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o se daba cuenta de cómo ocurrió. E l perrito chillaba, agitándose en el estercolero. L a luz cruda le hería los ojos. ¿Qué fué de aquel calor aterciopelado? ¿Y de aquel néctar, azúcar líquido, que le llenaba el estómago, amodorrándole? No le encontraba ya, pronto a su boca. E l perrillo, arrastrándose por la basura, todo lo rozaba con el hocico, husmeando, con olfato ávido. Sólo tropiezos con cosas frías: latas de tomates despanzurradas, puñales de vidrios, paja podrida, astillas, rebuños de papel, fango. No se daba cuenta de cómo ocurrió, pero estaba allí, desesperado, perdido. Sosteniéndose sobre sus patas débiles- -a veces se caía de lado- se fué unos metros miás allá del estercolero y encontró, un pingajo de carne. Estaba a punto de desfallecer y aquel manjar, triturado a medias con las encías, calmó el dolor agudo de su estómago. En sus exploraciones dio con un charco. Saciada también la sed, el perrito, después de hocicar una pulga molesta, se sentó sobre las patas y se. puso a contemplar la vida. La vida era un desfiladero de asfalto entre casas altísimas. E l animal fué de un lado para otro sin encontrar más que las super- N ficies lisas. de los zócalos. Estaba tan lejos el final de la avenida- -quizá allí hubiese algo qué conier- que no se decidió a emprender el camino. Arrimado a la pared, descansando el hambre en bostezos persiguiendo alegre alguna mosca- -nó lo podía remediar era un niño- se i e pasó él día. Por la noche, débil, y con miedo, clamó con agudos gemidos. Nadie le hizo caso. Llevaba dos días rondando, despistado, cuando hizo el primer descubrimiento: la ventana dé un sótano. Por allí salía un tufillo a cocina, aroma que le envolvió, cálido y substancioso. L a boca se le hacía agua; masticaba el olor y se le agrandaba el hambre. Aulló con ahinco, desesperado. Otro perro, desde el interior, le- contestó agresivo, furioso. Sus ladridos fueron secundados por innumerables perros, que se asomaban uno a cada ventana con el belfo trémulo y los colmillos al aire. Aquel fué su segundo descubrimiento. -En cada habitación hay un perro- -se dijo- Estas casas están hechas para nosotros. Guisan dentro comida de la que a nosotros nos gusta. ¿Cómo me proporcionaría una casa de éstas? Sintióse elevado por una. mano ruda. Dos voces de tono gordo, que cortaban las sílabas con navaja popular, interrumpieron sus reflexiones: -Es muy majete, Míalo. -Es un tuso. SÍ no le quio pa la Exposición canina! E l perrito se enarcó cuando la mano rasposa le acariciaba, recorriéndole, el lomo. Fué introducido en un bolsillo de la chaqueta, y así le transportaron. Él bolsillo olía a tabaco; estornudaba y, sin saber qué hacer, gañía. -Tie mimos. -Ya se le pasarán. Las dos voces, carraspeaban y la mano áspera obligó al perro a meter la cabeza. Se durmió. Seguía dormido cuando le dejaron en el suelo. -Te digo que es un tuso. No tie raza. -Bueno, ¿y qué? Hará su papel en la obra. Le ataron por el cuello con una cuerda de esparto; el otro extremo de la soga estaba apresado por tres manos de ladrillo. E l perro podía describir alrededor una circunferencia de pocos metros.
 // Cambio Nodo4-Sevilla