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Los dos hombres se sentaron en el suelo, a su lado y se pusieron a comer. El perro devoró con ansia pedazos de pan y de embutido. Luego bebió en un cubo agua que sabía a cal. Golpeaban cerca un trozo de hierro. Uno de los hombres se fué. E l otro se echó a dormir. E l perro se tumbó a su lado y le lamía la manota áspera. Por la noche, después de terminar lo que le dejaron en una tartera, se yió libre; le quitó el hombre la tomiza. E l perro, sacudiéndose el escozor del cuello, hizo un viaje por los lugares adonde había sido conducido. Su alegría fué estruendosa. Aquello era un edificio en construcción. Saltó los montones de yeso, metió las patas en la lechada, se revolcó en la arena, hizo equilibrios al pasar por las vigas de hierro, convulso de júbilo, voltejeando el rabo. ¡Le estaban haciendo una casa! Una casa ionio las que teí hían los otros perros: futuro olor a comida bien guisada, ventanas para asomarse a la calle. Mucha envidia les tuvo y mucho odio les tomó cuando, al oírle gemir de hambre, aparecían, foscos, a hacerle frente. Sus ladridos egoístas advertían al que entendía su lenguaje: ¡Perro perro! Es decir, que allí estaba ¿ra ocupada la habitación. ¡Perro, perro! -exclamó él en sus ladridos al primer raido que oyó. Aquella casa era suya, y ahora prohibía el paso a los posibles intrusos. alfombra mullida. Las puertas de los pisos, abiertas, dejaban ver lo acogedor de los hogares, los rincones en sombra tenue, el almohadón sobre el cual ihja a enroscarse para reposar. ¡Perro, perro! Salía uno de cada piso a ladrarle, a impedir que ocupara su puesto. ¿Se le habían adelantado? ¡Eso era un despojo! Aquella casa la habían construido para él; él estuvo un año sufriendo los trabajos, la inUn día sé marcharon los obreros. E l guar- temperie, la escasa ración; él cuidó que ninda, en vez de la sujeción de la soga, le gritó gún- otro, tuso se introdujera en sus dominios. señalándole la calle: ¡Perro, perro! -4 e gritaban. ¡Tuso! No le parecían perros. No eran como los que lucharon con él en la calle. Parecían animales extraños, minúsculos, bolas de pelo, fisonomías alargadas hasta lo deforme o de aplastados hocicos. No tenían el olor consabido. Ladraban, eso sí: ¡Perro, perro! Todos los pisos tenían su habitante. Quedóse quieto, desconcertado, sin saber qué hacer, sin atreverse a desafiarlos para conquistar su derecho a la felicidad, para reconquistar su paraíso. El portero acudió al escándalo de ladridos. -Es el. perro que guardaba la obra- -dijo. Quitóse el cinturón y le dio de latigazos: ¡Fuera de aquí! Ei perro, aullando de dolor, echó escale- ras abajo. En el por- tal 1 alcanzó el último golpe. Un año tardaron en- ¡Largo! la edificación. El guarLa portera comenda seguía llamándole taba ¡Tuso! y dándole de- ¡Mi madre, qué comer mendrugos, chucho más asqueroso! garbanzos y pe He j os Corrió despavorido de longaniza. Por el hasta que no pudo día. estaba atado a la más. Se detuvo lleno puerta, sobre un monde baba, tragando an, ton de virutas. De nosioso aire, desencajada che le soltaban, y el la lengua. perro recoma la manLa noche era seresión que le estaban na y el aire de calor preparando. dulce. El perro se tendió junto a una boca -No comprendo por de riego, después de qué hacen tantas habeber, Con el hocico bitaciones para mí soentre las patas, miralo. En esta pondré los ba, a la claridad de los huesos; esta otra para faroles, cómo cruzaban dormir la siesta; aquí por la calle aquellas me echaré junto a la sombras presuradas e lumbre, en invierno; indiferentes que eran el pasillo, para perselos hombres. Comprenguir a los gatos; la dió que hay un oficio, terraza, para jugar- -e de perro de obra; con los gorriones. lo que se edifica no es Pero le sobraban cuartos en cada uno de. los pisos. El per- o movió el rabo, y el guarda le para él. Enfrente, hecha con tablones mal- Serán para la perra y las crías. Í A h! pegó un ladrillazo en las ancas. Corría, huía, clavados, había una valla. El perro acercóse Los hombres que me. dan de comer vivirán perseguido por la pedrea; hasta la noche con gesto sumiso, lento, vergonzante. Perro, perro! también aquí. no se atrevió a volver. La casa estaba ce Cosno suprema felicidad se le ocurrió que rrada. Ya había otro allí. Le ladraba frenético, una de las estancias quizá fuese para, almaEl día siguiente fué de trajín en el edi- dispuesto á no dejarse arrebatar. la plaza, cenar cortezas de queso. ficio que le habían hecho. Entraban y salían, como antes había hecho él. El perro, desEl perro era ya grandote, fuerte, desgali- instalando muebles, hombres que nó cono- pués de detenerse un momento para mirar chado. Cuando él viento le traía el olor de cía. El perro, desde la acera de enfrente, su casa agachó la cabeza con amargura y un semejante, daba un hrinco hasta la puer- esperó con paciencia que terminasen. A l se fué a buscar, de obra en obra, donde en- ta de la valla. y se ponía a ladrar con. todas obscurecer, la casa se iluminó. El corazón confrar trabajo. sus fuerzas: del perro palpitaba. De la ventana del sóta TOMAS BORRAS- ¡Perro, perro! no salía tufillo a comida. Satisfechísimo, enAlgunas veces otros perros famélicos, de tróse por el. portal. De allí arrancaba- una (Dibujos de Esplandíu. mirada amarilla y gesto sumiso, se le aproximaban lentos, vergonzantes, mendigándole. ¡Perro, perro! -se desgañifaba él indignado, dispuesto a no dejarse arrebatar su casa. Los chuchos, después de detenerse un momento, silenciosos y humildes, se iban a medio trote, volviendo la cabeza, jadeantes de camino sin tregua, heridos por las dentelladas de los afortunados.
 // Cambio Nodo4-Sevilla