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POR EM ÜA PARDO (CONTINUACIÓN) su incomprensible abandono, lo que había ocasionado aquella desgracia tan grande. ¡A h! ¡Que Felipe viviese, y Rosario pagar í a su deuda! Con energía juvenil y apasionada, de que sólo pueden dar. idea las abnegaciones de las razas jóvenes, en que todavía se encuentran casos de adhesión incondicional, y en que las relaciones de dependencia de l a mujer al hombre toman forma de religioso entusiasmo, Rosario se consagró a amparar con la mano la débil llama de vida que a ú n conservaba Felipe. A s i s tencias como aquella se h a b r á n visto pocas. L o s médicos se asustaban de encontrar a Rosario siempre de pie, despierta, infatigable, contando los minutos para administrar la poción o el alimento. L a herida, que había rozado el pulmón, podía presentar complicaciones graves, lesiones, que, conjurado el primer riesgo, trajesen l a neumonía aguda o la tisis. L a existencia pendía de un sutil cabello; cualquier descuido era mortal. Rosario se interpuso entré Felipe y la muerte, dispuesta, como la heroína del cuento de Andersen, a dar sus ojos, su hermosura, su alma, para rescatar la presa. A s í qtte Felipe fué dejando de ser el moribundo, a quien la menor emoción, la menor sacudida, puede llevar derecho a la fosa; así que recobró fuerzas, Rosario sufrió otra transformación. Desapareció su familiaridad, l a sencilla confianza con que entraba y salía en la habitación del enfermo, la ternura casi maternal con que le acariciaba l a cabeza, pasándole l a palma pollas sienes y enjugándole el sudor de l a calentura. Hízose recelosa y reservada; desvióse sin querer, echándose atrás, con una especie de pudorosa rebeldía, que se acentuaba a medida que volvía la salud al cuerpo de Felipe. Cuando entraba alguna visita, cuando M i r a y a desde la puerta, saludaba a Rosario con una especie de forzado respeto, l a chilena se retiraba a su cuarto, roja de confusión, y allí desahogaba los sentimientos provocados por el combate entre una resolución irrevocable y la resistencia de un alma honrada y altiva a consumar el sacrificio del honor. Resuelta lo estaba firmemente; de Felipe M a r í a era su vida, desde l a hora en que estuvo a punto de costársela. D e Felipe M a r í a y ni podía ser de otro, n i servir para otra cosa; y si la idea d e v i v i r con Felipe fuera de la ley, la quitaba el sueño y atirantaba sus nervios, l a del casamiento, un tiempo proyectado, sublevaba su orgullo. Esposa de Felipe M a r í a Leonato, obstáculo a su engrandecimiento y a su porvenir... nunca. H a y una solución para todo destino; hay un modo de resolver todo conflicto, y no lo ignoraba R o s a r i o tenia l a solución en reserva para el caso extremo. Pero mientras nos anima el vigor de l a juventud, la muerte parece, por decirlo así, cosa imposible, algo que no ha de llegar a realizarse nunca, inefectivo, sin consistencia, mientras la, vida desarrolla horizontes y perspectivas tan amplias, que un día puede encerrar lo infinito. Rosario soñaba con Felipe una d i cha muy grande, pero en el umbral de esa dicha retrocedía espantada... Se renuncia a l a fama, a l a honra, al respeto del mundo, y se defiende, sin embargo, la vergüenza, último velo del alma, j a m á s desgarrado, sin que tiemble y sufra l a mujer... Felipe M a r í a comprendió el estado moral de Rosario. Supo apreciar aquella delicadeza de sentimientos, que aquilataba l a esperada ventura. Sano, pero débil aún, ya nervioso, ya abatido, sintió, a su vez, deseo de envolver en el misterio y proteger con l a distancia l a felicidad. Repugnábale verse encerrado en un rincón de P a r í s detestaba oír las rodadas de los coches y los gritos de los muchachos voceando los periódicos; le irritaba, a veces, hasta el paroxismo, la diaria visita de. M i r a y a y l a continua presencia de Yalomitsa- -aunque éste trataba a Rosario como a una diosa- Apenas M i r a y a encargado de buscar un retiro campestre, hubo descubierto l a Ercolani, al anochecer, sin que lo sospechase ni Dauff (el espionaje y la indiscreción reporteril en