compuesta de todos los elementos de ironía, escepticismo, curiosidad malévola y fingido interés- -lo que más hiere y lastima ei corazón- Estorbábales también en París la sombra de Jorge Viodal, desesperado, enfer WP, y, por ltimoi fugitivo. E l pintor había atibado por irse Mallorca, no pudiendo soportar la vergüenza y él dolor de que su sobrina habitase bajo el techo de Felipe, y el remordimiento de haberla impelido a este paso, hiriendo al joven Flaviani. Mensajes y cartas fueron inútiles para conseguir que Rosario volviese a su hogar: estaba resuelta, a no mpverse del lado- de Felipe, y. así se lo hizo saber a su tío en terminantes palabras. Convencido ya Viodal de que no, salvaría a Rosario, levantó la casa y desbarató el estudio. Acrecentaba su perenne tristeza la vista de los Cuatro elementos abandonados desde que la chilena faltaba de allí; las flores secándose, los peces subiendo muertos, panza al aire, a la superficie del acuario; las aves, con el bebedero vacío, -y hasta el fuego mal encendido, con leña verde. Antes Rosario cuidaba de los menores detalles, vigilando e inspeccionando a encargados y sirvientes, y ahora el pintor, a las preguntas de éstos, sólo contestaba encogiéndose de hombros, como si- dijese: Todo me es igual. Y a puede llevárselo el diablo: A l fin, en uno de esos saltos repentinos de la voluntad exasperada por un constante suplicio, Viodal cortó las tradiciones queridas de su existencia, y vendió cuanto adornaba el taller: la ninfa, del acuario, la soberbia chimenea, los tapices, hasta las ñores... Fueron, llevándose poco a poco aquellos objetos familiares, que cada uno encerraba mil recuerdos, y había recogido, por decirlo así, el amado ambiente de Rosario. Sin más equipaje que sus pinceles, dejando el famoso cuadro de la Crmci fixión enrollado en la boardilla, donde depositó unos cuantos muebles que no pudo vender, Viodal salió de París y se embarcó para las Baleares, donde esperaba domar con el ejercicio y anestesiar con el aire libre esa inquietud punzante que nos impulsa a mudar de sitio sin mudar de dolor. Fué la retirada de Viodal anterior a la mejoría decisiva y completa de Felipe. Aún yacía éste en la meridiana, sin fuerzas, ojeroso, demacrado, y con los labios pálidos, cuando el pintor abandonó a París. A l reponerse Flaviani, al cicatrizarse su terrible herida, al empezar a dar algún paseo en coche por las calles del bosque de Bolonia, que ya hermoseaba la primavera, supo la desaparición de su vencedor y rival. Observó a Rosario y no vio en sus ojos ni sombra de pena cuando contó Yalomitsa cómo habían sido dispersados los Cuatro elementos Era, sin embargo, el ayer de la chilena, lo santo de su vida, lo alegre y lo puro de su juventud, eso que algún comprador desconocido y antojadizo acababa de llevarse en el cáliz de una rosa o en la pluma de un pájaro... A los dos minutos, Rosario charlaba y. reía, sin aludir a la conversación pasada, It INSTALACIÓN Cuando Felipe María, al abrir los párpados después de utt largo desvanecimiento, había visto a Rosario a su cabecera, no sintió extrañeza; parecióle natural que la chilena estuviese allí, cogiéndole la mano lo mismo que una madre. Desde el primer momento, sus injuriosas presunciones se desvanecieron; la lucidez que- a veces acompaña a las proximidades de la muerte le des- cubrió en el rostro de la chilena, en su actitud, en su voz- -en. un no sé qué imposible de definir- la verdad de su inocencia y el noble móvil de sus actos. Rosario, arrodillada, balbuciente, pedía perdón; no el que piden los criminales, sino otro perdón, el que solicita el alma enamorada cuando hace daño sin querer, el que angustiosamente pedía Viodal al dar a Rosario la noticia de la herida de Felipe. Rosario se creía culpable de que Felipe estuviese a las puertas de la sepultura. Er gila su obstinado silencio f ¿Se continuará. 27
 // Cambio Nodo4-Sevilla