persona) tomó el tren en compañía de Rosario, y a l amanecer s BAZAR de aquella primera noche que pasaban juntos, sin que Rosario velase por atender a un enfermo, se bajaban en Rocabruna, y su coche los recogía y los dejaba a la puerta de l a villa, extasiados como, niños en una comedia de magia. Sebasti M i r a y a al hacer el viaje de Monaco para descubrir una residencia tan ideal, no había, perdido el tiempo. Los tres o cuatro meses de P a r í s el barro a mano que venía de Dacia, habían producido en M i r a y a una transformación curiosa y digna de notarse. Y a no era el mal trajeado que vimos en el primer capítulo de esta n a r r a c i ó n Dauff, especialista en la propaganda de costumbres parisienses, se había encargado de desengrasarle y arreglarle, y vestirle como corresponde. S i en esto tuvo mal discípulo, y si el incorregible abandono y los gustos plebeyos de M i r a y a le mantuvieron fiel a las corbatas chillonas y a los guantes baratos, y reñido con el baño y con las exquisitas minucias del aseo personal, salió, en cambio, aprovechadísimo alumno en todo lo que es ciencia social y discernimiento de gentes; su i n teligencia, clara y aguda, le hizo enterarse pronto de m i l cosas de actualidad y mundanismo, necesarias para brujulear en el océano de París. N o dejándose embelesar por este sabroso estudio, lo refirió exclusivamente a la causa felipista, para l a cual reclutó Prensa y adeptos, trabajando sin cesar, y haciendo labor fina, cuando gestionaba la aparición de un retrato de Felipe M a r í a en una ilustración, o su caricatura en uno de esos periódicos humorísticos y ligeros de ropa que se venden en los quioscos. P o r estos medios, la causa de Felipe había ido popularizándose, según los vaticinios de Dauff. E l dinero, hábilmente distribuido, se convertía en artículos, en sueltos, en vistas de Dacia, en unas carterillas blancas y rojas, que se llamaron Felipe, y en que se hizo de moda guardar las tarjetas; detalles que en P a r í s crean atmósfera favorable a una causa política. L a noticia del desafío de Felipe. M a r í a y de su herida divulgó su fama; el pueblo dacio, cuyo ideal es todavía el valor y el desprecio de l a vida, como sucede en toda nación que lucha por su independencia, celebró como una gracia del príncipe heredero el duelo a muerte; y M i raya, con oportunidad, hizo correr l a voz de que el lance tenía por motivo unas palabras injuriosas contra los patriotas dacios, desmintiendo la versión oficial, propalada por Nordis, de que se trataba de faldas. ¡Las faldas! E r a lo único que desesperaba a M i r a y a las faldas malditas, el dulce obstáculo atravesado en el camino, que se había propuesto recorrer. ¡A h! ¡S i no fuese por Rosario! Rosario lo echaba a perder todo. M i r a y a recontaba los daños causados por la chilena y su funesta acción sobre el destino de Felipe. N o era la. bailarina muerta, era la mujer viva, l a culpable. E n primer lugar, la rotunda negativa a las proposiciones de los emisarios; en segundo, el choque con Viodal, que por poco les deja, sin príncipe; en tercero, el escándalo europeo, fruto de este lance, que tal vez enfriaría las. buenas disposiciones de la princesa de Albania, tan gozosa al adornar su retrato con el lacito blanco y rojo. ¡Rosario! L a mancha negra del felipism o l a sombra que eclipsaba su estrella. ¿Q u é hacer para librarse de su desastroso influjo? -Nordis- -pensaba M i r a y a en momentos de violenta irritación- -no tropezaría, seguramente, en esto que yo tropiezo. N o r dis... ¡a h! Ese... Ese es expedito... Ese emplea recursos que... ¿N o fué él quien enseñó a V i o d a l la estocada maestra, el golpe a la italiana, que decidió el resultado del desafío... y que a poco m á s Pero Nordis tiene guardadas las espaldas; él duque A u relio le sacará adelante por mucho que se comprometa... Nosotros estamos en distinto caso... ¡S i se nos van los pies... Estas, reflexiones sepultaron a M i r a y a en meditación profunda. Sus ideas iban y venían como: olas; pero consiguió dominar aqjttel extraño estado psicológico, rechazar ciertas visiones, que se le 28